Animal Político

El tiburón y las sardinas

Estados Unidos ha expresado su interés de sana convivencia con América Latina, región a la que había ignorado en los últimos años por su atención a Medio Oriente. Ahora es otra realidad política, con gobiernos de izquierda y democracias que el gigante deberá respetar.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos A. Carrasco

00:00 / 01 de diciembre de 2013

Una semana antes de que en Ginebra se logre el histórico acuerdo entre las grandes potencias e Irán, por el control de la evolución en la energía nuclear persa, el secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry, se dio tiempo de aparecer en la sede de la Organización de Estados Americanos (OEA) y pronunciar un extenso discurso acerca de las relaciones interamericanas.

A lo largo de su alocución se pudo observar una actitud paternalista, edulcorada con expresiones de ejercitada modestia, iniciadas como se estila en la oratoria gringa, con frases de fino humor. Su disertación se hace más importante por lo que no dijo que por sus divagaciones acerca de la buena vecindad.

Por ejemplo, sólo tres tenues palabras acerca del narcotráfico que asola la región, como dejando pasar el mensaje de que ese tema ya no es prioritario para Washington.  Tampoco se refirió a las iniciativas que últimamente culminaron en estructuras tales como la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) o la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (Alba), en las que se excluye expresamente la participación estadounidense.

Se ocupó más bien de subrayar la circunstancia que el ejercicio de gobiernos democráticos son ahora más la regla que la excepción, contrariamente a lo que acontecía hace algunos años. En esa categoría citó reiteradamente la excepción cubana, al felicitarse por las tímidas aperturas que ha iniciado La Habana, al permitir el comercio en varios rubros de los trabajadores por cuenta propia. Ponderó como una cooperación indirecta a la economía cubana el hecho de que “cientos de miles” de turistas americanos visitasen anualmente Cuba, dejando en sus estadías millones de dólares ávidamente requeridos por el régimen castrista. Igualmente dijo que la liberalización para el envío de remesas de los exiliados a sus parientes en la isla era muy significativa. Todo ello, en la esperanza de que pronto se puedan realizar elecciones libres en las que los cubanos puedan escoger sin limitaciones a sus gobernantes. Alabó la observancia de  los adherentes a la Carta Interamericana Democrática que estatuye la garantía de respetar las libertades individuales y el gobierno representativo. Su retórica enfatizó que “la democracia no es un destino final, sino un viaje sin fin”.

Nota evidente fue su contento por que una relativa prosperidad se vislumbre en la región que, en los últimos años, registró un crecimiento sostenido del 4%, sacando a 73 millones de personas fuera del nivel de la extrema pobreza.

Remarcó que el área de libre comercio con acuerdos que favorecen a Colombia y Panamá posibilitaron, por ejemplo, la inserción en el mercado norteamericano de productos exportados por 800 empresas, sólo en el último año. Comparó ese logro con el crecimiento exponencial de la NAFTA (acuerdo de libre comercio entre Estados Unidos, México y Canadá)

Repitió una y otra vez, en español, el adagio de que “la unión hace la fuerza”, explicando que la doctrina Monroe quedó atrás y que de hoy en adelante Estados Unidos ya no ejercitará injerencia en los asuntos internos de sus vecinos. Sin embargo, soslayó referirse a las interferencias informáticas reveladas recientemente.

En suma, pienso que la estrategia geopolítica de Estados Unidos, para encarar el surgimiento de bloques que, como el Alba, proponen una economía estatizada y una reticencia al sistema capitalista, es nutrir a la Alianza del Pacífico de los elementos suficientes para estimular su crecimiento económico en base a las inversiones extranjeras, la economía social de mercado, la seguridad jurídica y los acuerdos  de libre comercio que abran el enorme mercado americano a sus productos y en igual esquema a los mercados asiáticos y europeos.

Esa modalidad contrasta con la ingeniería económica del Alba y se espera que a la larga se coteje los dos modelos y se vea la diferencia de países como Cuba o Venezuela, donde la oferta de productos de consumo básico es precaria (en ocasiones, inexistente), cuyos precios están sometidos a una inflación galopante y donde impera el desempleo.

En cambio, en los países de la Alianza del Pacífico (Chile, Perú, México y Colombia) la inversión extranjera es promotora de empleos, las barreras aduaneras desaparecen paulatinamente con  sus socios en Estados Unidos, en Europa y, a través del convenio transpacífico, en los populosos mercados del Asia.

Por añadidura, los países de la Alianza están regidos por los gobiernos representativos, con alternancia en el mando político y transparencia en la administración de la Justicia.

Como corolario, se espera que a mediano plazo las mismas poblaciones serán árbitros que comparen y  definan cuál modelo es más efectivo para  obtener las premisas básicas del buen vivir, con pan y libertad.  Ésa parece ser la nueva estrategia norteamericana para enfrentar los retos que suponen los regímenes que pregonan el socialismo del Siglo XXI y otros de semejante horizonte.

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