Animal Político

La ruta del Che

45 años después de su muerte

La Razón / Marcello Musto

00:01 / 07 de octubre de 2012

Una fría y estrellada noche me lleva a Vallegrande. Voy en un viejo y destartalado autobús y comparto el largo viaje, iniciado en Santa Cruz, por una carretera de montaña a ratos sin pavimentar, con lugareños que vuelven a casa después de un fatigoso domingo de mercado. A mi alrededor los rostros curiosos de niños envueltos en coloreados sayos y de adultos marcados por el cansancio. Todos saben por qué estoy allí. He venido por “La ruta del Che”, los lugares donde Ernesto Guevara transcurrió las últimas semanas de su existencia. Aquellos lugares que buscaba en el atlas geográfico de mi abuelo durante el verano en que leí, por primera vez su Diario en Bolivia.

A la entrada del pueblo hay una gran estatua de Jesús, bajo la cual, a pesar del enorme retraso del coche de línea y de la temperatura por debajo de cero, me espera Anastasio Kohmann. Alemán de nacimiento, llegó a Paraguay en los años 60, cuando entró de muy joven en una orden franciscana. Expulsado del país durante la dictadura fascista de Alfredo Stroessner, por su compromiso social en favor de la comunidad indígena guaraní, vive aquí desde entonces. Nunca más ha abandonado la “opción preferencial por los pobres” de la Teología de la Liberación y, desde hace algunos años, coordina las iniciativas de la Fundación Che Guevara en Vallegrande. Quien conoce América Latina bien, sabe que esto no es una contradicción.

Antes, en Santa Cruz, me he encontrado con un hombre luchador y de gran simpatía, “el Chato” (el pequeño). Es un doctor que ha hecho de revolucionario y en su casa los libros de medicina se alternan con los de marxismo. Algunos de ellos, por ejemplo, Un hombre, de Oriana Fallaci, Senior service, de Carlo Feltrinelli, o La mujer que vengó al Che Guevara, de Jürgen Schreiber, cuentan la historia de su familia. Osvaldo Peredo es, en efecto, el hermano de Inti y Coco, los revolucionarios que acompañaron al Che en su campaña de Bolivia (Inti, uno de los combatientes más cercanos a Guevara, era el lugarteniente de las operaciones militares) y, desde hace años, el presidente de la Fundación Che Guevara de Bolivia.

Juntos me conducen a la lavandería del hospital Nuestro Señor de Malta, donde el cuerpo del Che se expuso al público por última vez y fue fotografiado, ya sin vida, pero con los ojos aún abiertos. Aquí, como en otros lugares de la zona, trabajan grupos de médicos cubanos llegados gracias a un proyecto solidario impulsado por Fidel Castro, con el objetivo de crear nuevos y avanzados centros sanitarios que han mejorado notablemente los estándares de asistencia en la región.

Por las montañas de América Latina. En las afueras del núcleo habitado se encuentra la fosa común —transformada en museo— donde el Che, a quien fueron amputadas las manos como prueba definitiva de su muerte, fue sepultado en secreto, junto con otros guerrilleros de su columna, la noche del 10 al 11 de octubre de 1967. El lugar se encuentra a poca distancia del puesto de mando militar y del pequeño aeropuerto desde donde rangers bolivianos y agentes de la CIA dirigieron las operaciones de rastreo por todo el territorio para capturarlo. Los restos han reaparecido 30 años después gracias a las investigaciones efectuadas por un grupo de antropólogos cubanos y argentinos en el lugar exacto de la inhumación. Hoy se conservan, en un mausoleo dedicado al Che, en Santa Clara, la ciudad cubana donde, en diciembre de 1958, él dirigió la batalla decisiva que marcó la victoria de la revolución y el fin del régimen de Fulgencio Batista. En torno a la hipotética recuperación de estos lugares, hace algunas semanas se han reunido representantes del los gobiernos argentino, boliviano y cubano con el ambicioso objetivo de realizar un itinerario con las etapas más significativas de la vida de Guevara: la ruta del Che. Es de esperar que el proyecto, iniciado en Argentina, prosiga ahora en Bolivia, para rescatar la memoria del Che del monopolio mercantil de las agencias de viajes.

