Animal Político

La transición de las palabras

Los acuerdos inconscientes sobre el léxico suelen servir como termómetro para analizar las posibilidades de un consenso. Por el contrario, las divergencias en el vocabulario preludian siempre el conflicto. El autor plantea el tema en el contexto español.

La Razón (Edición Impresa) / Álex Grijelmo

00:03 / 11 de enero de 2016

No hay una transición política real sin una transición de las palabras. Y así ocurrió con el abrupto lenguaje usado hace 40 años en los dos lados de la trinchera, que durante los años de democracia se fue suavizando para aproximar a los distantes. La primera reconciliación tras la dictadura se empezó a producir en el vocabulario de la política. Los términos asociados a un pasado dictatorial fueron desapareciendo del primer plano, sustituidos por otros más acordes con los anhelos de paz y libertad. Lo más interesante de ese proceso es que se produjo en los dos bloques herederos de “las dos Españas”.

La palabra “camarada” puede simbolizar ese cambio. Su pro-cedencia de tintes militares (“camaradas” eran quienes dormían en la misma cámara o camarote) no impidió, sino todo lo contrario, que se llamaran a sí mismos camaradas quienes compartían la misma fe política, ya se tratara de falangistas o de comunistas y socialistas. Pero los aires de encuentro acabaron con el predominio de este término, para ser sustituido por otros más  civiles, como “compañero” en el trato personal o “correligionario” en el público.

Ese camino de muchos años constituyó un claro proceso de enfriamiento del lenguaje. Desaparecieron “búnker” (extrema derecha), “carca” (conservador), “el parte” (informativo radiofónico)... Los términos del combate durante el franquismo dejaban paso a expresiones más técnicas y, por tanto, menos acaloradas.

La dictadura de Franco formó una sociedad ideal para desarrollar la “lucha de clases” que pretendían los marxistas. Pero casi todas las ideas de conflicto se irían desvaneciendo en el lenguaje público, y desde aquella pelea se caminó hacia la búsqueda de la “igualdad social”. Para ello fue necesario superar precisamente las “clases”. El concepto de “proletariado” (se denominó así a quienes no tenían más posesión que su propia prole) aún se refugió durante un tiempo en la expresión “clase obrera”, para transfigurarse luego en “las clases populares” y más tarde en enunciados cada vez más blandos: los “productores”, los “operarios”, los “asalariados”, los “trabajadores”, los “empleados”… Engullidos todos ahora en la “población activa” y unidos a los “parados” o “desempleados”.

En el otro lado, “la oligarquía” y “la burguesía” se transformaron sucesivamente en “la clase dirigente”, “la clase alta”, “las élites sociales”… Y hoy en día son “los ricos”.

Por su parte, “los poderes fácticos” sufrieron una transformación de significante pero también de significado. Tales fuerzas de la opresión incluían en un primer momento al Gobierno, a los grandes financieros, a la Iglesia y al Ejército. Estos dos últimos componentes desaparecieron del paquete (cambio en el significado) cuando se fue adoptando la expresión “agentes sociales” (cambio de significante), que a su vez incluyó a los sindicatos (nuevo cambio en el significado).

Las ansias iniciales de “revolución” se transformaron en propuestas de “reforma”, destiladas finalmente en el concepto del “cambio” propugnado por la campaña del PSOE (Partido Socialista Obrero Español) en 1982. Las palabras “patrón” y “patronos” transmitían su vieja idea del señor a quien sirven los criados, y fueron utilizadas como descalificatorias en las canciones protesta de la época, en compañía de “el capital” o “los capitalistas”. Por eso dejaron su espacio a “empresarios”, “empleadores” o, más recientemente, “emprendedores”.

Los sindicatos participaron igualmente de este proceso (porque se trata, no lo olvidemos, de una convergencia general). La palabra “huelga” (proscrita en el franquismo, escondida tras un eufemismo como “paros”) fue recuperada con todas las consecuencias en una primera etapa. Pero algunas décadas después registró sus propias rebajas: las amenazas de huelga se presentaron ya a menudo como avisos de “conflicto” o de “movilizaciones”. Solo cuando la situación llega a un punto de no retorno aparece la palabra “huelga” con toda su fuerza.

En el marco de esa edulcoración, el “despido colectivo” (en el que los sindicatos se ven obligados a colaborar con las empresas) se ha transformado en un esquelético “ere”, después de transitar por la “regulación de empleo”, las “rescisiones de contratos” o los “ajustes de plantilla”.

Esa suavización del lenguaje alcanzó al propio vocabulario de los partidos políticos, que pasaron de albergar “tendencias” enfrentadas (con la connotación que lleva asociada el término “tendencioso”) a discutir entre “corrientes”. Más tarde se llamaron “familias”, para quedar finalmente en “distintas sensibilidades”, expresiones ambas que ya no se relacionan con ningún adjetivo peyorativo, sino todo lo contrario: las familias conducen a lo familiar, y las sensibilidades corresponden a personas sensibles.

En el ámbito del terrorismo, por el contrario, el lenguaje se endureció. Ahora nos sonrojamos al recordar que a los miembros de ETA los llamábamos “activistas” en vez de “terroristas”, o al repasar noticias donde se informaba de que una persona “resultó muerta” en vez de haber sido asesinada. Tampoco era raro oír “acción armada” en vez de “atentado”.

Los fugitivos o prófugos de ETA escondidos en Francia se denominaban “refugiados” o “refugiados vascos”, mediante un término tasado en el derecho internacional que en absoluto les correspondía, y que abarcaba a cientos de terroristas que no disponían de ese estatuto. Incluso se empleó la palabra “tregua” para los momentos en que ETA decidía unilateralmente dejar de matar, cuando tal vocablo implica la existencia de una guerra donde las dos partes disparan por igual y en la que acuerdan darse un descanso. Ni había acuerdo, ni había guerra, ni había dos ejércitos en igualdad de condiciones, pero había “treguas”.

Los propios periodistas caían a menudo en denominar “ejecuciones” a los asesinatos, en llamar “prisioneros” a los secuestrados o rehenes, o “impuesto revolucionario” a los chantajes y extorsiones…, asumiendo el propio léxico de los terroristas.

Este desenmascaramiento se produjo mucho tiempo después del proceso anterior de reconciliación de las palabras, y quizás como consecuencia retardada de aquel consenso. El vocabulario sobre ETA se endureció ya para siempre.

Por supuesto, el franquismo había puesto en marcha su propias trampas de lenguaje (por ejemplo, la de llamar “democracia orgánica” a la dictadura). Pero se puede diferenciar entre los eufemismos que cada cual aplica en su propio beneficio (y que siempre existieron) y la alteración del lenguaje político asumida por todos los poderes políticos y sociales, incluida la prensa, para constituir un cambio significativo de las referencias comunes. Esa transformación paulatina que se ha desarrollado en estos 40 años sin Franco ha sido fruto de un pacto tácito, no de una imposición de parte. Los acuerdos inconscientes sobre el léxico suelen servir como termómetro para analizar las posibilidades de un consenso. Por el contrario, las divergencias en el vocabulario preludian siempre el conflicto.

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