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Agonía de Venecia, la bella poco a poco se vuelve parque temático

Cada día, desde la ventana de su taller de restauración de muebles antiguos, junto al Ponte dei Barcalori, al lado del teatro de La Fenice, Bruno Rizzato escucha a los gondoleros repetir una y otra vez que en el palacio de enfrente vivió Wolfgang Amadeus Mozart durante el carnaval de 1771, cuando solo tenía 15 años. Los turistas asienten y disparan sus cámaras fotográficas ante una placa de mármol blanco que, desde 1971, recuerda al “muchacho salzburgués” que convirtió la música en “purísima poesía”.

La Razón (Edición Impresa) / Pablo Ordaz, El País

00:00 / 10 de agosto de 2014

Cada día, desde la ventana de su taller de restauración de muebles antiguos, junto al Ponte dei Barcalori, al lado del teatro de La Fenice, Bruno Rizzato escucha a los gondoleros repetir una y otra vez que en el palacio de enfrente vivió Wolfgang Amadeus Mozart durante el carnaval de 1771, cuando solo tenía 15 años. Los turistas asienten y disparan sus cámaras fotográficas ante una placa de mármol blanco que, desde 1971, recuerda al “muchacho salzburgués” que convirtió la música en “purísima poesía”.

— Pues es mentira. Se trata de un falso histórico. En realidad fue aquí donde vivió Mozart. Si no me cree, vaya al conservatorio. Allí se guardan aún las cartas que su padre le escribió a esta dirección. Pero las autoridades, tal vez porque se equivocaron o quizás porque aquel edificio es más bonito, colocaron allí enfrente la placa con motivo del bicentenario. El caso es que los periódicos publicaron el error, pero, como es natural tratándose de Italia, allí se quedó la placa y aquí sigo yo, escuchando cada día, una y otra vez, la mentira repetida en todos los idiomas. Otra más de las mentiras en que se ha convertido Venecia.

Bruno Rizzato es el último de una estirpe de restauradores venecianos que se remonta a 1880. Se sabe una especie en extinción. No tanto por su oficio de restaurador de antigüedades —“aunque ahora la gente prefiere los muebles de Ikea, todo blanco y cristal”—, sino por su linaje veneciano. “La explotación salvaje del turismo de masas”, sostiene, “le ha robado el alma a la ciudad. En la zona de Rialto, hace 30 o 30 años, vivían venecianos que vendían a otros venecianos el pan, la verdura, el pescado, y talleres donde se ofrecía artesanía auténtica —collares de cristal de Murano, máscaras hechas a mano según las enseñanzas de padres y abuelos— a viajeros que sabían lo que compraban y lo que debían pagar por ello. Aquella Venecia ya no existe. No sabe cuánto lo siento, pero ha llegado usted 40 años tarde. Todos aquellos negocios fueron cerrando y en su lugar abrieron tiendas de bisutería para el turismo. Venecia se ha convertido en Disneylandia. Un parque temático donde unos chinos venden a otros chinos máscaras venecianas fabricadas en China”.

Es un discurso amargo, resignado, que atraviesa los 455 puentes que unen entre sí las 118 islas de una ciudad que, a mediados del siglo pasado, contaba con 174.000 residentes y que ahora apenas llega a los 57.000. Son los últimos mohicanos del amor incondicional a la belleza, ahora sitiada, de Venecia. Sus nuevos dueños, un ruidoso ejército formado por 24 millones de turistas al año, marchan de la mañana a la tarde desde el puente de Rialto a la plaza de San Marcos agrupados detrás de un banderín —o de un paraguas abierto, o de un osito de peluche, o de un bastón desplegable con un moño rojo en la punta—, con el tiempo imprescindible para tomar unas cuantas fotografías, comprar una máscara auténticamente falsa y regresar deprisa y corriendo a la nave o al autobús que les aguarda al otro lado del resbaladizo puente de Calatrava. Algunos operadores incluyen en el circuito turístico un “inolvidable paseo en góndola por los canales”.

Se pueden observar entonces filas interminables de turistas —de preferencia asiáticos— que van embarcando en las góndolas del atracadero de Bacino Orseolo, justo a la espalda de San Marcos, sin apenas descanso, como si se subieran a un carrito de la noria o a una de esas atracciones que sortean cataratas artificiales en los parques acuáticos. Al pasar por enfrente del taller de restauración de Bruno Rizzato, el gondolero de turno les señalará una lápida de mármol y les dirá:— En este palacio de aquí pasó unos días el joven Mozart…

Los venecianos sitúan el principio de su propio fin en las inundaciones del 4 de noviembre de 1966. Los puntos más bajos de la ciudad quedaron sepultados bajo metro y medio de agua. Unas 160.000 viviendas —situadas en las primeras plantas de palacios centenarios— fueron consideradas inhabitables. Muchos de los que se tuvieron que marchar de Venecia —“hacia tierra firme”, dicen aquí— lo hicieron pensando que era temporal. La mayoría nunca regresó. Desde entonces hasta ahora, Venecia ha perdido a la mitad de sus habitantes, pero nadie culpa del éxodo al acqua alta —las mareas que siguen anegando las partes bajas de la ciudad decenas de veces al año—, sino a la de- sidia de quienes, desde los despachos oficiales, tendrían que haber velado porque los venecianos regresasen para que la ciudad no perdiese su identidad. Un rótulo luminoso colocado en el escaparate de la farmacia Morelli, junto al puente de Rialto, ofrece diariamente el parte de bajas de una guerra perdida. La última cifra, rojo neón sobre negro futuro, es de 56.683.

