Animal Político

¿Qué significa el resurgimiento del conflicto?

En la era de la ampliación democrática

La Razón / Moira Zuazo

00:01 / 20 de mayo de 2012

Cuando observamos el panorama político y social actual pareciera que el tiempo ha dado una vuelta y que estamos nuevamente en el periodo de la política en las calles de principios de los 2000. A una década, presenciamos el resurgimiento de la protesta y a muchos analistas les asalta el deseo de contar las protestas y comparar las cifras con los números de aquellos años, para en análisis algo confusos y algo apresurados llegar a la conclusión de que estaríamos en una situación de crisis  similar, es decir crisis de Estado, y, verbigracia, podríamos ya empezar a preguntarnos ¿y después qué?

Sin embargo, para no perder horizonte, creo que es útil levantar la mirada y observar por una parte el contexto latinoamericano y por otra recuperar una perspectiva de proceso histórico. Para ello nos ayuda la recién presentada revista Nueva Sociedad, que, celebrando sus 40 años, nos trae una re-visita al pasado desde observaciones presentes y nos muestra a una Latinoamérica con gruesas y vivas líneas comunes que se desplazan en el tiempo largo y nos mueve a varias reflexiones: una de las más lúcidas es la de Sergio Ramírez, quien, dialogando con la obra de Alejo Carpentier, nos muestra cómo tempranas revoluciones que se iniciaron como procesos libertarios terminaron en nuevas tiranías, frase que suena como un campanazo para gobiernos de izquierda, incluido el nuestro, que están hoy en el poder. La frase nos habla de que no bastan las buenas intenciones, especialmente aquéllas de inicio, sino que es importante no perder la brújula en el sendero,  lo cual (desde la cima del poder) es doblemente difícil. No perder la brújula significa estar atento a la sociedad que queremos representar. En este campo la pregunta, entonces, es: ¿Qué ha cambiado en la sociedad en estos pocos años, que ya no entiendo? y ¿cuál es la agenda social que empieza a brotar?

Atendiendo a la primera pregunta de los cambios de la sociedad boliviana en esta primera década del siglo XXI, creo que es importante mirar los centros urbanos bolivianos, especialmente los masivos, y en sí mismo diversos, sectores populares, aquéllos que a principios de siglo participaron en la construcción de la “agenda de octubre”, que reivindicaba una recuperación del rol del Estado en la economía y un rol protagónico de éste en la integración social. Uno de los elementos que ha cambiado en la sociedad es que hoy reivindica, además de la “agenda de octubre”, una “agenda democrática”, algo así como ¡Cambio sí!, pero hoy importa el ¿cómo?

Dos tercios de la población boliviana viven hoy en ciudades. Si planteáramos la pregunta ¿qué es algo que caracteriza a América Latina hoy?, María Pía López (NuSo 238) respondería: el barroco: como superposición de contrarios, de cuerpos, de culturas, de opuestos, de símbolos en disputa. Es este barroco el que está expresado a plenitud en las ciudades, y es este barroco el que se hace indescifrable con la lectura del maximalismo y la polarización amigo-enemigo, por momentos tan popular para algunos dentro del gobierno del MAS (Movimiento Al Socialismo).

Pensando en cambio en términos de proceso, cuando hace un par de días presentábamos el libro Democracias en Transformación, Fernando Mayorga enfatizaba que la sociedad boliviana ha vivido un proceso de ampliación de democracia que instala la presencia de indígenas, campesinos y más mujeres en el ámbito del poder. Esto que en sí mismo es un cambio, a su vez, promueve la democratización de la sociedad. Hoy, el prejuicio de la desigualdad está en cuestión y el prejuicio de la igualdad pugna por adquirir carta de ciudadanía para regir el intercambio social.

El Estado boliviano reconoce hoy un nuevo nivel territorial de construcción de legitimidad para ejercer el poder, el nivel departamental, que se debate en serios problemas. ¡Sí! y, sin embargo, ahí está y no desaparecerá, por que el camino recorrido es uno sin vuelta en términos de democracia, del derecho internalizado por  los cruceños, paceños, orureños, tarijeños... para elegir a “su” gobernador. La nueva Constitución reconoce también un nuevo ámbito de autonomía indígena con más prerrogativas que el nivel departamental, pero que también genera más incertidumbres.

¿Nueva agenda social?

La sociedad boliviana, y nótese que entiendo por ello al conjunto de los diez millones de habitantes del país, quiere ser parte del proceso de cambio. El Gobierno, muy fácilmente, pierde la dirección con un discurso que polariza y llama a la división, cuando lo que correspondería, atendiendo al grado de hegemonía alcanzado en las urnas, es poner en el centro del debate el “bien común”.

Por ejemplo, y pensando en presente: cuando hablamos de la salud, hay que hablar de la “salud pública” como un “bien público” que interesa a todos los bolivianos, lo cual, hay que decir, es algo que también se les escapa en no pocos momentos a los médicos en la protesta. Cuando pensamos en una “cumbre social de la salud” no hay que mirar desde la miopía que cree que la sociedad se tragará la píldora de que está presente y representada si sólo se convoca a las organizaciones rurales y a un par de urbanas. Claro que tienen que estar las organizaciones rurales, pero también las ciudades y no sólo las organizaciones sociales, sino también todos aquellos ciudadanos que votan en elecciones y ninguna “organización social” los represente. 

Lo que está ocurriendo es que estamos viviendo la domesticación del poder por la democracia. Hay hegemonía respecto al proceso de cambio, no casualmente 62% de la población votó a favor de la Constitución, pero la gente también quiere ser parte del debate en la definición de las nuevas instituciones; acá queda sobrando el viejo recurso de alguna “izquierda trasnochada” que piensa que será suficiente una puesta en escena de participación, cuando en el fondo cree que es posible tomar las decisiones importantes entre cuatro “iluminados” y todo se arregla después con una “socialización”.

La democracia boliviana ampliada está pasando la factura. El gran desafío del Gobierno es hacer verdaderamente lo que en realidad era su promesa: “gobernar de cara a la sociedad” dialogando, llegando a compromisos y cumpliéndolos, no “haciendo que dialoga” y derrochando por esta vía el caudal de confianza que recuperó el Estado boliviano después de 2005.

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