Animal Político

Nos queda seguir relatando la verdad, así enoje y duela

El periodista debe asumir su tarea sin tomar partido y reflejar la realidad viviéndola con intensidad, debe estar listo, para ser “un especialista en generalidades”, pero puntilloso, preciso y profundo para discernir  la verdad entre las mentiras.

La Razón (Edición Impresa) / Jaime Loayza Zegarra

00:04 / 05 de enero de 2014

Hace 16 años tuve la oportunidad de incursionar en el oficio más lindo del mundo: el periodismo. Esta profesión me ha cambiado la vida y me ha vuelto mejor persona. En un principio creí que esta carrera me daba la oportunidad de cambiar las cosas y poner en evidencia lo que era incorrecto; qué equivocado estaba. Con el pasar de los años he comprendido que los periodistas somos mensajeros de los hechos que interesan a la sociedad y así debemos reflejarlos, con la mayor veracidad y fidelidad a los lectores.

Una cosa es ser periodista y otra, escritor. El periodista debe estar listo para la decepción y para alegrarse de las buenas novedades, sin tomar partido, sin tomarlo personalmente. Nadie nos ha elegido por voto directo para cambiar las cosas, pero cuando la gente opta por seguirnos, leernos, nos da el crédito para responder al día siguiente con información real, oportuna, creíble y veraz. Con este breve reflejo de experiencia personal, permítanme referirme a “los desafíos del periodismo en tiempos de cambio”.

Desde la instauración de la democracia en 1982, pasaron varias generaciones de periodistas que dieron cuenta de las dictaduras, de persecuciones, represalias y violencia extrema; de quienes soportaron exilios. Así, han contribuido a preservar el estado de derecho. Hombres y mujeres de prensa asumieron el compromiso de fortalecer la democracia. Lo hicieron bien y cumplieron su parte.

Por eso, considero que en la década de los años 90, en especial, hubo un cambio generacional fundamental en radios, periódicos y canales de televisión. La “vieja guardia” del periodismo dio, progresivamente, paso a una nueva pléyade y se marchó a los cuarteles de invierno. Aquellos que contaron las guerrillas del Che Guevara y de Teoponte, que reflejaron el paso de 11 regímenes militares de facto, entre el 5 de noviembre de 1964 y el 10 de octubre 1982, gradualmente colgaron micrófonos y aparatosas grabadoras del pasado.

A partir de la primera década del nuevo siglo, aquellos jóvenes y entusiastas periodistas que escucharon y aprendieron en las salas de redacción las recomendaciones y consejos de los experimentados, comenzaron a ocupar cargos jerárquicos en los medios de prensa, buscaron entonces, como los antiguos, a marcar su huella en tiempos de democracia y compitieron por poner en evidencia los hechos de corrupción, irregularidades y conductas antiéticas de los personeros a cargo de los gobiernos.

Enfrentaron con rigurosidad a las autoridades estatales, legislativas y judiciales que los directores, jefes de redacción y editores consideraban deshonestos. Asumieron un papel del “cuarto poder” y la gente empezó a conocer un ritmo incesante de críticas y escándalos; a veces con fuentes informativas y hay veces sin ellas.

En esos tiempos, un buen periodista era el que aportaba para la destitución de una mala autoridad. El estar detrás del poder se convirtió, en algunos casos, en enfermedad. La cúspide de ese periodismo se vivió en las jornadas de octubre de 2003, cuando cada reportero, locutor, conductor de televisión y periodista de diversos medios aportó al cambio de gobierno. Se fue Gonzalo Sánchez de Lozada (2002-2003) y juró como presidente de la República Carlos Mesa (2003-2005).

Sin embargo y a pesar del cambio de gobierno, los problemas sociales, políticos y económicos continuaron. Hubo críticas a la administración de Carlos Mesa y se dio crédito a la imagen del otrora diputado y máximo dirigente de los cocaleros, Evo Morales. Hubo reporteros, periodistas, locutores y conductores de televisión que centraron sus esperanzas en él.

