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Achocalla presa de la dictadura: Fue cárcel en la época de Banzer

La Casa de Piedra y la capilla de San Martín, lugares de tortura, son ahora Monumento Histórico Cultural del país.

La Razón (Edición Impresa) / Gemma Candela

00:00 / 26 de enero de 2014

Ya había pasado la medianoche y Mirna Murillo Gamarra estaba acostada. Sintió que su casa, ubicada en la calle Francisco Bedregal, en el barrio paceño de Sopocachi, se iluminaba desde afuera. La puerta se abrió a culatazos y oyó a sus padres dirigirse a alguien preguntando a qué se debía el atropello.

Hombres armados le pedían que saliera. Su madre exigió que la dejaran vestirse, porque estaba en pijama. Ya afuera vio la cuadra llena de autos con reflectores. La metieron en un coche. Allí dentro estaba su hermano Gary, que era médico y hacía sus prácticas en unas minas. Había llegado unos días a la ciudad para hacer unos trámites en la Comibol. “¿Cómo a una mujer sola la van a apresar?”, se indignó la hermana menor, Kivie, de 19 años. Se puso su abrigo y se metió al vehículo para acompañar a Mirna, de 21 años. En casa quedaron los padres de los tres hermanos, Max Murillo y Aída Gamarra, y Yaï, la hija de Mirna, de apenas un año, con arresto domiciliario. Era 3 de marzo de 1972. Aún tendría que pasar casi un año y medio para que Mirna pudiera reencontrarse con Yaï pero no para volver a casa, sino para exiliarse a Francia.

Aquel día, Mirna no había ido a El Diario, donde había comenzado a hacer sus primeros trabajos periodísticos, porque tenía gripe. Pero aun así, salió de casa para ir a una peluquería de la avenida 6 de Agosto. “Eran las cinco de la tarde. Una de las peluqueras entra asustada y dice: ‘Acaban de perseguir a un muchacho, ha corrido todo El Prado y estaba con su pistola’”. “Un compañero”, pensó Mirna. “Y en la noche, si hubiera relacionado con la descripción, quizá habría tomado algún recurso”, comenta, pues su casa había servido de refugio para varios compañeros del Ejército de Liberación Nacional (ELN) de Bolivia, fundado por el Che Guevara.   

Tras la detención, los tres hermanos fueron conducidos a la Dirección de Operación Política (DOP), en la calle Comercio —donde hoy está el Palacio Legislativo—. Allí los separaron. A las mujeres las dejaron en unas dependencias en las que había otras chicas y les tomaron los datos. Un rato después, llamaron a Mirna y la llevaron a la Prefectura, ante el coronel Rafael Loayza, jefe de Inteligencia. Allí empezaron a llover las preguntas “a golpes, no esperaban ni respuestas”, recuerda la periodista. “Fue la primera vez que recibí un sopapo que me torció la cara”. Quien la golpeó fue Papi Álvarez, “un matón”. Y entonces, aunque en aquel momento no identificó su rostro, vio a un hombre de ojos azules y frente amplia: Klaus Barbie, exjefe de la Gestapo.

Mirna había cubierto, unos días antes, la rueda de prensa de la cazadora de nazis Beate Klarsfeld, quien pidió la extradición del Carnicero de Lyon.

Aquella madrugada, tras la sesión de “preguntas”, la joven fue devuelta a la celda donde estaba Kivie y otras mujeres, con un ojo ensangrentado, la nariz reventada y cojeando de una pierna. A la mañana siguiente, las hermanas fueron llevadas a Achocalla, a pocos kilómetros de La Paz. Allí, en la zona Villa Esperanza (hoy, San Martín) había uno de los campos de concentración utilizados durante la dictadura de Hugo Banzer (1971-1978).

Estaba compuesto por dos edificios: la Casa de Piedra, que era una antigua estación de ferrocarril, según el Informe: violación de los derechos humanos en Bolivia publicado en 1976, en la que tenían presos de distintos colores políticos. Más abajo, a unos 600 metros, había otras instalaciones: “varias casitas o habitaciones junto a una pequeña iglesia que posiblemente fue una antigua hacienda y hoy es granja perteneciente a la Policía. El campo de prisioneros de Achocalla se habilitó en la segunda semana de septiembre. Anteriormente había sido centro de torturas, lugar que luego cumplió ese mismo objetivo y fue centro donde se cometieron la mayor parte de los asesinatos de prisioneros” (sic). Primero fueron trasladados a este lugar presos políticos del Beni, concretamente de Riberalta y Trinidad. Luego, de otros departamentos. “Las casitas eran el centro de tortura y de asesinatos propiamente dicho”, señala el informe.

