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Los riesgos y beneficios de pedir disculpas: Ernesto Calizaya

Se dice que la costumbre de pedir disculpas es una característica no sólo de los paceños, sino también de quienes llegan a morar en esta tierra, que no en vano vino a ser denominada como la ciudad de Nuestra Señora de La Paz.

La Razón / Ernesto Calisaya / La Paz

10:53 / 02 de enero de 2012

Una disculpa, claro está, puede lograr pacificar casi, casi cualquier situación. Basta remitirse al lema inscrito en el escudo de los paceños: “Los discordes en concordia, en paz y amor se juntaron y pueblo de paz fundaron para perpetua memoria”. No obstante, un poco más allá, son pocos los capaces de recurrir a una disculpa y evitarse, por ejemplo, un juicio por desacato, como se demostró en el caso del único gobernador opositor que le queda al país.

Es posible que, en su caso, quiera hacer prevalecer esa su condición de opositor al oponerse a pedirle una disculpa al Vicepresidente, quien recién nomás le ofreció la posibilidad de declinar en el proceso que le sigue por haber sugerido que recibía platita del narcotráfico.

Obvio, la acusación es de grueso calibre, aunque no tanto como para retorcerse por los suelos o buscar algún matecito que ayude a digerir las palabrotas que expresó otro camba, Percy, desde la Alcaldía cruceña, en contra de un periodista al que le puso orejas y cualidades condimentadas con ajos y emes.

Pero qué se le va a hacer. Hecha la ley, hecha la trampa; y pena que el periodista no pueda recurrir a la figura del desacato para limpiar su honor y tenga que verse en figurillas porque el desacato puede ser usado sólo por las altas autoridades, así sean de baja estatura, metafóricamente hablando, claro, ya que en este Estado una palabra mal puesta puede ser entendida como discriminativa, y hay que tener cuidado si uno tiene que referirse a altos, bajos, medianos, oscuros, claros o multicolores, lo mismo que a oriundos de la media luna, la entera o la luna de locos, con las disculpas del caso.

Y ya que volvemos al tema de las disculpas, también se dice que pedirlas tiene sus beneficios, porque al menos entre los estantes y habitantes de La Paz, cuando alguien las pide, el otro debe contestar: “¡Siga nomás!”, lo cual si es bien utilizado  podría servir hasta para que el “Dengue” siga con sus locuras o para que el más digno caballero pierda los estribos y todo quede en paz. Aunque también hay riesgos, pues uno no sabe cuándo la lengua puede cobrar autonomía, mostrar sus orejas y empezar a rebuznar.

 

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