Llegó junio de 2005 y Carlos Mesa abandonó Palacio de Gobierno agobiado por la falta de recursos para satisfacer las demandas sociales que se desbordaron en manifestaciones, con bloqueos en las calles y en el Legislativo; el reconocido periodista se fue a casa. Llegó el abogado y expresidente de la Corte Suprema Eduardo Rodríguez Veltzé y con él la convocatoria a las elecciones generales, pero además salió a la luz pública el escándalo de los misiles chinos.

Ganó Morales y una mayoría festejó el triunfo. Se avecinaba el esperado proceso de cambio. Los periodistas que contribuyeron se encargaron de reflejar cada paso de la nueva administración. El discurso presidencial del 22 de enero de 2006 —que anticipaba las transformaciones económicas, sociales, políticas y culturales que viviría el país—, el decreto de austeridad, la reducción del sueldo del mandatario, la nacionalización de los hidrocarburos y la nueva Constitución Política del Estado.

Las cosas han cambiado en los ámbitos económico y social desde ese entonces. El país se encuentra polarizado en el aspecto político e ideológico y es evidente la existencia de una rivalidad entre los periodistas que apoyan el proceso de cambio y los que son considerados contrarios al instrumento político del MAS. Esta situación decepcionó a una parte de los hombres de prensa, que en su momento creyeron que una nueva construcción del Estado en búsqueda de la inclusión social, el respeto al estado de derecho y el vivir bien.

En los cerca de ocho años de administración del presidente Morales, varios medios de prensa fueron tildados de opositores. Los periódicos La Prensa, El Diario, Página Siete y la Agencia de Noticias Fides (ANF) soportan demandas en la Justicia Ordinaria, para estos medios no se aplicó la Ley de Imprenta.

Los medios, considerados opositores, no tienen acceso a la propaganda estatal. Aquí surge la siguiente pregunta: ¿Los recursos publicitarios del Gobierno serán utilizados para premiar a los medios que se identifican con el Gobierno? La televisión estatal y la otrora radio Illimani se convirtieron en los canales para transmitir en directo —mañana, tarde y noche— los actos públicos y discursos del Jefe del Estado, que visita y entrega obras en los municipios del país.

Existe un desgaste en la estructura del Estado y a pesar de los esfuerzos gubernamentales, la crisis en el sistema judicial continúa, al igual que la violencia contra la mujer y los niños. El narcotráfico, la inseguridad ciudadana, la corrupción y el contrabando se constituyen en los grandes problemas aún sin resolver. Estos temas están en la agenda diaria de los medios. Y a pesar de que el Gobierno cuente con una cadena de radioemisoras no podrá ocultar la verdad, intentará maquillar las cosas malas, pero considero que no podrá engañar a la gente.

El periodismo, aquel que ponía en evidencia los casos irregulares, que a veces usaba fuentes y en otras no, parece que se ha autocensurado, ahora existen reparos. Esto contribuyó a la rigurosidad, la responsabilidad y al profesionalismo, pero no apruebo la autocensura que es el temor a la hora de informar. Para ser periodista en Bolivia hay que tener la voluntad y la pasión; leer más para contar con las herramientas tecnológicas y de la investigación.

Las nueva generación de periodistas tiene el desafío, además de mantener la noticia clásica de la pirámide invertida, de contar los hechos con mayor claridad; la gente quiere ver y leer la información de distintos ángulos para entender y tomar una posición. Quiere enterarse a través de los artículos de prensa, reportajes y crónicas, de lo que realmente pasa y de las perspectivas.

Entonces, como reflejaba el premio Pulitzer, Ryszard Kapuscinski, el periodista debe asumir con mayor dedicación, sin tomar partido, en fortalecer su trabajo, en reflejar la realidad viviéndola intensamente, debe estar listo, como decía don Huáscar Cajías, para ser un especialista en generalidades, pero también puntilloso, preciso y profundo para discernir entre verdad y mentiras.

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