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De ‘sirvienta’ o ‘criada’ a trabajadora del hogar

Otra forma de descolonización, insiste la exdirigente de las trabajadoras del hogar Casimira Rodríguez, ha sido la “claridad de reivindicar la identidad de ‘trabajadora asalariada del hogar’; en otros países, todavía sigue llamándose ‘servicio doméstico’. Hemos ido haciendo crecer este nombre”.

La Razón (Edición Impresa) / Iván Bustillos Zamorano

00:03 / 16 de noviembre de 2014

La Federación Nacional de Trabajadoras del Hogar de Bolivia (Fenatrahob) acaba de publicar el texto Descolonización y despatriarcalización desde la perspectiva de las trabajadoras asalariadas del hogar. Propuesta de política pública (Fenatrahob, Fundación Friedrich Ebert, FES, La Paz, septiembre de 2014). Al margen de lo que pueda entenderse como una forma de “discriminación positiva”, es de destacar dicha producción, porque proviene de uno de los sectores sociales y laborales menos visibles y, por ello, más discriminados; y ello pese a que se trata del 17% de la fuerza de trabajo femenina del país. 

Antes (¿aún hoy?) se solía decir que la trabajadora asalariada del hogar era el más claro ejemplo de una denominada “triple discriminación”: por ser “empleada doméstica”, por ser mujer y por ser indígena.  Se trata de un documento, además, que llama a aterrizar, a dar un sentido concreto, a las más o menos rutinarias consignas de la descolonización y la despatriarcalización, en el nuevo contexto del Estado Plurinacional de Bolivia.

Al respecto, la exsecretaria ejecutiva de Fenatrahob, Casimira Rodríguez, destaca el cambio sustancial en el lenguaje acerca de las trabajadoras del hogar: “Yo podría retroceder quizás un poquito atrás, cuando cambiamos el nombre de ‘empleada doméstica’; realmente la trabajadora del hogar para muchos empleadores era como de la propiedad de la familia; por eso cuando se empieza la lucha por la ley (Ley 2450 de Regulación del Trabajo Asalariado del Hogar, aprobada en abril de 2003), o cuando cambiamos de empleada doméstica o de sirvienta a trabajadora del hogar, ya era una forma de inicio de la descolonización”.

El documento fue trabajado, afirman: para “descolonizar el trabajo que realizamos, lo que significa que planteamos modificar la carga discriminatoria que conlleva, y (para) despatriarcalizar las relaciones que se generan en torno al mismo, respetando nuestra dignidad como mujeres”.

Hay que tomar en cuenta, como informan las editoras del texto, que la Propuesta es resultado del debate y el análisis que las trabajadoras del hogar han realizado “desde algún tiempo” y, sobre todo, desde su experiencia personal y sindical, a través de un taller efectuado para el efecto.

TEMAS. De la múltiple problemática que tiene el trabajo asalariado del hogar, sus representantes identifican cinco temas que tienen que ver directamente con los hábitos colonial y patriarcal en su trabajo; proponiendo además algunos principios de solución: el trabajo infantil, el acceso a la educación y a la capacitación, el ejercicio de los derechos laborales, la violencia y la vivienda.

Aparte de buscar la inserción en el trabajo por parte de las niñas “lo más tarde posible”, una vez que se da, el documento propone que el Estada garantice el trabajo acorde con la edad, “atendiendo a su condición de vulnerabilidad y riesgo de explotación física, sexual y económica”; se demanda además garantizar la escolaridad de las niñas  “en horarios normales (diurno), evitando el rezago y abandono escolar”.

“Hay todavía maltrato físico, sicológico, daño a la infancia, poca posibilidad de tener educación. Hay que preguntarnos, cuántas niñas trabajadoras del hogar hemos tenido que pasar en condiciones de servidumbre, de semiesclavitud; por eso muchas siguen como trabajadoras del hogar, no han podido tener una carrera técnica por lo menos”, ratifica la también exministra de Justicia Casimira Rodríguez.

