Animal Político

El sentimiento como base del Estado-Nación

Según la Unesco, el patrimonio cultural se refiere a un conocimiento que se transmite de generación en generación; algo muy importante  es que esta definición hace referencia  a  grupos, comunidades e individuos y no así a Estados ni a naciones.

La Razón (Edición Impresa) / Eduardo Schwartzberg

00:00 / 07 de diciembre de 2014

Por el uso de los bailes folklóricos de Bolivia en el festival de Viña del Mar de Chile (como en otros festivales), y hoy, por la postulación por parte de Perú de la festividad de la Virgen de la Candelaria como patrimonio inmaterial de la humanidad incluyendo entre sus danzas a bailes bolivianos, nuevamente se produce la reacción de la mayoría de la población, que ve como una afrenta indignante el que el país vecino (al que por otro lado consideramos nuestro hermano por nuestra memoria colonial) quiera robarnos nuestro patrimonio.

Es que hablar del concepto de patrimonio es complicado porque hace referencia a una propiedad (un bien) y a un principio de pertenencia. Pero cuando se habla de propiedad inmaterial, el problema se complica más porque los límites físicos son ambiguos y las conceptualizaciones bastante generales, tal como sucede con los conceptos de cultura o folklore.

El concepto de patrimonio y su derivación en patrimonio material e inmaterial es producto de un largo proceso histórico, resultado de cambios políticos que suscitaron transformaciones socioculturales, siendo necesario repensar constantemente los conceptos desde diferentes ciencias, como también desde el Estado, para elaborar políticas públicas acordes a las transformaciones sociales.

En este sentido y en un contexto más amplio, enmarcado en los convenios y tratados internacionales, la Unesco define por Patrimonio Cultural Inmaterial “los usos, representaciones, expresiones, conocimientos y técnicas —junto con los instrumentos, objetos, artefactos y espacios culturales que les son inherentes— que las comunidades, los grupos y en algunos casos los individuos, reconozcan como parte  integrante de su patrimonio cultural. Este patrimonio cultural inmaterial, que se transmite de generación en generación, es recreado constantemente por las comunidades y grupos en función de su entorno, su interacción con la naturaleza y su historia, infundiéndoles un sentimiento de identidad y continuidad, contribuyendo así a promover el respeto a la diversidad cultural y a la creatividad humana que sea compatible con los instrumentos internacionales de derechos humanos existentes y con los imperativos de respeto mutuo entre comunidades, grupos e individuos y de desarrollo sostenible”.

GLOBAL. Es desde una perspectiva global y como consecuencia de los cambios a nivel regional, tanto en lo político como en lo social, que comienza a diferenciarse el concepto de patrimonio cultural, desde una visión que no consideraba los saberes de los pueblos indígenas o las expresiones populares como expresiones culturales, siendo tomados en cuenta solo como patrimonio los monumentos y el legado arquitectónico de civilizaciones pasadas, es decir, todo aquello que es  material y cuantificable.

Según esta conceptualización que hace la Unesco, el patrimonio cultural hace referencia a un conocimiento que se transmite de generación en generación que es recreado según su entorno y, algo muy importante, es que esta definición hace referencia  a  grupos, comunidades e individuos y no así a Estados ni a naciones.

En Bolivia, la revolución de 1952 constituye un hito que ha marcado la historia del país. Las políticas culturales que se ejercieron en aquel momento fueron fundamentales en la construcción de una base ideológica, con la cual se intentaba construir una nación basada en el sujeto mestizo, lo que invisibilizaba las diferencias entre el indio y el blanco.

A partir de la revolución de 1952 y de las diversas reformas nacionalistas, se ha ido construyendo un mestizaje donde  lo artístico y, particularmente, la música ha sido fundamental como instrumento ideológico para reflejar los cambios producidos por la revolución, ya que la gran mayoría que vivía en el área rural no sabía escribir. Así, Michelle Bigenho, en su trabajo Para repensar el mestizaje boliviano a través del folclore boliviano (ponencia presentada en el Cuarto Congreso de la  Asociación de Estudios Bolivianos) detalla cómo una de las políticas que utiliza el MNR en ese entonces fue crear una revista musical denominada “Fantasía Boliviana”, integrada por personas de distintas clases sociales y etnias, donde se fusionaban los instrumentos denominados clásicos con los autóctonos, además de cuadros en que se reflejaba los diferentes paisajes existentes en el país.

Bigenho plantea que esta revista musical representaba el mestizaje como un discurso ideológico que utilizaba el MNR en 1952 para hacer pensar en una supuesta nivelación social. Tanto los indios, las cholas y todos los que veían el espectáculo se sentían reflejados en el mismo, ya que además de la música y de los instrumentos se utilizaba los cuerpos de los integrantes para causar un efecto en los espectadores.

Así, podemos entender la instrumentalización de la cultura con un fin ideológico, políticas culturales interesadas en reflejar un supuesto mestizaje como modo de hacer creer que existe una semejanza entre todos y, como dice Bigenho, evitar que se rebelen los indios; lo que busca es plantearnos la realidad no como preexistente sino como una construcción que se produce a partir de cambios socioculturales históricos. Estos aspectos se reproducen y se transforman debido a diversos acontecimientos políticos, económicos, sociales y culturales que se dan en un tiempo determinado.

MÚSICA. La música es un elemento importante en la construcción de la identidad; el antropólogo Ramiro Gutiérrez indica que la música en el área andina representa un código fundamental en la identificación de la identidad y que debido a la migración a la ciudad se produce un choque entre dos sistemas culturales distintos, lo que ocasiona el surgimiento de un tercer sistema “alienante o folklórico” que asume elementos de la modernidad quitando la función social que cumplía la música en el lugar que se originaba.

Este tercer sistema habría intentado dar una continuidad a la música tradicional a través de las bandas y también existiría el surgimiento del neofolklore, que busca la construcción de una identidad nacional y para ello se habría hecho una apropiación y transformación musical a través de la política cultural estatal.

Un claro ejemplo de esto, señala Gutiérrez, fue el surgimiento de nuevos grupos como Los Caminantes, Ruphay, Los Jairas y posteriormente Los Kjarkas, Proyección y otros que se habrían apropiado de los ritmos y melodías de la música tradicional o autóctona.

Hay que entender, entonces, que lo que ahora se reclama a otros países es la apropiación del patrimonio de la música y las danzas que surgieron producto de un proceso histórico que produjo cambios tanto en lo político como en lo social, resultado de la construcción de una identidad nacional que instrumentalizó la cultura para fines políticos y que la base de esa comunidad imaginada que fue la constitución del Estado-Nación fue producto también de una apropiación y transformación de la música tradicional de las comunidades.

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