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El tsunami de Brasil

En diez años, el sueldo mínimo subió en 330% y el crédito se expandió del 22 al 54% del PIB, a esto se sumó la euforia de las copas. Pero un aumento de 20 centavos del autobús y la población demandó el fin de la corrupción, más educación, salud, en fin, mejor calidad de vida.

La Razón / José Sarney

00:00 / 14 de julio de 2013

Que de repente. Surgió de la nada. Nada ni nadie podría prever que de súbito seríamos asaltados por una perplejidad atónita. Los números macroeconómicos del país son buenos, los micros también. El país vivía la euforia de dos copas, la de las Confederaciones —de la que salimos campeones— y la del Mundo en 2014, de los Juegos Olímpicos en 2016 y las Jornadas Mundiales de la Juventud, con la curiosidad acerca del nuevo papa Francisco en su primera visita al país.

En diez años, el sueldo mínimo subió en 330%, el crédito se expandió del 22 al 54% del PIB y, tras el ascenso a la nueva clase media de 42 millones de personas, el consumo explotó. El Gobierno tiene el 65% de aprobación. El grado de felicidad con la vida también es muy alto. Los encuestadores preguntan: “¿Brasil es un buen lugar para vivir?”

Respuestas: bueno u óptimo 76%; regular 18%; malo o pésimo 5%. En el sector externo, las reservas cambiarias son del 378.000 millones de dólares y Brasil es el cuarto destino mundial de la inversión de capitales, con 65.000 millones de dólares en 2012.

Ése era el clima. Surge un aumento de 20 centavos (0,08 dólares) en los boletos de autobús en la ciudad de Sao Paulo (19,2 millones de habitantes) y provoca una explosión popular sin líderes, sin la movilización de ningún segmento de la sociedad civil y reúne a millones de personas. Y en todo el país, en todas las grandes y pequeñas ciudades, se va a la calle a protestar. Ningún cartel o pancarta presenta reivindicaciones institucionales. No se pide libertad, derecho de reunión o asociación, mejores sueldos o condiciones de trabajo —el país está al borde del pleno empleo— ni tampoco cambio de gobierno.

¿Qué reivindican? La disminución de los 20 centavos, el fin de la corrupción, más educación, salud. Cada manifestante prepara su cartel en el momento, de modo improvisado. Uno de ellos lo resume todo: “Todas mis demandas no caben en la pancarta”. Son muy diversas y fragmentarias, imposible sintetizarlas. Una es objetiva: el proyecto 37 de enmienda a la Constitución, una disputa corporativa entre la Policía y el Ministerio Público (fiscalía) por el mando en las investigaciones criminales. El Congreso lo había archivado.

Busco en Galbraith (economista estadounidense) mi primera reflexión. Él dice que la sociedad industrial es hedonista y consumista, no se interesa por valores sino por la cantidad de bienes. Se la podría resumir en una expresión: tenemos la más feliz de las infelicidades.

Con el fin de las ideologías en nuestro tiempo —la más dominante de ellas el comunismo— las nuevas generaciones, sin causas ni utopías, son presas fáciles del nihilismo, las drogas, el alcoholismo y la sublimación de los placeres. Pero lo natural es dirigir las energías y la vitalidad de uno en contra de los males de la condición humana y a la belleza del idealismo de los que ya vivimos la fase de querer cambiar la suerte de la humanidad. Eso es más fácil en los países en desarrollo, donde todo está por hacer, cuando se descubre en las nuevas tecnologías de la información el poder de expresar desacuerdo con todo. Se quejan por no participar en las decisiones del Gobierno, pero tienen fuerza para influir sin límites con su capacidad de hablar, discutir, inflamar. Por medio de la internet cada individuo se torna un ser colectivo.

Pero no juzguemos de modo abstracto y absoluto. Las masas brasileñas fueron a las calles primero en las grandes metrópolis, donde los problemas son agudos y forman un caldo de cultivo para las protestas. No son 20 centavos de real, sino el tránsito, el tráfico, la movilidad urbana. Los vehículos de transporte colectivo atascado y las tardanzas de tres horas al día para llegar al trabajo respirando el aire contaminado de las grandes urbes, llenos de estrés y sufriendo la lentitud de 18 kilómetros de media por hora en el tránsito, como carrozas de la Edad Media.

El fenómeno no se limita al transporte colectivo, sino que ocurre también con los motorizados particulares, sujetos a las mismas circunstancias comunes a todas las ciudades brasileñas. Con el aumento del poder adquisitivo de la población llenamos a las ciudades de coches y alcanzamos una velocidad imposible en la construcción de vías expresas, trenes, metros, vehículos de transporte liviano.

El segundo punto es la inseguridad. Según una encuesta de opinión del IPEA (Instituto de Investigaciones Económicas Aplicadas) —órgano gubernamental— el 78% de los brasileños deja sus casas con mucho miedo a ser asesinados. De este modo, la población de las grandes ciudades posee automóviles, llega a sus casas y encuentra un televisor, heladera, radio y todo tipo de equipos domésticos, pero pierde el 10% de su tiempo, diariamente, en transportarse asombrada por el miedo y el estrés.

Ese caldo de cultivo para la insatisfacción personal que llega al borde de la revuelta acumula todas las protestas —la primera en contra de los dirigentes, la clase política y su democracia harapienta, apuntada como responsable de muchos errores, y en contra de todos los que detentan poder. Los jóvenes se descaminan hacia la violencia, la destrucción de bancos, autobuses y trenes y llegan a apedrear iglesias (Brasil posee hoy un fuerte componente religioso en la política con gran número de evangélicos que no aceptan los cambios de visión en las conquistas de género).

Así, los brasileños se rebelan en contra de la calidad de vida y no desean conquistar bienes. En el fondo es un fenómeno nuevo, no comparable a la Primavera Árabe. Un ministro japonés del medioambiente, Oichi, dijo una vez que la gente comenzaba a indagar si la búsqueda frenética del aumento del PIB tendría algo que ver con la felicidad del hombre.

El fenómeno brasileño merece una reflexión profunda sobre la calidad de vida. El pueblo juzga y cree que vive una infelicidad feliz. Tanto es así que en las protestas una consigna dice: “Yo era infeliz y no lo sabía”.

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