En lo relativo al acceso a la educación y a la capacitación, el texto encuentra que aún persiste la idea de la escuela como el lugar de las “malas influencias”, y que para muchas jóvenes trabajadoras todavía se verifica la “doble desventaja: el ser analfabetas y no dominar el idioma castellano”. Cuando en muchas familias subsiste la costumbre de entregar a niñas a una madrina o padrino para que “le hagan estudiar”, esto por lo general no ocurre.  “La ignorancia genera conformismo, evita el ejercicio de los derechos e impide ver otras oportunidades de crecimiento personal”, advierte el texto.

Al respecto, se demanda que además de que el Estado garantice la educación primaria y secundaria, se promueva la capacitación especializada, profesional, que permita “mejorar la autoestima” y cualifique el trabajo de hogar (cocina profesional, cuidado de personas adultas, de niñas y niños, entre muchas otras labores).

En el ámbito del ejercicio de los derechos laborales, las editoras de la Propuesta encuentran que el problema empieza en el carácter privado, de puertas adentro, del trabajo del hogar, lo que dificulta la labor de fiscalización por parte del Ministerio de Trabajo. Este rasgo de labor “oculta” condiciona la forma más o menos precaria de la actividad, el monto del salario, entre otros.

El tema aquí es establecer, afirma el documento, “una verdadera instancia de garantía de los derechos laborales, así como un trato igualitario de otros sectores, en cuanto al fortalecimiento de la organización sindical”.

Pero donde es particularmente compleja la situación de colonialidad y patriarcado en que deben vivir las trabajadoras del hogar, señala la Propuesta, es en el tema de la violencia.Ante la agresión, se impone el  prejuicio de lo que se puede llamar “descreimiento de entrada”: “cuando se producen hechos de violencia, la imposibilidad de hablar, la creencia (no del todo equivocada) de que nadie les creerá”. 

VIOLENCIA. También se debe enfrentar la habitual práctica discriminatoria de la acusación de robo para acallar cualquier protesta o reclamo, o que es ella la que “provoca las situaciones de violencia”. Y es que la violencia hacia las trabajadoras del hogar, destaca el texto, “está naturalizada, es parte de los criterios patriarcales y coloniales de que nosotras no tenemos otro objetivo en la vida más que servir y atender a los demás, y que estamos a su disposición para cualquier cosa que se ofrezca, sin importar lo que pensamos, lo que sentimos, lo que queremos”.

Como pasa con todas las situaciones de violencia hacia la mujer y la intrafamiliar, las trabajadoras del hogar demandan que debería existir “claridad sobre los ámbitos de denuncia e intervención institucional, bajo un abordaje integral y con criterios de despatriarcalización y descolonización muy claros”.

En cuanto a la vivienda, “uno de los resabios más coloniales —destaca el documento— es el del trabajo asalariado del hogar ‘cama adentro’, lo que contribuye a incrementar los riesgos de violencia, a aislar a las mujeres que prestan estos servicios y, en el caso de las niñas, a mantenerlas sometidas con consecuencias a veces irreversibles para el resto de sus vidas”.

Lo que hacen notar las editoras del texto es el tipo de habitación reducida, o a veces solo un rincón, que se destina a las trabajadoras “cama adentro”; aquí, demandan, lo principal es lograr que se acceda a una vivienda “con las condiciones de intimidad, de inviolabilidad y de dignidad”. Y, claro, lo mejor, dicen, es que la trabajadora pueda contar con una vivienda propia, de manera de no tener que vivir en la casa en que se trabaja.  Otra forma de descolonización, insiste Rodríguez, ha sido la “claridad de reivindicar la identidad de ‘trabajadora asalariada del hogar’; en otros países, todavía sigue llamándose ‘servicio doméstico’. Hemos ido haciendo crecer este nombre”.

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