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Adoptando a mi abuelito

La nostalgia es el perfume diario en los pasillos del Hogar María Esther Quevedo, donde el tiempo parece detenerse a momentos.

Coleccionista. Juan Ordóñez guarda todo su universo en su habitación, tiene innumerables discos de música y películas. Ingresar a su espacio es descubrir su vida. Fue adoptado por Laura Machicado Siles.  Foto: Wara Vargas

Coleccionista. Juan Ordóñez guarda todo su universo en su habitación, tiene innumerables discos de música y películas. Ingresar a su espacio es descubrir su vida. Fue adoptado por Laura Machicado Siles. Foto: Wara Vargas

La Razón (Edición Impresa) / Wara Vargas

00:00 / 23 de agosto de 2015

La nostalgia es el perfume diario en los pasillos del Hogar María Esther Quevedo, donde el tiempo parece detenerse a momentos. Allí se albergan adultos mayores que quedaron sin la protección de una familia, lo cual suele sumirlos en infinita pena. Pero esa tristeza ha encontrado su paliativo en la campaña de adopción que lleva a cabo esta institución, pues ahora estos señores aciagos pueden tener una familia que los visite para brindarles eso que se convierte en una necesidad: amor.

Los recuerdos de los abuelos de una vida familiar son constantes en sus charlas, el hogar se ha vuelto su refugio y sus compañeros su querida progenie. Una vida doméstica que, como cualquier otra, guarda sus pequeñas peleas e historias de viejas rencillas entre ellos. Sus sentimientos se amplifican por la edad y la soledad, los recuerdos hacen llorar a unas cuantas abuelas, mientras que ellos son más irónicos y juguetones acerca de su vida.

Las historias que allí se hilvanan son muy variadas, pero todas terminan donde nacen: con ellos solos, sentados y sentadas en ese gran espacio que los rodea. En el hogar cada uno tiene su propia habitación, donde guardan los objetos que cuidan con mucho recelo, entre ellos peluches, discos y fotografías que hablan de su vida y que se convierten en sus recuerdos más preciados. Viven sin pensar en el tiempo y cuando uno empieza a hablar con ellos, pueden transportarlo hacia otros momentos escuchando sus historias.

“Adoptando a mi Abuelito” es una campaña que fue lanzada en octubre de 2014 por el Servicio Departamental de Gestión Social (Sedeges). La iniciativa busca que los adultos mayores que viven en los hogares públicos María Esther Quevedo y Rosaura Campos, puedan ser adoptados para recibir visitas de gente que no sea necesariamente un familiar.

De acuerdo al marco de la Ley 369 aprobada por decreto supremo 1807, el 26 de agosto se conmemora el Día de las Personas Adultas Mayores en Bolivia. La Unidad de Análisis de Políticas Sociales y Económicas (UPADE) del Ministerio de Planificación del Desarrollo elaboró un estudio dado a conocer el año 2012, que señala que los adultos mayores de 60 y más años representaban el 31.3%. El trabajo determinó que solamente el 10.7% de la población entre 60 a 64 años goza de una pensión jubilatoria.

Dentro del programa del Sedeges, el compromiso que hace una persona para visitar a su abuelito y brindarle un poco de compañía con no exige horarios, solo cuando el adoptante disponga. Tampoco se pide ningún tipo de ayuda económica para el abuelo. El programa ha sido lanzado el pasado año en la gestión de Agustina Quispe y continúa vigente con la premisa de brindar compañía y regocijo a estos señores. Lo que se pide en los centros es que se asuma la adopción y no se abandone al beneficiado.

Esta campaña solidaria sigue este 2015 a la espera de gente responsable que pueda adoptar a un abuelito para atenuar su soledad. Es una forma de devolverle a estas personas mayores aquello que recibimos cuando somos niños: amor, cariño, protección y un poco de compañía. Por ellos. Pero también por nosotros.

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