Escape

Aguas mimosas: Cascadas ecoturísticas en Bonito

La Amazonía brasileña muestra experiencias inolvidables en un paisaje paradisíaco.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández

00:00 / 14 de junio de 2015

Ha llegado el momento de vencer el vértigo y saltar desde una plataforma a cinco metros del río, a los pies de una de las cascadas de la estancia Mimosa, propiedad ecoturística que ofrece experiencias inolvidables en la Amazonía brasileña. Al subir las gradas de madera tan solo se escucha el sonido que producen los botines de goma, los gritos de los compañeros de viaje y el corazón que late con más fuerza. Se siente que se puede lograr lo que nunca se había hecho.

Uno, dos, tres pasos hacia las últimas tablas que llevan a la orilla del andén. En ese instante viene a la mente una leyenda de la región, que indica que debajo de esas aguas se encuentra una serpiente gigante que saldrá a la superficie y acabará con la humanidad si es que no se cuida la naturaleza. Cuando Nilson Prieto, que se encarga de guiar a los turistas, se sitúa en un costado del río para ayudar al aventurero, parece llegar el momento culmen del viaje, demostrarse a sí mismo y a los demás que se puede vencer a uno de los cuatro elementos: el agua.

Entonces, el guía levanta el dedo pulgar como señal para saltar desde lo alto, y los recuerdos, las dudas, las preocupaciones, los temores y la leyenda del reptil se entremezclan en la cabeza, en una eternidad de pensamientos que, paradójicamente, dura unos segundos. El río en esta parte tiene una profundidad de seis metros, así es que existe la posibilidad de que la serpiente gigantesca de la leyenda esté esperando abajo. De repente, ya se está en el aire, entre el andén y el río, con el agua esperando por uno. Y una vez sumergido se desconoce cuántos metros se ha entrado, solo queda emerger y salir a flote.

Al sacar la cabeza, la vista continúa nublada por el líquido elemento, mientras el guía espera para ayudar con un salvavidas. Se siente una gran satisfacción por disfrutar la emoción que solo brinda la naturaleza. Es por ello que se repite la experiencia, una y otra vez, entre los emocionados visitantes.

Esta peripecia se desarrolla en la estancia Mimosa, a 26 kilómetros de Bonito, municipio brasileño del estado de Mato Grosso do Sul, conocido en el mundo por sus sitios de turismo ecológico. Mimosa ofrece al visitante paseos en caballos por la selva y observación de la gran variedad de aves amazónicas. No obstante, la mayor atracción es la caminata a través de siete cachoeiras (cascadas), que sigue la huella de miles de años de recorrido de las aguas del caudaloso río Mimoso.

Hace 40 años, esta hacienda, ubicada al sureste de Bolivia, se dedicaba de manera exclusiva a la extracción de madera y a la crianza de ganado, hasta que en abril de 1998 cambió de propietario y se abrió a la visita de turistas a estos parajes. Después de varios años de trabajo y posicionamiento en el público dentro y fuera de Brasil, Mimosa se dedica ahora únicamente al turismo ecológico, es decir que es un área que conserva el medio ambiente y protege la fauna y flora de la región, con la generación de 18 empleos directos.

En esta ocasión, el grupo que hace el recorrido está compuesto por periodistas de medios de comunicación bolivianos, quienes fueron transportados por la aerolínea Amaszonas, empresa que pretende mostrar la nueva ruta entre Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) y Campo Grande, el único vuelo internacional hacia la capital del estado Mato Grosso do Sul (Brasil), para promover el intercambio turístico entre ambos países, con la novedad de que el boleto promocional, ida y vuelta, tiene un costo de 236 dólares.

La caminata para llegar a las cascadas puede durar tres horas y media, dependiendo de la rapidez de los turistas, pero la tentación de sacar fotos a todo hace que la experiencia se alargue aún más. Cuando se llega a la primera cachoeira, la vista es simplemente insuperable, pues se observan las postales que suelen aparecer en los almanaques o en los salvapantallas de las computadoras. Pero solo es un episodio dentro del encanto amazónico.

La excursión se desarrolla a través de un sendero limpio, rodeado de árboles centenarios y  el sonido de aves y simios de fondo. Entre bajadas y subidas por puentes y gradas de madera extensos y bien cuidados, no se siente el cansancio, aunque sí la humedad y el calor. En cada una de las cataratas hay miradores para descansar y sacar fotografías.

Nilson también aprovecha para contar algunos detalles del recorrido, como que se pueden encontrar londras (nutrias) y yacarés, aunque en este último caso es  improbable debido a la caída de las aguas y su brusco desnivel de cauce.

La leyenda del curandero

Entre las varias paradas se puede ver un panel de madera que describe la leyenda de Sinhozinho, una historia que se remonta a 1944, cuando este hombre de barba y cabellos largos apareció en la región de Bonito. Sinhozinho era conocido como el curandero que hacía milagros, que solo usaba cenizas y agua para sanar a los enfermos. Se cuenta que se comunicaba mediante señas y que vivía en la caverna de una de las cascadas, tal vez la que en ese momento se está visitando.  