La celda de Inti

Una de las celdas de la hacienda había sido el último lugar donde estuvo con vida, aunque malherido, Guido Álvaro Peredo Leigue, conocido como Inti, integrante de la Guerrilla de Ñancahuazú. Allí murió el 9 de septiembre de 1969. Después, el espacio se convirtió en sala de ejecuciones. En una celda conjunta agonizó y fue torturado hasta la muerte, en mayo de 1972, otro integrante del ELN, Ivo Stambuck. De todo aquello solo queda en pie la capilla de San Martín y la Casa de Piedra, que ahora es parte de la Unidad Educativa Bethsabé Salmón. El 27 de noviembre de 2013, el Senado aprobó el proyecto de ley que declara Monumento Histórico Cultural del Estado Plurinacional de Bolivia a las dos edificaciones del municipio cercano a La Paz.

El antiguo comedor de la hacienda era la sala de interrogatorios. Sobre una mesa había una vela —el lugar no tenía electricidad— y un taquígrafo, recuerda Mirna, que fue llevada a este cuarto al llegar a Achocalla. Volvieron a empezar las preguntas acompañadas de golpes. “No habría la boca. Entonces, con un palo con un trapo sucio me forzaron y rompieron la dentadura”, cuenta la periodista. También varios huesos, la mandíbula inferior, dos costillas… “Y el oído”, le recuerda su hermana. Uno de los torturadores, conocido como Piqui Otero, le rompió el tímpano metiéndole un lápiz recién afilado en el oído izquierdo.

“Yo no sentía nada. Tal era la fuerza de sobrevivir”, asegura.

Tenía el cabello largo, del que la agarraban para estamparla contra la pared. Hacía fuerza con el cuello para tratar de mitigar la fuerza del golpe y por ello se le hinchó. “Era de ancho como su cara”, asegura Kivie. Mientras la interrogaban, otro de los torturadores, Gary Alarcón, tomaba impulso para patearle la espalda. “Yo estaba en la celda de al lado. Oía que decía con un hijo de voz: ‘No sé’”, explica Kivie, que escuchaba cada golpe.

Como no proporcionaba información alguna, la amenazaron con traer a su hermana. Sin embargo, el cuidador de su celda, el cabo Choquehuanca, al que ambas recuerdan como “muy correcto”, puso el candado a la puerta para evitar que la sacaran. Tras la golpiza, vendaron los ojos de Mirna y la trasladaron a La Paz. La llevaron alzada a una pequeña sala llena de armas en el Ministerio del Interior. “Ahí nomás me la rematan”, sentenció Loayza.

Kivie seguía en Achocalla. Choquehuanca le preguntó dónde vivían sus padres para avisarles de que las dos estaban presas. El policía se acercó hasta la calle Bedregal pero, al ver seguridad alrededor de la casa familiar, pidió a la casera del almacén de enfrente que convocara a Aída Gamarra. Ésta acudió a la tienda. Escondido tras el mostrador, el carabinero le contó el paradero de sus hijas y que Mirna, que estaba en el Ministerio del Interior, iba a ser asesinada. Aída regresó a casa, se puso el abrigo y, desafiando a los guardias, se fue al diario Presencia (en el que el padre Juan Quirós sacó un editorial titulado “¿Dónde está Mirna?”), a la radio de Raúl Salmón, Nueva América, y al Obispado, para dar a conocer la situación. “Creo que ésa es una de las causas por las que no he muerto”, opina Mirna. Entonces la trasladaron a una “casa de seguridad” en Villa Copacabana. Mario Gutiérrez, de Falange Socialista Boliviana, y el propio Hugo Banzer acudieron hasta allá. “Así que es usted la Lolo...”, le dijo el primero, refiriéndose a su alias como miembro del ELN.

Turnos de tortura

De nuevo la trasladaron a Achocalla. Ese mismo mes (mayo del 72), Lisímaco Gutiérrez y Pedro Morant fueron detenidos cuando intentaban cruzar la frontera. Los llevaron a Oruro y, de ahí, al Ministerio del Interior, donde sufrieron las primeras torturas. Eran miembros del ELN. Finalmente, los trasladaron a Villa Esperanza. Al primero lo dejaron agonizando en la capilla de San Martín, recuerda la periodista. A Morant lo ubicaron en la que fue la celda de Inti.

“No decía nada”, asegura. Le pegaban con palos y con candelabros de la ermita por turnos: de 10.00 a 12.00, de 15.00 a 16.00, y a partir de las 21.00. A veces, los matones se marchaban a las tres de la madrugada. Así aguantó el estudiante de 23 años durante ocho días.

