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La última conspiración del doctor Paz

‘Fue el mayor oprobio para la diplomacia boliviana, una masacre que triplicó el saldo sangriento de octubre de 2003 y la mayor prueba de fuego de nuestra democracia. Fueron los días traumáticos de 1979’.

La Razón / Rafael Archondo

00:01 / 27 de octubre de 2013

Carajo, ése no era el plan y todo puede terminar en el fracaso”. Las palabras sonaban más ásperas que de costumbre desde la ronca voz del coronel Alberto Natusch Busch. A las 11 de la noche del 31 de octubre de 1979, los regimientos Tarapacá, Ingavi y Lanza salían rodando de sus cuarteles para ocupar los sitios estratégicos de la sede de gobierno.

Vestido de civil, Natusch contemplaba la escena enfurecido. Todas las ideas conspirativas llegadas hasta sus oídos en los últimos meses le habían sugerido retrasar el golpe hasta fines de noviembre, cuando el parlamento tuviera por decisión deponer al presidente Wálter Guevara Arze, pero sobre todo cuando la IX Asamblea de la OEA (Organización de los Estados Americanos), que había sesionado hasta la víspera en La Paz, hubiera perdido brillo y dejado de ser el orgullo mayúsculo del gobierno interino del momento.

Guillermo Bedregal, entonces subjefe del MNR y protagonista central del golpe de noviembre, nos pinta esa escena en su libro Doy la cara (1995). Otras versiones históricas y el sentido común confirman la precipitación del proyecto sedicioso. El cruento levantamiento militar del 79 fue uno de los desatinos más dolorosos de la historia del país. La Asamblea Permanente de Derechos Humanos tiene registrados 208 muertos, 207 heridos y 124 desaparecidos, saldo macabro de las jornadas desencadenadas hace 34 años, en un día de Todos Santos.

Natusch, citado por Bedregal en su libro, sabía muy bien que una movilización militar en ese momento no sólo era inoportuna, sino “absolutamente irracional”, pero los tanques ya estaban estremeciendo los adoquines durante el asalto de la madrugada.

Unas horas antes, la plaza San Francisco había recibido a miles de personas convocadas para celebrar en verbena popular, uno de los mayores triunfos de la diplomacia boliviana. El 26 de octubre, cinco días antes, 25 cancilleres americanos habían resuelto recomendar negociaciones para que Bolivia obtenga “una conexión territorial, libre y soberana con el océano Pacífico”. En el entonces hotel Sheraton de La Paz (hoy Radisson), en homenaje a la naciente democracia boliviana y en nítido repudio al régimen de Pinochet, la OEA enarbolaba como suya la causa marítima boliviana, mientras que Chile reaccionaba con visible mal humor ante la resolución.

La rabia chilena iba a tener corta vida. Para vergüenza del país anfitrión, los cancilleres visitantes tuvieron que subir al aeropuerto escoltados por los tanques. El gobierno democrático que habían respaldado con tanto cariño estaba siendo derribado. Desde Santiago vino la burla fulminante para subrayar que en Bolivia no hay un interlocutor válido para negociar nada. Detrás de las barricadas, el pueblo se encargaría de devolver el poder a los civiles, pero ya el agravio estaba consumado.

Los golpistas. Los datos recogidos sobre el cuartelazo revelan que la salida de las tropas fue adelantada, porque el presidente Guevara había empezado a desmontar la conjura. Los rumores sobre la conspiración estaban desde hace semanas sobre el escritorio presidencial y fue Guevara en persona quien convocó a Natusch para pedirle que cesara los preparativos.

A sólo cuatro días de la acción militar, el coronel desmintió públicamente el “ruido de sables”, pero Guevara no se quedó con los brazos cruzados y dispuso el cambio del comandante del regimiento Ingavi, uno de los golpistas. Natusch —cuenta Bedregal— había minimizado la importancia del relevo, pero al parecer los demás conspiradores de uniforme actuaban por cuenta propia y decidieron anticipar el golpe antes de que Guevara terminara de desmantelar los mandos sediciosos.

El doctor Paz. El gabinete de Natusch fue posesionado al amparo de las hileras de tanques, que ocupaban la plaza Murillo. Once de los quince ministros eran civiles, entre ellos, tres del MNR, cinco del MNRI y tres independientes. La pregunta más insistente en las primeras horas del día era si el derrocamiento de Guevara contaba con la venia del doctor Víctor Paz, jefe del MNR.

Como es natural, Bedregal emplea varias páginas de su libro para afirmar que sus acciones eran respaldadas por Paz. Éste se habría reunido con Natusch no sólo para avalar la febril labor conspirativa de sus hombres, sino para recomendar que el golpe tuviera lugar a fines de noviembre después de que el parlamento, de mayoría movimientista, le hubiera retirado la confianza a Guevara. “Doctor, el movimiento se ha producido. No como inicialmente estaba previsto, pero yo cumplí mi parte, ahora le toca a usted”. Ésas habrían sido las palabras telefónicas de Natusch, ya instalado en el Palacio en la mañana del 1 de noviembre. Desde el otro lado de la línea, Paz le habría prometido respaldar el alzamiento.

Horas después, siempre según Bedregal, el jefe del MNR habría recibido una severa advertencia del embajador norteamericano en La Paz. Desde la Casa Blanca, el experimento sólo obtendría repudio.

Raudo, el comité político nacional del MNR se reunió para evaluar los sucesos. Allí, Paz habría dejado a Natusch en la estacada. Al salir, Bedregal le habría preguntado: “Jefe, entonces todo este trabajo de meses, todos los compromisos y desvelos, ¿son un error?”. La respuesta de Paz: “No doctor, el objetivo de fregar a Guevara lo hemos cumplido”. En efecto, semanas después, Guevara era reemplazado por Lydia Gueiler.

Pero, ¿para qué fregar a Guevara?  Las razones aparecen en el libro de Bedregal, pero también en el de Ana María Romero de Campero (Ni Todos ni tan Santos, 1996), quien fuera ministra de aquel gabinete depuesto por los tanques. Ella cuenta que un Bedregal febril y autosuficiente buscaba en 1979 la entrega de varios ministerios al MNR. Sin embargo, Guevara optó por gobernar con personas sin militancia. Al parecer, el MNR exigía respaldo gubernamental en los comicios venideros, los de 1980, pero el Presidente no era fácil de subordinar. En 1989, fue el acompañante de fórmula de Gonzalo Sánchez de Lozada, pero esa ya es otra historia.

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