— ¿Usted cree que Venecia puede morir?

— Venecia ya está muerta.

Tiziana Terzi habla con conocimiento de causa. Es la dueña de la funeraria Pavanello, en el distrito de Cannaregio, una de las zonas más bellas de Venecia y menos golpeada por el turismo de aluvión. “Digo que está muerta”, se explica Tiziana, “porque ya no existe la verdadera Venecia. Los oficios, los negocios, los artesanos, los vecinos que se ayudaban entre sí en una ciudad bellísima, tal vez la más bella de todas, pero también incómoda, sobre todo para los mayores. Antes, bajabas de tu casa y no hacía falta cruzar más de dos puentes para encontrar la panadería, la frutería, el carnicero. Cualquiera ayudaba a la abuela del segundo piso a subir la compra en una ciudad sin ascensores. Ahora eso ya no es posible porque vivimos entre extranjeros. El turismo desbocado ha matado el ecosistema de la ciudad. Cada vez que un anciano muere, también se muere un poco más Venecia, porque su lugar no será ocupado por un veneciano joven, sino por un turista”.

Hay dos datos que avalan la amargura de Tiziana Terzi. Cada año, un promedio de 1.000 venecianos abandonan la laguna y se marchan a vivir a las ciudades dormitorio, entre las que Mestre (170.000 habitantes) es la que absorbe más población. El otro dato es más representativo: en los últimos años, más de 700 apartamentos del centro histórico han sido transformados en pensiones con desayuno.  

“Muchos esperan a que se muera la abuela para alquilar la casa o convertirla en bed and breakfast; los venecianos somos una especie cada vez más rara en nuestra propia ciudad”, asegura Michele Gottardi, profesor de Historia en la Universidad Ca’ Foscari. “La gente escapa porque los únicos trabajos que ofrece la ciudad son de recepcionistas, camareros o para hacer la limpieza en los hoteles”, añade Bruno Fillippini, asesor municipal sobre políticas de residencia, “mientras que hace unas décadas eran los artesanos del mármol, la piedra, el oro o el bronce los que sostenían la economía de Venecia”. El sonido del trabajo ha sido sustituido por el de una maleta de ruedas sobre los puentes. Ese es su nuevo himno. La fuente de su riqueza y, al mismo tiempo, la canción de su derrota.

Una peligrosa arma de dos filos que pende también sobre otras ciudades italianas. El país de la belleza —la Unesco tiene declarados 52 lugares de Italia como patrimonio de la humanidad; le siguen España con 44 y Francia con 42— no acierta a gestionar de forma adecuada los flujos del turismo. Es suficiente con darse un paseo por las dos ciudades más visitadas de Italia, Roma y Venecia, para descubrir que sus respectivos Ayuntamientos no saben o no pueden —o no pueden porque no saben— responder a un desafío que la proliferación de cruceros y de vuelos de bajo coste ha disparado en los últimos años.

Patrimonios atestados

Si Roma en demasiados momentos del día es la ciudad del desgobierno —transportes públicos que no funcionan, papeleras que rebosan, policías municipales que observan impasibles cómo las fuentes de Bernini son convertidas en piscinas, camareros que persiguen a los potenciales clientes armados con la carta del menú—, la ciudad de los canales se le acerca ya peligrosamente. “El problema añadido para Venecia”, advierte Susanna Bressan, “es su fragilidad. Es una ciudad delicada, de cristal. Y este turismo masivo, alocado, este turismo de muerde y huye, está destruyendo la ciudad sin que nuestros gobernantes hagan nada por impedirlo”.

Hablar con Susanna Bressan en el interior de su taller de disfraces y de vestuario, proveedor de teatros y óperas de todo el mundo, es sumergirse en un pasado esplendoroso, preludio de un presente que pudo ser y no es. “El problema de esta ciudad no es el turismo ni los turistas”, intenta poner el dedo en la llaga, “sino el tipo de turismo y la respuesta que nuestros gobernantes son capaces de dar. La ausencia de itinerarios precisos, de un circuito cultural que alguna vez se intentó y fracasó, de una educación ciudadana que empieza por poner papeleras en las calles, nos ha llevado a encontrarnos con lo que tenemos ahora: un turismo que, después de una semana de recorrer Italia, puede decir que ha estado en Roma, en Florencia y en Venecia, pero que en realidad no ha sentido nada del perfume, del espíritu que las ciudades, pueden representar. Nos quejamos del turismo, pero ¿qué le ofrecemos?”.