“Recuerdo esa noche del 24 (de mayo)”, cuenta Mirna. Fue la última en que torturaron a Morant, que era como un hermano para ella. Alrededor de las seis de la mañana se marcharon los torturadores. “Están dejando la celda abierta”, les hizo notar el portero. “No, ése ya no se levanta”, le respondieron. Desde la rendija de su celda, la reportera lo vio entrar al cubículo y volver a salir empalidecido. Se fue y retornó con unas plantas aromáticas y velas, que colocó en la pieza. A mediodía llegó un vehículo con un “cajón rústico blanco”. Mirna oyó cómo colocaban clavos y vio cómo se llevaban el ataúd.

Tres días después, ella fue llevada al mismo cuarto. “Es mi turno”, pensó. Asegura que allí había más sangre de la que puede tener un cuerpo humano (alrededor de cinco litros en un adulto). Las paredes y la payasa estaban impregnadas. Sin embargo, no corrió la misma suerte que otros presos de Villa Esperanza que murieron entre mayo y junio de 1972, como fueron Nicolás Dorsa, Enrique Ortega, Jorge Helguero, Rainer Ipsen Cárdenas y Óscar Pérez.

Mirna pasó temporadas encerrada en la hacienda pero, cuando traían nuevas presas y el edificio estaba lleno, la subían a la Casa de Piedra. Para aquel fatídico mes del 72 ya hacía semanas que su hermana había sido llevado de vuelta a La Paz, a instalaciones del DOP y  también a una casa en San Pedro y al Ministerio del Interior. En junio le comunicaron que se exiliaría a México pero sus padres solicitaron la libertad condicional. Aún así, en 1973, se marcharía a Francia durante dos años.

Mirna estaba incomunicada del resto de presos. Por eso, cuando a finales de abril o principios de mayo del 72 se abrió la puerta de su celda y el vigilante le dijo: “Le he traído una presa. Usted va a ser responsable de ella”, se alegró. Era María Victoria Fernández, una joven de Huanuni que había emigrado a La Paz con su familia y cuyo “delito” era tener dibujos del Che en su cuaderno del colegio. Estaba embarazada de cinco meses y había recibido palizas en el Ministerio del Interior. Compartieron una payasa en el cuarto de la hacienda. Una semana después, ambas fueron traspasadas a la exestación ferroviaria y Vicky comenzó a sentir dolores. Durante horas, las dos pidieron la ayuda de un médico. Finalmente apareció un vehículo que trasladó a la embarazada a La Paz. El bebé nació muerto.

Presos versus tiras

A veces, las mujeres hacían sesiones de espiritismo con ouija, a las que incluso se acercaban a preguntar los tiras (policías). Y es que la relación entre presos y guardias era inevitable. Los hombres de la Casa de Piedra y sus vigilantes tenían por costumbre jugar fútbol. Los encarcelados propusieron competir el 1 de mayo pero con una condición: que sacaran al sol a la presa incomunicada (Mirna llevaba cuatro meses sin contacto con otros reos). A pesar de las reticencias, los vigilantes finalmente pensaron que nadie se enteraría. Fueron a buscarla a las nueve de la mañana del Día de los Trabajadores con una silla, porque seguía sin poder caminar, y la dejaron sobre un cerro. Los reclusos la nombraron madrina. Antes del mediodía, apareció personal del Ministerio del Interior llevando más presos políticos con Guido Benavides, uno de los miembros del sistema represivo de la dictadura. Los jugadores se esfumaron. Los mismos reclusos pusieron los candados en las puertas de sus celdas, recuerda Vicky. “Ya no tuvieron tiempo de bajarme”, ríe Mirna.

“¡Échese!”, le dijeron los carabineros. Le pusieron ramas por encima y, más tarde, la devolvieron a la celda.

Tiempo después, Mirna compartió celda con otra mujer, Mirna Castrillo. Los policías hablaban sobre la aparición de los fantasmas de algunos ejecutados, como Roberto Alvarado y Pedro Morant. Ellas guardaron algunas latas de conserva, consiguieron una pita y, aprovechando las salidas al “baño” (que era el campo), recogieron palos. Una noche sacaron por una rendija de la ventana sus latas atadas a las cuerdas y, sujetándolas por los maderos, las hicieron chocar contra la fachada susurrando: “¡Uuuuuh...!”, cuenta la periodista entre risas con Vicky, Kivie, su hija Yaï y Nila Heredia, otra de las encarceladas en Achocalla. Los que montaban guardia se refugiaron en sus cuartos. Vicky asegura que las historias sobre los espíritus del campo de concentración se quedaron en el pueblo.

Más de 40 personas murieron allí, resalta Nila. Aunque buena parte de lo que fue prisión fue destruida por el propio Banzer y había proyectos municipales de echar abajo la Casa de Piedra para ampliar la escuela, ahora lo que queda de aquello es el monumento nacional. Una fotografía del muro de una de las celdas que ya no existen inmortalizó una frase escrita por alguna persona privada de libertad: “Mi cuerpo está preso, mis ideas están libres”.

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