El mito añade que en la parte subterránea de la región se encuentra una gran serpiente, que un día saldrá y pondrá fin a todo, si el ser humano no cuida la naturaleza.  Es por ello que Sinhozinho, durante sus viajes, dejó varias cruces de madera para mantener al reptil debajo de la tierra. Su trabajo como curandero generó la envidia de los comerciantes de medicamentos, quienes lo hicieron arrestar, hasta que un día desapareció y no dejó rastro. Se cuenta que Sinhozinho fue asesinado y descuartizado, y que los miembros de su cuerpo fueron arrojados en los ríos de la región, lo que explica —dicen— el agua cristalina de los afluentes de Bonito.

Los habitantes aseguran que aún se conservan las cruces que el hombre dejó en tierras surmatogrossenses.  Luego de cruzar varios puentes y miradores, Nilson invita a entrar al agua, que está fría, probablemente porque es mayo y es tiempo de otoño, o tal vez porque estos lugares se encuentran cubiertos de una vegetación espesa. No importa, no se puede perder la experiencia de pasar por debajo de las cachoeiras y sentir la fuerza de la corriente, que brinda un masaje natural en el cuerpo. En algunos casos, las cascadas esconden cuevas desde donde cuelgan estalactitas que forjaron las gotas durante miles de años.

Cuando la comitiva de visitantes arriba a la Cascada de los Deseos, el guía señala que detrás existe una caverna donde hay una formación rocosa a la que se puede pedir deseos. Cuesta llegar a esta parte, debido a que parece que la fuerza de la naturaleza quiere impedir que se consiga el objetivo. Cuando se está a punto de cesar en el intento, las aguas se abren y dan pie a la formación rocosa. Al ingresar en la caverna, en la parte superior aparece una formación fálica, a la que se pide lo que más se anhela en la vida.

El regreso a la hacienda es mucho más tranquilo, en un bote que se mueve por un río apacible, con la vista del bosque que guarda fauna y leyendas, y con los restos del curandero Sinhozinho que hicieron estas aguas cristalinas. Para descansar y alimentarse, la estancia Mimosa ofrece otra experiencia distinta.

Dentro de una estructura rústica de madera y con techo de teja, el comedor tiene en el centro una cocina de cemento que se calienta con leña. Al lado derecho, de un tubo de madera sale agua límpida que pasa por un pequeño canal que termina en un pozo.  Años atrás, los anteriores dueños lavaban la vajilla en este lugar después de cada comida. Ahora, la cocina de leña y el agua que corre debajo de los recipientes de las verduras proporcionan un sabor especial a los alimentos.

Intercambio

Detrás del mostrador de recuerdos, Paola Oliva reconoce el portuñol de los visitantes. Es cuando ella cuenta su historia en su perfecto español de Cali, Colombia.

Llegó en diciembre del año pasado mediante un intercambio para ayudar en la parte contable de la hacienda, pues es economista.

“Tuve dos mesesitos para adaptarme bien, porque cuesta acostumbrar el oído y entender”, comenta, y explica que la mayoría de los visitantes son brasileños, aunque también hay paraguayos, bolivianos y muy pocos colombianos. A finales de este mes termina su estadía en Mimosa, pero la caleña tiene como retos saltar desde la plataforma de cinco metros, recorrer toda la hacienda y quedarse en el país que le ha dado tantas alegrías.

La tarde es perfecta para la siesta, que es aprovechada por algunos para descansar en las hamacas, o para charlar en una de las mesas artesanales. Es también el tiempo en que un yacaré disfruta los rayos del sol en la orilla de la laguna, separado de los visitantes por una cerca de madera.

Uno de los guías cuenta que el lagarto se llama Tony, un animal que parece estar sonriendo, pero que genera temor por los dientes que sobresalen de su gran hocico. Cuando uno de los visitantes consulta cómo se llaman los otros nueve yacarés, el anfitrión responde: “Todos se llaman Tony”, y empieza a gritar: “Tooooony, Tooooony”. En ese momento, un grupo de reptiles se acerca a la orilla.

Una foto con uno de los Tonys en la orilla de la laguna, una charla amena con la colombiana Paola, una comida rústica cocida en un horno de leña, una caminata de casi cuatro horas por la selva amazónica, la vista de las cascadas y el reto a la naturaleza desde cinco metros de altura resumen una jornada intensa.

Todas estas experiencias se pueden vivir a pocas horas de Bolivia, en una estancia que apostó por abrir sus puertas para mostrar la vida rural brasileña y el turismo ecológico, en un lugar que permitió disfrutar, parafraseando una canción de Tom Jobim, las “águas de maio”.

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