María es italiana, pero hace de guía por toda Italia de una excursión de estadounidenses que acaban de llegar en autobús a la ciudad. Se desgañita para que su ya cascada voz se sobreponga a la del guía ruso que, a escasos centímetros, también tiene agrupada a su grey bajo la sombra diagonal de la torre. No son los únicos. A ojo de buen cubero, son más de una docena las excursiones organizadas que trabajosamente se abren paso entre una multitud acosada a su vez por vendedores de comida para las palomas, sombrillas chinas para el sol y juguetes para los críos. Los vendedores de bolsos de imitación aguardan tras los soportales.

Dice con burla John, uno de los turistas del grupo de María, que viajar así requiere cierta práctica: “Hay que hacer varias cosas al mismo tiempo. Entender lo que te están explicando, hacer fotos sin que, en vez del monumento, salga todo el grupo detrás, y poner atención para no perder de vista a la guía”. Un estrés. “Sí, eso, un estrés. Es muy bonito todo, pero hay tanto que ver y tenemos tanta prisa que apenas lo disfrutas”. ¿Pero no están de vacaciones? “Sí, pero hay vacaciones para descansar y otras para ver cosas. No hemos venido desde EEUU para tumbarnos en una playa. Hay que ver todo lo que se pueda y estirar el dinero. Antes solo viajaban ricos, ahora afortunadamente podemos hacerlo casi todos”.

Al otro lado de la ciudad, a Tiziana Terzi se la llevan los diablos. “¿Los ha visto usted?”, se pregunta sin esperar respuesta en una funeraria plagada de fotos submarinas, “¿se ha dado cuenta de que estamos invadidos? Y no es cuestión de riqueza, sino de actitud. Se bajan del avión o del barco y se enchufan a la moda del Google Maps. Van de un lado a otro de una ciudad que es un museo, en la que es una joya cada puerta, cada picaporte, como si fueran zombis, solo pendientes de su teléfono”.

Ferruccio della Pietà no comparte la amargura de Tiziana. Es de los pocos que parecen encantados con la deriva turística. Tal vez porque Ferruccio encarna el arquetipo del gondolero. Guapo, bronceado, ni joven ni viejo, una mueca fija de donjuán y unas gafas de sol de montura azul y cristal de espejo colocadas a modo de diadema. Dice que, hasta hace 20 años, la única forma de ser gondolero era teniendo enchufe. “Había que ser hijo, sobrino o hermano de un gondolero con influencia”. ¿Y ahora?, le pregunto. “Ahora, también”, responde con picardía para, cambiando el gesto, añadir que desde 1993 funciona una escuela de gondoleros por la que hay que pasar antes de estrenar el polo de franjas horizontales. ¿A ustedes les preocupa el turismo masivo? “Ni mucho menos. Al revés. La góndola veneciana es un producto único en el mundo. Y para la gente, por poco dinero que maneje, resultaría triste pasar por Venecia sin subir a una góndola. ¿Cómo le vas a quitar a un niño, o a una novia, esa ilusión? Prefieren tomarse un mal bocadillo que privarse de la góndola”.

Lo verdaderamente auténtico

Durante la conversación, unos turistas revolotean alrededor de su embarcación, que se balancea junto al puente de Rialto. Ferruccio se acerca. No necesita más de un golpe de vista para saber qué idioma hablan y de qué pie cojean. “Lo más difícil de este trabajo”, admite, “es tratar con los desconfiados”. Una de las mayores preocupaciones de muchos turistas al viajar a Italia es la posibilidad de ser timados. Hay sablazos míticos que ya han pasado a la historia, aunque no está claro si en el capítulo de la picaresca o directamente en el del crimen. “Por eso”, zanja el gondolero Della Pietà, “nosotros ponemos en cada estación los precios del paseo.

Desde 80 euros (106 dólares) el recorrido básico a lo que cada uno quiera o pueda pagarse. Pero no se crea todo lo que le digan, esta ciudad sigue siendo hermosa a pesar de todo”.

Aunque el ánimo ya decaído haya sufrido un golpe tras la detención del alcalde —acusado de desviar fondos de la construcción del sistema de compuertas para librar a la ciudad de las mareas—, los venecianos son conscientes de que, todavía, poseen casi en exclusiva dos momentos mágicos. “El alba y el ocaso”, dice Bruno Rizzato, y su sonrisa ilumina los 19 metros cuadrados de su taller de reparación de muebles antiguos: “Yo siempre les doy el mismo consejo a los turistas, pocos, que entran en el taller y pierden el tiempo hablando conmigo. Les digo: no compréis esas máscaras falsas, no compréis nada en esas tiendas donde todo es mentira. Pero levantaos al amanecer o esperad al atardecer y disfrutad de la ciudad antes de que llegue la invasión de turistas o cuando ya se hayan ido. Solo entonces podréis encontrar, por algunos instantes, el rastro maravilloso de la verdadera Venecia”.

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