Animal Político

El siglo de África

La consecución de la estabilidad nos permite acometer la importante tarea de asentar las instituciones democráticas y las libertades y derechos de los ciudadanos.  

La Razón (Edición Impresa) / Paul Kagame

00:00 / 09 de febrero de 2014

Por su propia naturaleza, el crecimiento económico es cíclico. Pero África se encuentra ahora sobre una sostenida curva ascendente. La evidencia sugiere que esta tendencia positiva se mantendrá durante las próximas décadas.

A lo largo de los últimos diez años las economías de África se cuentan entre las que han crecido más rápidamente en el mundo, con una media anual del 5,6%. Este prolongado logro económico no ha sido casual, sino fruto del propósito. La mejora de la gestión económica ha facilitado una creciente diversificación, ha reducido la pobreza, ha aumentado las oportunidades y suscitado la confianza de los inversores. Los países que en buena medida han dependido de sus recursos naturales asisten hoy a una creciente inversión en servicios diversos, en particular los de base tecnológica, así como en la industria manufacturera.

Por todo el continente, la gente —a menudo un indicador económico subestimado— se ve estimulada por las posibilidades de África; creen que también ellos pueden reclamar su participación en la próxima frontera económica.

No obstante, reconocemos que el viaje que nos espera será largo. Tendremos que afrontar desafíos; algunos los podemos prever, otros nos cogerán por sorpresa. De manera que mientras estemos a cargo de la situación no podemos volvernos complacientes con los éxitos a corto plazo. Tenemos que centrarnos en consolidar el largo plazo, asentando los fundamentos y las políticas que determinen nuestro desarrollo de una manera sostenida.

La base de ello está en la paz, la seguridad y la estabilidad política. Mientras que la mayoría de los países africanos son pacíficos, hay bolsas de inseguridad y conflicto que son una demostración de que algunos de nuestros países siguen siendo frágiles; y la fragilidad de un país tiene un impacto negativo sobre otros de la región. Su consecuencia es la injusticia política y social, cuyas víctimas son por lo general los ciudadanos, sin cuya participación en el desarrollo no hay progreso posible.

La estabilidad del continente es, por tanto, una responsabilidad colectiva, que atañe en primer lugar a los países africanos, pero también a toda la comunidad internacional. De puertas adentro tenemos que desarrollar la capacidad de gobernar eficaz y satisfactoriamente para garantizar la cohesión interna, con una plena participación de los ciudadanos. Ello nos capacitará para prevenir conflictos y que cuando tengan lugar estemos a la vanguardia de la búsqueda y la puesta en práctica de soluciones razonables.

La consecución de la estabilidad nos permite acometer la importante tarea de asentar las instituciones democráticas y las libertades y derechos de los ciudadanos. Lo que implica seguir apostando por fortalecer el papel de las mujeres, que constituyen más de la mitad de la población, de manera que también ellas puedan contribuir al desarrollo. En Ruanda sabemos que sin una decidida gobernabilidad el crecimiento no puede mantenerse, ni por tanto contribuir al desarrollo.

Pero, más allá de lo básico, hay que tener en cuenta algo más, como las lecciones a aprender de los “tigres asiáticos” que, hace ya 50 años, nos dejaron atrás. Al tiempo que vamos colocando unos sólidos cimientos, se hacen necesarios otros factores para continuar con nuestro progreso.

En primer lugar, la transformación de África se ha producido hasta ahora en gran medida mediante gobiernos asociados al sector privado. Pero para llevar esa transformación a un nivel más alto, el sector privado debe asumir un papel predominante. Para los gobiernos africanos es de sumo interés establecer climas favorecedores de los negocios, tanto para las inversiones nacionales como para las extranjeras.

En segundo lugar, el incremento de la inversión en agricultura es crítico para la productividad, así como para la seguridad alimentaria y nutricional. Esta necesidad es todavía más urgente a resultas del cambio climático y de los altos índices de crecimiento de población en el África subsahariana. Debemos estimular una mayor inversión en tecnologías como la irrigación, la investigación en cultivos capaces de adaptarse a condiciones cambiantes, y una adecuada gestión medioambiental. Lo que, a nivel global, requerirá de una estrategia de cooperación internacional en la que las voces de África sean relevantes y sean oídas.

En tercer lugar, en un mundo cada vez más interconectado, debemos reconocer que la comunicación es la materia prima del futuro. Los móviles y la tecnología relacionada con ellos ha transformado el modo de comunicarnos, de llevar los negocios y de proporcionar servicios. Sin embargo, muchos países de África todavía tienen unos índices tan bajos como un 5% de penetración de banda ancha, con solo un 13% de la población con acceso a Internet. Sencillamente no podemos permitirnos seguir a ese nivel; necesitamos invertir en ICT (tecnologías de la información y la comunicación) del mismo modo que lo hacemos en otras infraestructuras esenciales como carreteras, ferrocarriles, aeropuertos y energía.

La banda ancha no puede ser considerada aisladamente respecto a otras prioridades nacionales de desarrollo. Tiene el potencial de transformar la agricultura, los negocios, la educación, la salud y otros sectores. El Banco Mundial estima que el incremento de un 10% en la penetración de la banda ancha repercutiría en un 1,4% de aumento del PIB de los países de renta media-baja. Y al objeto de acelerar el desarrollo de África y de hacer a nuestros países globalmente competitivos, las ICT deben hacerse omnipresentes y accesibles.

Por último, y a diferencia de otras regiones emergentes, África tiene la población que más rápidamente crece del mundo y la más joven, con un 50% de ella por debajo de los 20 años de edad. Al tiempo que la absorción por los mercados de trabajo de esta amplia y creciente población constituye un desafío, supone también un activo y una oportunidad. Necesitamos invertir en la juventud, promoviendo la igualdad de oportunidades en la educación de calidad, la atención sanitaria, el desarrollo de las capacidades, incluida la formación profesional, y el acceso a la tecnología. Necesitamos orientar nuestras políticas hacia la diversificación económica y la creación de empleo. Y necesitamos asegurarnos de que los jóvenes africanos se den cuenta de que la senda de la prosperidad depende de su capacidad de innovación y de su espíritu emprendedor. La juventud africana necesita equiparse con la mentalidad adecuada para configurar el futuro y el de sus naciones.

El aumento de confianza y de esperanza en el futuro del continente debería servir a su vez para reforzar la confianza entre los gobiernos y nuestros ciudadanos, y para construir unas saludables relaciones internacionales, donde estén representados los intereses de todos. Ello permitiría a las naciones africanas adquirir una mayor propiedad y una mayor responsabilidad sobre sí mismas. Al hacerlo así, minimizaremos la posibilidad de ser víctimas de dictados externos y aseguraremos la continuación de un progreso significativo. Solamente eso otorgará credibilidad a la noción de que este es realmente el siglo de África.

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