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La ultraderecha que se viene en Europa

Tres son las tendencias de la ultraderecha   europea. Unos no maquillan su discurso neonazi. Otros enfocan sus críticas a la pérdida de soberanía a causa de la integración europea y piden la salida de buena parte de la inmigración. Por último, otros enfatizan más las tesis  eurófobas.

La Razón (Edición Impresa) / Xavier Rius Sant

00:00 / 04 de mayo de 2014

El 30 de marzo fue el Frente Nacional de Marine Le Pen, el partido de ultraderecha, el que tuvo unos excelentes resultados en las elecciones municipales francesas. El 6 de abril fue en Hungría, donde el neonazi Jobbik consiguió el 21% de los votos en las legislativas. El Jobbik, a diferencia del Frente Nacional, no maquilla su discurso, es claramente antisemita y antigitano, y reivindica episodios e ideas del régimen nazi de la Cruz Flechada, responsable del exterminio de cientos de miles de judíos.

El ascenso electoral de los partidos xenófobos contamina en muchos países al resto de fuerzas políticas. Es el caso de Francia donde, antes Nicolas Sarkozy y ahora los mismos socialistas, han asumido implícitamente algunos elementos del discurso de la ultraderecha, proponiendo medidas condenadas al fracaso como la expulsión de gitanos rumanos o búlgaros. En Hungría el partido gobernante, el conservador Fidesz, de Viktor Orbán, no solo recorta las libertades y comparte con Jobbik algunas propuestas, sino que en nombre de una supuesta necesidad de renacer de la nación húngara y de recuperar su lugar en Europa, dio derecho al voto estas elecciones a las minorías húngaras de Serbia, Eslovaquia o Rumania. Medida que recuerda las ideas expansionistas de Hitler en Polonia o Checoslovaquia en defensa de un espacio vital.

El ascenso de estos dos partidos de ultraderecha es una confirmación de que, tal como anuncian las encuestas, la ultraderecha puede duplicar o triplicar sus escaños en las próximas elecciones europeas con un discurso contrario a la inmigración, reivindicando la recuperación del control de las fronteras nacionales, y proponiendo la salida del euro y la Unión Europea. Una Unión que se ideó tras la barbarie nazi, precisamente, para evitar nuevas guerras. Así, en 1951 se creó la Comunidad Económica del Carbón y del Acero que daría paso al Mercado Común, y más tarde a la Unión Europea. Una Unión en la que los estados cedían parte de su soberanía económica, monetaria y de fronteras, con unos ciudadanos amparados por la Carta de Derechos Fundamentales de la UE. Y tanto el Frente Nacional francés como el Jobbik húngaro, no solo cuestionan las libertades fundamentales que reconoce la Carta y desean recuperar el poder de gestión de la economía cedido a la UE, sino que proponen la salida de la misma, la recuperación de las fronteras y convierten en enemigos a los inmigrantes, sobre todo a los musulmanes y a los gitanos, señalándolos como una amenaza para Europa.

Ciertamente no todos los grupos de ultraderecha son iguales. Tres son las tendencias o familias de la ultraderecha europea. Unos, como el Jobbik húngaro o Amanecer Dorado de Grecia, no maquillan su discurso neonazi. Otros, como el Partido por la Libertad del holandés Geert Wilders o la misma Marine Le Pen, enfocan sus críticas a la pérdida de soberanía a causa de la integración europea y piden la salida de buena parte de la inmigración, rechazando con más énfasis la islámica. Por último, otros como el UKIP británico, enfatizan más las tesis eurófobas. Afortunadamente España será una excepción y parece que no habrá ninguna candidatura ultra que consiga escaño en Estrasburgo.

Plataforma X Catalunya, que obtuvo 67 concejales en 2011, no piensa presentarse y afronta una serie de avatares judiciales con relación a la reciente expulsión de su líder, Josep Anglada. Y las cinco candidaturas o coaliciones que se han presentado, La España en Marcha, Democracia Nacional, Falange de las JONS, Movimiento Social Republicano e Impulso Social, no ocultan una ideología franquista, ultracatólica o nacional-revolucionaria, con la que difícilmente conseguirán calar en el electorado. Y por más que en la lista de VOX haya candidatos de pasado ultra —como es el caso de Pablo Barranco, que fue secretario general de Plataforma per Catalunya—, dicha candidatura no puede equipararse a la ultraderecha europea, dado que no hace propuestas xenófobas ni eurófobas.

Es evidente que el Frente Nacional actual no es igual que el Jobbik húngaro o Amanecer Dorado, y Marine Le Pen ha querido dar una imagen de moderación distinta que la que ofreció su padre. Pero hasta hace un año el número tres del Frente Nacional, el eurodiputado Bruno Gollnisch, era presidente de la Alianza Europea de Movimientos Nacionales, de la que forma parte el Jobbik húngaro. Y sigue formando parte del Frente Nacional su fundador, Jean Marie Le Pen, que fue condenado en 2008 por minimizar el nazismo, en 1998 por negar la igualdad de las razas humanas y en 1989 por cuestionar la existencia de las cámaras de gas. Y gracias al liderazgo fuerte de su hija ha conseguido aglutinar a personas de ideas antisemitas con islamófobos que consideran a Israel el baluarte de Occidente.

Es una realidad que el espacio ciudadano y económico europeo no es actualmente como se soñó. Pero las propuestas de la ultraderecha eurófoba son inviables y acarrearían grandes costes económicos y comerciales a corto y mediano plazo. Es posible que la Unión Europea se precipitara al pactar el ingreso de Rumania y Bulgaria sin plantear previamente unas políticas de integración de sus comunidades gitanas que, tras la caída del comunismo, se convirtieron en el chivo expiatorio de sus incipientes democracias, retornando dichos ciudadanos a formas de vida endogámicas y a un nomadismo que, gracias a la libertad de circulación europea, multiplicó por diez la distancia geográfica en la que se movían sus antepasados. Pero una cosa es reconocer la problemática derivada del asentamiento de miles de gitanos rumanos en Francia, Italia o España, y otra hacer de ello bandera electoral, sin más propuestas que presionarlos para que se marchen de una ciudad y se instalen en otra a cuatro horas de autopista.

De la misma manera, una cosa es rechazar el papel de ciertos imanes salafistas, y discrepar de interpretaciones del islam contrarias a la interculturalidad y la laicidad, y, otra, la islamofobia étnica que criminaliza a millones de personas por su origen y les empuja a encerrarse en el gueto como reacción a una sociedad que los estigmatiza o los criminaliza.

La cuestión que debe preocupar no es únicamente que en Francia el Frente Nacional haya ganado en 11 ciudades, sino que la derecha o la misma izquierda asuman parte de sus tesis. Manuel Valls, ahora primer ministro, destacó como ministro del Interior por las expulsiones de gitanos rumanos o kosovares, generando tormentas mediáticas que legitimaron su discurso de dureza, por más que dichas medidas sean poco o nada eficaces, si no van acompañadas de un pacto europeo para afrontar la situación de marginalidad de dichos colectivos.

El peligro de la Europa que se unió para evitar nuevas guerras y nuevos fascismos no vendrá únicamente de 35 o 50 eurodiputados ultras. El peligro es ese centro y esa izquierda desorientada que, dudosa de las herramientas y estrategias para dar un giro a las políticas económicas, asume parte de discurso de quienes añoran o proponen ideas o valores de quienes llevaron a Europa al totalitarismo y la guerra. Y asumiendo en parte dichas propuestas, hacen de ciertos colectivos el chivo expiatorio de problemáticas complejas.

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