Para llegar a La Higuera se necesitan cerca de tres horas. Se accede sólo con jeep, ya que la carretera que conduce a este pueblo, de apenas 50 casas y a más de 2.000 metros de altitud, está totalmente sin asfaltar y llena de curvas. Es un sitio desolado, aislado del mundo. A lo largo del trayecto encuentro algunos campesinos. Cruzan la carretera interrumpida, caminando a paso lento. Melancólicos, con sus aperos de trabajo en la espalda. No parece que haya cambiado mucho desde que el Che, que entró en el país a principios de noviembre de 1966, durante la dictadura militar del general René Barrientos, atravesó estos valles. Él escogió Bolivia no porque estuviera guiado —como ingenuamente se le atribuyó— por la idea de aplicar de manera mecánica, en un contexto distinto, la estrategia política y militar operada en Cuba. Aún menos por perseguir un objetivo meramente nacional, sino porque estaba convencido de la necesidad de emprender un proceso revolucionario que abarcase todo el Cono Sur. Un proyecto supranacional, que de Bolivia debería haberse extendido rápidamente a Perú y Argentina, como única posibilidad de impedir a Estados Unidos de intervenir golpeando a muerte los aislados y débiles núcleos de resistencia local. Éste era su proyecto: “crear dos, tres … muchos Vietnam”, como había escrito en su artículo entregado a la Tricontinental algunos meses antes de su muerte. Por esta razón, Bolivia, en el centro del continente y colindante con cinco países, le pareció el lugar más adecuado para iniciar la formación de un grupo de cuadros al que confiar, una vez adiestrados, la tarea de organizar varios frentes de lucha en toda América Latina.

Junto a él, 46 guerrilleros participaron en la creación del Ejército de Liberación Nacional de Bolivia (ELN). Por ello Fidel Castro escribió, en la introducción que acompañó la publicación del Diario en Bolivia, “nunca en la historia se ha visto un número tan reducido de hombres emprender un tarea tan gigantesca”.

La muerte llegó inesperadamente 11 meses después del inicio de la guerrilla. El 8 de cctubre de 1967 el Che, sorprendido junto a 16 compañeros más en una garganta llamada la Quebrada del Yuro, fue herido en la pierna izquierda y capturado después de tres horas de combate. Trasladado a la cercana La Higuera, fue asesinado al día siguiente, por orden de Barrientos y de la CIA, por el militar Mario Terán, el mismo que, en 2006 fue operado gratuitamente, recuperando la vista, por uno de los médicos cubanos llegados a Bolivia, con el proyecto solidario Operación Milagro, tras la elección de Evo Morales. El periódico Granma de La Habana escribió a propósito: “Cuatro decenios después de que Terán intentara destruir un sueño y una idea, el Che ha vuelto a vencer otra batalla. Ahora Terán puede apreciar de nuevo el color del cielo y del bosque y disfrutar de la sonrisa de sus nietos”.

Un ícono imperecedero. La noticia de la muerte del Che dejó a todos perplejos, pero sus ideas se difundieron con una rapidez, que en la historia del siglo XX hay pocos ejemplos que se le puedan comparar. A sus hijos les dejó sólo una carta, en la que, haciéndoles la recomendación de no olvidar que “cada uno de nosotros, solo, no vale nada”, les exhortó a ser “siempre capaces de sentir en lo más profundo cualquier injusticia cometida, contra quien fuese, en cualquier parte del mundo”. Un mensaje que apareció en las banderas del movimiento obrero internacional y que, aún hoy, habla a las generaciones jóvenes del planeta entero.

En diciembre de 1964, el Che intervino en la Asamblea general de la ONU. Habló de América Latina y de la lucha de liberación de sus pueblos, exponiendo la convicción de que ésta no llegaría sólo con la contribución de sujetos, aunque importantísimos, como partidos políticos e intelectuales progresistas. Junto “a los obreros explotados —dijo— esta epopeya que tenemos delante la escribirán las masas de indios y campesinos sin tierra”. A la mayoría les pareció el enunciado de un nuevo Quijote; a otros, incluso en la izquierda, las palabras de un visionario. No obstante, hoy, tras la derrota de las dictaduras militares que han martirizado un continente entero y con el avance, en aquellos mismos lugares, de una participación social —desde las organizaciones indígenas de Ecuador y Bolivia al Movimiento dei Sem Terra en Brasil— impensable hasta hace pocos años, la herencia de su pensamiento se representa más actual que nunca.

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