Animal Político

La transición y la sangre

La tentación totalitaria siempre está presente en la accidentada his-toria, especialmente en momentos de crisis cuando todo el tejido social se contamina de miedo y desorien-tación.

La Razón (Edición Impresa) / Mario Espinoza Osorio es periodista

00:00 / 26 de febrero de 2017

El  excanciller del Estado David Choquehuanca textual: “Presidente, el día que ya no puedas ser candidato ya no quiero estar en Bolivia, quiero estar lejos, porque va a haber matanza en este país”.

No fue una metáfora. No es una frase traída al azar como aquella de las arrugas de los abuelos ni la edad de las piedras.

La premonición del exjefe de la diplomacia boliviana tampoco tiene que ver con profecías, adivinanzas o esoterismo por el estilo.

Es simple y llanamente el conocimiento de la historia. De nuestra historia. Es el poder de deducir y razonar partiendo de una base de datos y buscar en los hechos que en varias oportunidades nuestro país fue la marmita donde se mezclaron ideologías y modelos, y eligieron a la violencia, otra vez, como partera de esa nuestra historia. Esa base de datos es incorruptible.

Nació con el ser humano, siguió entre otras cosas con la conquista, la colonización, la guerra de la independencia y la república.

Para no ir muy lejos, estuvo en 1952, cuando luego de encontrarnos con contradicciones sociales, económicas y políticas, los bolivianos nos enfrentamos a nuestra triste realidad luego del fracaso en la Guerra del Chaco. El resultado fue dramático.

El MNR la llamó revolución porque cambió el orden establecido. Porque hubo un cambio de élites. Y más allá de las anécdotas e intentos de reconstrucciones literario-políticas de la historiografía nacionalista, lo cierto es que ese cambio, esa dramática transición tuvo mucha sangre: 500 muertos y más de 1.000 heridos.

En 1964, la historia se repitió, pero no para cambiar profundamente los cimientos de Bolivia como 12 años antes los hizo el gobierno de la Revolución. Se repitió únicamente en los muertos de una transición destinada a ver de nuevo la sangre de los bolivianos que comenzaron a sentir el rigor de las dictaduras militares.

Entre elecciones, golpes y la muerte de un presidente transcurrió el tiempo hasta que en octubre de 1970 el general Juan José Torres se encaramó en el poder para que Bolivia viva una de las etapas más delirantes de su historia. La Asamblea Popular y un movimiento obrero desbocado culminó en agosto de 1971 con Hugo Banzer presidente, otra vez la economía de mercado, pero también, otra vez los presos, los exilados y más de 150 muertos.

La excepción a la regla de estos enfrentamientos entre dos sistemas se dio al final del gobierno de Hugo Banzer. Ni Juan Pereda ni David Padilla asumieron con sangre. En realidad, las manos de Pereda tenían color rojo pero por su paso por el Ministerio del Interior del dictador Banzer, no por el golpe.

Otra excepción al otro lado se dio cuando Alberto Natusch, sin mayores ideas de cambio y simplemente del golpe por el golpe, derrocó a Wálter Guevara con un saldo de 50 muertos y un centenar de heridos. No duró.

Similar historia se repitió en el golpe de Luis García Meza, cuando sin ningún sustento ideológico, más allá del vago concepto de la reconstrucción nacional, este general asumió el mando en forma cruenta con decenas de muertos y desaparecidos.

La recuperación de la democracia estuvo signada por momentos tensos. Sin embargo, los acontecimientos mundiales y el grave problema económico del momento obligaron a los militares a restaurar la democracia en Bolivia, pero esta vez, sin muertos.

De 1982 a 2003 los gobiernos se repitieron en Palacio sin mayores sobresaltos, con el curioso hecho de que en esos 21 años, el oficialismo siempre entregó el mando a la oposición.

Hasta que en octubre de 2003, el sistema de partidos se hizo trizas y casi 70 muertos después y luego de Carlos Mesa y Eduardo Rodríguez, Bolivia recuperó su memoria histórica de violencia y nuevamente la dramática transición, que llevó al poder a Evo Morales, aparentemente con una nueva ideología, aunque en los hechos, en lo económico, el mercado sigue siendo el rector a pesar de la retórica de los gobernantes.

En todo caso, la lectura que hace el excanciller Choquehuanca de estos datos históricos y su anuncio de muertos y sangre, no hace otra cosa que confirmar que nuestro país, nosotros, necesitamos imperiosamente enfrentarnos a un sino dramático, rojo y sangriento.

La mayoría de los gobiernos, y el de Evo Morales no es la excepción, tienden a reproducir los tres momentos del poder: primero La toma, no importa la forma, luego

La permanencia en el poder y finalmente La herencia o sucesión en el poder.

La última es la complicada. Existe en algunas personas el convencimiento de que la vida eterna existe en este mundo y se niegan a aceptar la posibilidad de dejar una herencia o sucesión.

Toda la teoría política moderna ha tratado de estudiar y entender estos momentos o situaciones, al mismo tiempo que se ponía empeño en establecer la “fórmula” institucional que permitiera controlar y limitar el ejercicio del poder. De ahí surgió la necesidad de la división y equilibrio de los poderes y la alternabilidad en el mismo.

Existen varios casos aberrantes de dictadura de largo plazo que ha padecido Latinoamérica en el siglo XX y casi en todos nuestros países han vivido la experiencia.

Por supuesto que hoy no es el caso de Bolivia. Evo Morales llegó al poder en forma planificada, con una estrategia de insurrección, pero que al final llegó al poder mediante los votos.

Sin embargo, hay un común denominador para todos, dictadores y demócratas, y en realidad a todos los seres humanos, y eso es que todo tiene un fin, aunque alguien se quede o quiera quedarse eternamente.

La tentación totalitaria siempre está presente en la accidentada historia, especialmente en momentos de crisis cuando todo el tejido social se contamina de miedo y desorientación. Avanzado este siglo XXI no hay fortaleza mayor para un país que prevenir a tiempo estas desviaciones autocráticas a través de las reformas oportunas y las garantías ciertas de un sistema electoral e institucional que permita la alternabilidad y la división efectiva de los poderes.

La siguiente es una historia de un gobernante para entender el poder:

Para muchos estudiosos, la vida de este gobernante “supremo” era simplemente demasiado buena para ser verdad. El análisis de estos intelectuales asegura que no existió otro modelo más satisfactorio que el de un gran hombre que logró uno triunfo extraordinarios a través de su propio esfuerzo. Era un héroe del Estado, quien parecía sostener al mundo en su palma. Este gobernante fue idealizado como un héroe. Este hombre, para que no existan confusiones, se llamaba Pompeyo.

Es quien dominó los acontecimientos políticos y militares al  final de la República Romana. Siendo lo que fue y habiendo recibido el juramento eterno de lealtad… cayó del poder y al final, fue asesinado a traición.

La ucronía es un género literario que también podría denominarse novela histórica alternativa y que se caracteriza porque la trama transcurre en un mundo desarrollado a partir de un punto en el pasado en el que algún acontecimiento sucedió de forma diferente a como ocurrió en realidad. Pero es literatura. Es imaginación. La realidad es otra. Las cosas se acaban, los seres humanos mueren y hay cambios que implican sangre. Tiene razón Choquehuanca en su análisis. Esperemos que esté equivocado.

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