Animal Político

Los trajes de Evo, la sonrisa de Samuel y la barba de Juan

Los elegantes trajes de Evo Morales, la sonrisa que Samuel Doria Medina no puede borrar, la pulcra barba de Juan del Granado, el rostro enojado de Jorge Quiroga y el eterno sombrero de Fernando Vargas son signos de los candidatos presidenciales que están expresando algo más...

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Aguilar Agramont / La Paz

00:06 / 10 de agosto de 2014

La barba de Juan del Granado, los trajes del presidente Evo Morales, la sonrisa de Samuel Doria Medina, el sombrero de Fernando Vargas y el rostro de enojo de Jorge Quiroga son algunos signos recurrentes en estos candidatos presidenciales que despliegan sentidos más allá de los inmediatos.

A continuación se ensaya una lectura de estos signos que aparecen en sus spots o en intervenciones públicas, ¿qué pretenden posicionar?, ¿dónde reside su artificialidad?, ¿su pretensión de actualidad o inactualidad (pues también se puede querer presumir inactualidad)? y ¿qué terminan por significar?

Primero habrá que prestar atención al presidente Evo Morales. En su primera gira internacional —antes de su posesión, pero ya como presidente electo, cuando hizo famosa la chompa a rayas guinda, blanca y azul— se mostraba como un futuro mandatario desaliñado al que poco le importaban las apariencias, actitud acorde con su pasado y su ascenso desde la lucha sindical. De este modo, se posicionó como una imagen de la cultura pop de la que Warhol, de haber estado vivo, de seguro habría hecho una de sus serigrafías con el rostro de Evo y la ilustre chompa.

El tiempo pasó y ahora se puede decir que Morales ha sufrido lo que los gringos llaman un extreme make over, es decir un cambio radical de apariencia, al menos su modo de vestir, pues puede afirmarse que su peinado sigue siendo el mismo, constituyendo el signo que lo comunica con su pasado humilde. Se trata de un peinado muy standard, casi en guerra con toda técnica y muy popular entre la población boliviana de migrantes rurales a las ciudades. Es, a fin de cuentas, un peinado sin pretensiones.

El verdadero cambio se dio en la vestimenta con la que aparece, desde ya hace años, en sus giras internacionales y en actos de importancia en Bolivia. De notoria elegancia, estas piezas son confeccionadas por diseñadores de alta moda del país. En lo que hay que posar la vista no es en las “incrustaciones” de aguayo que presumen una significación por demás evidente, sino en los cuellos. Esta parte de sus trajes son del todo distintas a un terno convencional...

Si uno ve pinturas de algunos de los primeros presidentes como Simón Bolívar, Antonio José de Sucre o el Mariscal de Zepita, notará que hay un “aire de familia” en los cuellos de sus trajes y los de Morales. Entonces, se puede decir, el vínculo se hace visible, los cuellos de sus ternos quieren hacer de signo de “bolivaridad”, es decir de una continuidad específica con una parte del pasado republicano. Esta “bolivaridad” queda confirmada si se observa que el Movimiento Al Socialismo (MAS) ha bajado el tono de su discurso antirrepublicano; es más, toda su agenda quiere ser una celebración del Bicentenario de la República.

Pasando a Samuel Doria Medina, de Unidad Demócrata (UD), se nota que en sus dos últimos spots (en ambos representando el papel de un trotador de las calles céntricas de varias ciudades y lugares representativos de Bolivia, si bien todos saben perfectamente que el empresario no trota, o al menos no lo hace en calles y plazas) se lo ve risueño en exceso, pues sigue sonriendo aún cuando trota.

El efecto que causa al receptor del mensaje es el de la artificialidad. ¿Quién trota y sonríe a un tiempo?: ¿los millonarios?, ¿los candidatos en campaña?, ¿los que son filmados al trotar? La respuesta es clara: los candidatos millonarios en campaña cuando están siendo filmados al trotar.

Por supuesto que este exceso (acceso) de sonrisa está directamente relacionado a la ya notada e innegable carencia innata de carisma de la que se han mofado casi todos, sino todos, los medios de comunicación.

