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Adrián Maceda. En el nido de un devoto

El dibujante y caricaturista que firma como by Maceda tiene un tesoro en su taller: colecciones completas de historietas clásicas.

La Razón / Mabel Franco

00:00 / 17 de febrero de 2013

De dónde le vendrá a Adrián Maceda Suárez el afán de guardarlo “todo”? Él no lo sabe. Pero está dispuesto a defender esa pasión de los críticos —entre ellos, su esposa— y seguir reciclando, por ejemplo, cabos de lápices, añadiéndoles el duro cilindro de un cohetillo de fuegos artificiales usado. Bien tajados, colocados en un portalápices (hecho del fondo de una botella de plástico), los objetos llaman con fuerza a escribir con ellos.

Claro que Maceda, artista del dibujo, arranca a las minas figuras con las que, una vez terminadas con tinta, ha llenado en más de medio siglo cientos de páginas en diarios nacionales.

Maceda, cuya firma by Maceda dio inicio en el país a la caricatura en el área de deportes, tiene 73 años de edad. Vecino del sector de La Paz conocido como Segundo Crucero, se podría decir que vive cerca del nido de cóndores: para llegar a su vivienda hay que subir y subir una cuesta llena de curvas. Una vez en la casa, que dice haber construido gracias a sus dibujos, bajar y bajar hasta un sótano: su nido, valga la paradoja.

En muebles de maderas recicladas, que ha montado él mismo, hay papel y más papel. Maceda se mueve de una columna a otra y saca revistas, periódicos, fotocopiados enmarcados en carpetas de cartones reciclados —”los que vienen con las tortas, superresistentes”— y quien le sigue apenas alcanza a abrir la boca y enarcar las cejas por la sorpresa. ¡Hay tesoros en el sótano del dibujante!

¿Cuántas horas de lectura placentera encerrará la colección —las colecciones— del amante de la historieta y de la gráfica?

Patoruzito, el Dr. Mortis, Rip Kirby, Asterix, ¡El Eternauta!, Can Can, La página de Quino, Condorito, El Rayo Rojo, Fontanarrosa, Billiken... En muchos casos, la colección completa, desde el número 1, reunidos con la paciencia de un devoto.

 Maceda dice haber nacido en Oruro, pero que de muy niño fue trasladado a La Paz, de manera que paceño es. En el colegio, era el que tenía los cuadernos más lindos, con dibujos hechos con esmero. Llegada la hora de elegir ocupación, la familia le apoyó y le envió a Buenos Aires, en cuya Escuela Panamericana de Arte y Diseño estudió durante cuatro años (1961-1964). “La escuela era lo máximo. Por ella pasó Hugo Pratt, aunque yo no me lo crucé. De vez en cuando leo que un dibujante local dice que estuvo allí; pero yo sé que no es cierto, qué va a haber ido. Allí se aprendía a dibujar, nada de computadoras”, dice quien se aferra a la idea de artista que él vio forjarse en esos años 60.

 Su primer trabajo, apenas retornó a La Paz, fue en la revista deportiva Panorama (1964). Allí empezó una carrera que le iba a llevar por casi todos los periódicos paceños, variados suplementos, revistas y productos dirigidos a variado público.

Sólo para citar algunos datos que él ha cuantificado, dígase que tiene 90 mil trabajos publicados en el género de la caricatura política (en La Calle, Segunda República, Hoy, Primera Plana, Jeringa, Adán, El garrote, Chuflay, Humor a todo color) y 1.500 caricaturas deportivas (Hoy, La Razón, Última Hora). A ello habrá que sumar las ilustraciones en suplementos culturales,  infantiles (Vitrinita, Recreo) y de humor (Ulupica, Chuflay). Hay que rematar con un “entre otros”, pues la enumeración de todo, entre colaboración, fundación, dirección y otras responsabilidades, llenaría todo este espacio.  

Hoy, jubilado, su lápiz sigue funcionando. Ilustra productos que en Santa Cruz de la Sierra se venden en el día de los enamorados y otras fechas en las que amerita enviar saludos. Que extraña el ritmo de una redacción, seguramente que sí. Por ello, temprano en la mañana baja a su espacio, su taller, para hacer sus bosquejos mientras en una vieja radio suenan las noticias. Almuerza y retoma el trabajo que deja solamente cuando el reloj da las 18.00. “Aquí vivo”.

“Un caricaturista tiene que estar al tanto de la actualidad”, comenta y entonces es que uno deja de hojear las revistas y repara en el televisor ubicado cerca de la mesa de dibujo. Es un aparato de perilla, en blanco y negro, que él ha reciclado. No funciona por sí solo, sino con ayuda de un reproductor de DVD que, encendido, ayuda a captar la señal televisiva. “Lo recuperé del depósito. Mi esposa me llama tacaño, pero no es eso”.

Y no debe serlo, pues entre las reliquias de Maceda figura su libro de lectura de primero de Primaria, “con el que mi padre me tomaba controles con terrible rigor”, un golpe por cada error. El texto, una edición para Bolivia hecha en Argentina, se yergue en los estantes junto a otros libros, enciclopedias y suplementos de diarios (completos, están Tendencias y Escape, productos de La Razón, así como Linterna y otras secciones culturales de diarios desaparecidos, como Presencia).

“Ya estoy viejo”, explica su cabeza blanca que, sugiere, bien podríamos “teñir” en las fotos que se van a publicar. Tiene nietas, una de las cuales es “mi terror”. Inquieta y traviesa, hábil con el lápiz que usa sobre cualquier superficie y/o papel, “¿se imagina lo que haría si llega a entrar a mi estudio?”. Por si acaso, el abuelo ha pegado una enorme mosca de plástico en la puerta de ingreso que, por ahora, mantiene alejada a la niña.

Maceda, dueño de buen humor y de movimientos ágiles, explica su lucidez física y mental por el juego con la pelota, En su casa hay una cancha de paleta que le tuvo como hábil jugador.

Poder mostrar a unos extraños sus colecciones —sobre cuyo destino, una vez que él ya no esté para cuidarlos, no quiere hablar, pese a que se le pregunte varias veces— parece surtir un efecto estimulante en el ilustrador. Porque sólo así —entre “almas gemelas” deslumbradas con sus tesoros— se entiende que hable, de pronto, de un hecho doloroso que ha marcado su vida. Hace muchos años, revela, uno de sus hijos, apenas un bebé de cuatro meses, fue raptado. Alguien lo arrebató de las manos de la empleada que lo cuidaba. “Lo busqué por todas partes; nunca lo recuperamos”. Hoy, ese hijo tendría 33 años.

Adrián Maceda se sacude la tristeza y sonríe nuevamente al recordar que guarda una obra original del artista potosino Walter Solón Romero. “Es un grabado original que saqué de un basurero”, lo alisa como acariciándolo.

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