Animal Político

Los ‘sarnosos’ y el espacio público. Sobre el irrespeto al bien común

Viene desde la escuela. En los grupos sociales o laborales  entendimos que dañar el espacio público, perjudicar al otro, es parte de los métodos eficientes para hacerse escuchar. Así, el irrespeto a lo público es uno de los rasgos de la identidad boliviana.

La Razón (Edición Impresa) / Grover Yapura

00:00 / 09 de marzo de 2014

Decir que lo recuerdo como si fuese ayer, sería falso y habría acudido a un lugar común. Pero sí lo tengo en mi memoria. Era la víspera del 21 de julio de 1986, una mañana antes del acto protocolar. Los 41 sarnosos de 1° medio aguardábamos la llegada de los padrinos. Los muchachos de 13 o 14 años estábamos listos para nuestra presentación en sociedad. Ansiosos estábamos… Poco después de las 10.00, los gritos en los pasillos anunciaban que las clases habían llegado a su fin y que nuestro bautizo estaba por empezar. Los maestros se retiraron para abrir espacio a nuestros superiores.

Los de la Promoción 1986 del colegio Gualberto Villarroel arengaron. Y nosotros lanzamos gritos de guerra a todo pulmón, luego a trotar y marchar. Era el calentamiento para la primera parte del acto en que íbamos a ser reconocidos “dignos estudiantes” del Villarroel, ubicado en la populosa calle Isaac Tamayo, La Paz. Tras el acto de rigor, nos bañaron con añelina, pasamos por un callejón oscuro y convirtieron el corte medio pelo en corte firpo. Es decir, nos volvieron en sarnosos rapados. Eufóricos, los de la “Promo” nos arengaron y nos dieron órdenes. Minutos después estábamos corriendo desde la Tumusla hasta la calle Conchitas, en San Pedro. Embadurnados, nos adueñamos de la congestionada Tumusla, luego seguimos por la Pérez Velasco, la avenida Mariscal Santa Cruz y luego rumbo al colegio Simón Bolívar. Y lo hicimos entre explosiones de petardos.

Emocionados, pero concentrados en seguir las órdenes de los de la Promo, gritamos, corrimos o correteamos. Aparecimos con envases de plásticos, con palos y algunas piedras en los bolsillos. No consideramos el congestionamiento vehicular; por el contrario, buscábamos que la gente se detenga para que nos observen. Ocupamos la calzada para gritar por “El Villarroel”. Era nuestro día, como los sarnosos de otros colegios iban a tener o ya disfrutaron el suyo para tomar las calles. Fuimos el punto de atención.

Pedir permiso, no era parte de las reglas del bautizo. En cambio, sorprender, sí. En efecto, ese mediodía terminamos en las puertas del Bolívar, al que asediamos para provocar a sus estudiantes. Lo logramos. Primero, hubo intercambio de gritos de guerra, luego pedradas y una pelea corta, porque la seria había sido pactada para una tarde y en otro sitio. Fue, hay que admitirlo, un orgullo mostrar que habíamos pintado las paredes del Bolívar con nuestros colores (verde y blanco) o lucir que en un forcejeo terminamos con raspones en la piel. Todo había salido a pedir de boca: Ahora sí podíamos llamarnos estudiantes de secundaria.

LO PÚBLICO. Ese acto, el ritual que vivimos en las universidades para nuestro “segundo bautizo” o las manifestaciones de protesta que realizamos con “bloqueo de adoquines” extraídos de las calzadas, son algunos de los eventos que recuerdo para reflexionar sobre el espacio público en Bolivia, ese lugar que, por definición propia, está abierto a toda la sociedad, para todos quienes quieren ejercer sus hechos típicos. Lo que no ocurre en el país, gracias a unos “hábitos institucionalizados”.

Como parte de una sociedad movilizada en tiempo presente permanente, resultaría ocioso eludir las responsabilidades de lo que es el espacio público en Bolivia, que por definición debe ser el escenario para las actividades de las colectividades o para el diálogo entre los miembros de la comunidad. O, ¿aún creemos que en el país sí hay respeto por ese espacio?

En la escuela hemos aprendido a ejercer lo que en teoría se cuestionaba. En los grupos sociales o laborales entendimos que dañar el espacio público, perjudicar al otro, es parte de los métodos eficientes para hacerse escuchar. Así, el irrespeto a lo público es uno de los rasgos de la identidad boliviana.

El espacio público es el lugar que está abierto a toda la sociedad, a diferencia del espacio privado, que puede ser administrado o hasta cerrado según los intereses de su dueño. Ergo, aquel es de propiedad estatal y dominio y uso de la población general. Bueno, esa es la acepción moderna y occidental.

El enunciado del anterior párrafo es diariamente violentado y cuando menos con la “paciencia y tolerancia” de las autoridades del Estado, sean éstas locales, departamentales o nacionales. Miles de ciudadanos ocupamos el espacio público para nuestra satisfacción de grupo. En La Paz, El Alto Cochabamba, Santa Cruz, Oruro, Beni… en fin, donde se nos ocurra.

En los actuales tiempos, cuando el Gobierno sostiene que hay una revolución pacífica y un proceso de cambio irreversible, el espacio público está privatizado y loteado. En Bolivia, eficientes grupos sociales se hacen dueños de calles, avenidas, plazas o de momentos de manifestaciones culturales nacionales de los bolivianos. Hoy es posible hablar de la nacionalización de empresas estratégicas, pero en cuanto a recuperación del espacio público a favor de todos y para beneficio equitativo y sin discriminación, se ha hecho muy poco.

EL NEGOCIO. En el desgobierno del espacio público, las manifestaciones culturales, artísticas, deportivas y sociales que involucran a multitudes, se transforman en jugosos negocios de grupos reducidos, expertos en el marketing y hábiles interlocutores de estas representaciones. En Bolivia, cuando se habla de los lugares en cuestión, ocurre algo parecido como en el fútbol, donde los dueños del espectáculo son la FIFA y sus socios, pero donde también todos nos creemos expertos e involucrados en el deporte rey.

Ahora bien, a pesar de los privatizadores del espacio público, existen pequeñas iniciativas que permiten alentar ciertas esperanzas.

Sin embargo, lo ocurrido el 1 de marzo en la ciudad de Oruro, durante una nueva manifestación boliviana en la sede del Patrimonio Intangible de la Humanidad, se puso en evidencia que el desgobierno dio paso a una etapa posterior, pues sus autoridades, como la Alcaldesa de Oruro, han optado por la inacción ante quienes ejercen el control del espacio público. Empresarios, dirigentes del folklore y otros se han dividido la ciudad, en su momento más importante y a costa de quienes deciden bailar, interpretar las notas musicales o presenciar la entrada folklórica. Las dolorosas muertes nos han permitido conocer algo que muy posiblemente no va a cambiar. Así, emular a Poncio Pilatos no es una opción, es el camino.

Mientras tanto habrá que compungirse, habrá que rasgarse vestiduras, para dentro de unas semanas, planear el control del espacio público para nuevos momentos, en Oruro o en otro punto del país. En nombre de la política o la cultura.

nde: sarnoso es un apelativo despectivo a los novatos, tanto en los colegios como en los cuarteles militares del país.    

(*) El autor es periodista y director del periódico digital Oxígeno.bo

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