En la biografía, además, trota con la capucha puesta, muy al estilo de las películas hollywoodenses de boxeadores. Acá la artificialidad no llega aún a su clímax, que en realidad se da cuando el candidato dice: “Me atacó el perro del vecino, me mordió durante dos horas”. Sus vecinos vieron la escena, fueron al banco, tramitaron sus pasaportes, hicieron mercado y cuando retornaron el can seguía atacando a Samuel.

En todo caso, lo que se quiere posicionar con la capucha y la trotada es lo que se abrió con el afortunado éxito en redes del “carajo no me puedo morir” (dicho en ese mismo spot).

Los asesores del empresario entienden que esta casualidad les dio acceso a los votantes jóvenes. En sus propagandas esta intención se ve en el uso de ciertas palabras coloquiales: “de chango”, “y carajo me secuestran”, etc. Entonces, se despliegan signos en función a desmentir la falta de carisma y en busca de los votantes jóvenes.

¿Y el candidato del Movimiento Sin Miedo (MSM)? Juan del Granado, hasta ahora, casi no aparece en spots. Hizo dos, uno para los 31 años de democracia en Bolivia (12 de octubre de 2013) y otro con un mes de diferencia que fue encadenado a los carteles de “hay policías con miedo y policías sin miedo”, etc. En realidad no hay gran cambio de su imagen.

De hecho, el efecto que se quiere lograr es el de una persistencia ideológica. Esta suerte de estabilidad de principios políticos quiere ser expresado con un elemento fisonómico: su barba, una barba que no es ni jesuítica, ni excéntrica. Más bien una barba moderada, dentro de las convenciones, lo que le permite pasar desapercibida.

El spot de la semana del 12 de octubre de 2013 hace visible la continuidad que se quiere comunicar al receptor del mensaje: la de un político de izquierda que luchó por la democracia y estuvo en el equipo que encarceló al exdictador García Meza.

En los 70 y 80, todo izquierdista que se respete se dejaba crecer la barba, quien sabe, emulando al Che, a Fidel y los más audaces a Camilo Cienfuegos...

Entonces, al ser Juan un político que viene de esas épocas, hace que su barba sea una prolongación material de sus tiempos de lucha en dictaduras. No es gratuito que su spot de octubre lo ponga como un actor, sino clave, al menos visible en la recuperación de la democracia. Pero su barba no es de la audacia de los tres guerrilleros citados hace un momento, pues se trata de una más bien discreta, pulcra. El resultado es que esta parte de su rostro tiene la función de vaso comunicante entre la vieja izquierda y la nueva izquierda. Su pulcritud recalca: “no soy de una izquierda dogmática y anacrónica, los tiempos han cambiado”...

Este signo juega un rol fundamental en su imagen, suprimirlo tendría un efecto nefasto que, sin duda, lo haría bajar más en las encuestas.Quiroga y Vargas no tienen spots, Se puede ver algún signo cuando recurren a la generación de información noticiosa para salir en los medios...

De Quiroga se puede decir, por el rostro que pone en las entrevistas, que está muy molesto. Esto tiene correspondencia con su votante ideal y con el segmento que quiere atraer: los que no pueden soportar el presente, los que quieren un retorno al año 2000. Su fisonomía enfadada posiblemente no responda a una estrategia de marketing político, sino a cómo se siente en realidad: no le gusta lo que sucede en la política y no hay nada que pueda hacer para cambiarla...

Por último está Fernando Vargas. Igual que Quiroga, de muy pocas apariciones. Lo curioso de este candidato es que aunque sea de noche y esté en un espacio techado, no hay nada en el mundo que haga que se saque su sombrero de llanero. Aunque de origen indígena, Vargas utiliza un sombrero occidentalizado, lo que desde ningún punto de vista significa que opaque sus raíces. No. El sombrero llanero no hace, en absoluto, de signo de desclasamiento. En realidad, cumple la función de mostrar al indígena siempre expuesto a la hostilidad de la intemperie, que se defiende de la naturaleza (cuando no le es benigna) con objetos tan sencillos como un sombrero. Este significante pone en escena los grandes espacios abiertos, lo que está en consonancia con el ambientalismo de su discurso.

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