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¿Es solución la división étnica de Jerusalén?

Netanyahu y sus se-guidores siguen insistiendo en que Jerusalén no se dividirá. Lo que no logran entender es que la Ley de Je-rusalén de 1980, que declaraba a la ciudad “unida en su totalidad” como la capital de Israel, en realidad, no constituye una unidad.

La Razón (Edición Impresa) / Shlomo Ben Ami

00:00 / 06 de abril de 2014

En 1996, Benjamin Netanyahu ganó una elección general movilizando un alto número de votantes en contra de la supuesta intención del entonces primer ministro Simón Peres de “dividir a Jerusalén”. Casi dos décadas después, Netanyahu sigue aferrado a eslóganes viejos y vacuos sobre un “Jerusalén unido” —una convicción que, una vez más, podría resolver el proceso de paz palestino-israelí.

En momentos en que el secretario de Estado norteamericano, John Kerry, se prepara para presentar un acuerdo marco para una ronda concluyente de negociaciones de paz palestino-israelíes, la postura de línea dura de Netanyahu sobre Jerusalén, básicamente, no ayuda.

En un esfuerzo desesperado por mejorar las posibilidades de éxito de la propuesta, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, que en gran medida ha evitado asumir un rol proactivo en el proceso de paz durante su segundo mandato, se reunió con Netanyahu en la Casa Blanca para instarlo a moderar su postura.

Pero cambiar la manera de pensar de Netanyahu no será fácil —en especial por la presión política interna a la que se enfrenta—. Desde que Israel conquistó el este de Jerusalén en la Guerra de los Seis Días de 1967, la clase política del país ha defendido a la ciudad como la “capital eterna unida” de Israel, una visión que no quiere abandonar.

El problema es que ninguna negociación seria con los palestinos podría admitir esta postura. La población árabe de Jerusalén —que ya representa más del 40% del total— está creciendo el 3,5% anualmente, comparado con el 1,5% entre los israelíes. Una vez que este amplio segmento de votantes empiece a participar en las elecciones municipales —que hasta ahora han evitado, por temor a que se pensara que estaban legitimando al régimen israelí—, el control del concejo municipal probablemente pasará a manos de una mayoría palestina.

Peres entendía que una ciudad de Jerusalén unida bajo un régimen exclusivamente israelí no era posible y le aseguró al Ministro de Relaciones Exteriores de Noruega en una carta de 1993 —que fue esencial para la conclusión de los acuerdos de Oslo— que Israel respetaría la autonomía de las instituciones palestinas en el este de Jerusalén. De la misma manera, en 2000, el primer ministro Ehud Barak respaldó los parámetros de Clinton, que instaban a la división de Jerusalén en dos capitales basándose en las líneas étnicas. El primer ministro Ehud Olmert siguió esta misma línea con la propuesta de paz de 2008 que le presentó al presidente de la Autoridad Palestina Mahmud Abbas; también recomendó internacionalizar la Administración de la Ciudad Vieja.

Sin embargo, Netanyahu y sus seguidores siguen insistiendo en que Jerusalén no se dividirá. Lo que no logran entender es que la Ley de Jerusalén de 1980, que declaraba a la ciudad “unida en su totalidad” como la capital de Israel, en realidad, no constituye una unidad. El subsiguiente esfuerzo por israelizar la ciudad, construyendo una red de barrios judíos en el este de Jerusalén dominado por los palestinos, no logró garantizar una mayoría judía sólida, en gran medida porque los israelíes de clase media no quisieron instalarse allí.

De hecho, el proyecto de asentamientos no solo convirtió a Jerusalén Este en un foco de tensión política y social, sino que el elevado coste financiero —más de 20.000 millones de dólares en total— obligó a desviar recursos limitados de inversiones orientadas al crecimiento en Jerusalén Oeste. En consecuencia, Jerusalén se ha convertido en la ciudad más pobre de Israel. No sorprende que los 200.000 miembros de la clase media liberal y próspera de Israel que abandonaron la ciudad en los últimos 20 años encuentren que Tel Aviv —la capital económica de Israel, y un centro de crecimiento impulsado por la tecnología— es mucho más atractiva.

Algo que complica aún más la situación es la división entre los israelíes secularizados y las comunidades ortodoxas fanáticas cuyo rechazo del Estado laico y su anhelo de una sociedad basada en la interpretación más estricta de la Halacha (ley religiosa judía) encarnan un temor muy arraigado en los árabes y una desconfianza absoluta de los gentiles. Estas comunidades, que conforman el 30% de la población de Jerusalén, tornan inverosímil, en el mejor de los casos, la noción de una ciudad de Jerusalén unida y pacífica.

En 1966, un año antes de que paracaidistas israelíes ostensiblemente unieran Jerusalén, la compositora Naomi Shemer cantaba sobre “la ciudad que está solitaria, y en su corazón un muro”. Hoy, el muro que divide a Jerusalén no está hecho de cemento o ladrillos, pero eso no lo hace menos real.

Esta división duradera se ejemplifica en el contraste entre la infraestructura y los servicios municipales en los barrios judíos y árabes de la ciudad. Por supuesto, en cierta medida, los residentes palestinos de Jerusalén se benefician de la seguridad social y los sistemas de atención médica avanzados de Israel, con los cuales sus hermanos en la Autoridad Palestina solo pueden soñar. A pesar de todo, siguen identificándose como palestinos y solo 10.000 de los 300.000 residentes palestinos de Jerusalén han aceptado pedir la ciudadanía israelí.

Pero la cuestión de Jerusalén es objeto de una confusión aún más fundamental: ¿cuáles son las fronteras reales de Jerusalén? En el espíritu desenfadado que prevaleció después de 1967, el Gobierno israelí extendió los límites de la ciudad de 4.400 hectáreas a más de 12.545 hectáreas. La postura de Netanyahu de que esta Jerusalén extendida es la capital bíblica del pueblo judío es una farsa histórica.

Una ciudad de Jerusalén controlada por comunidades judías ortodoxas no productivas y palestinos privados de derechos está destinada al colapso económico y político. El plan de Kerry de dividir la ciudad, según las líneas étnicas, representa la última oportunidad de Israel de evitar un desenlace de este tipo y legitimar la ciudad como su capital reconocida internacionalmente.

Al aceptar una división de la ciudad de Jerusalén, Netanyahu estaría empezando, por fin, a tomar distancia de la arrogancia y la megalomanía que han llevado a la ciudad a su situación actual de estancamiento y aislamiento. Abandonar la idea de una Jerusalén “unida” es la única manera de asegurar la condición “eterna” de la ciudad.

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