Escape

Agustín Alonso

Desde pequeño tuvo claro que su ceguera no le iba a cerrar puertas. Amante del charango, él mismo lo fabrica, lo toca y lo vende en su tienda de La Paz, un espacio con energía positiva. Soldado del arte.

La Razón (Edición Impresa) / Isabel Gracia

00:00 / 30 de marzo de 2014

Agustín Alonso se considera un soldado del arte. “Siempre estoy preparado y alerta para demostrar mi pasión por la música”. En un rincón de la galería El Pueblito, en la calle Linares del centro paceño, su tienda especializada en charangos pasa desapercibida para los transeúntes. “Antes estaba en la Sagárnaga, pero me vine aquí porque hay una energía positiva. Aunque la gente no compre nada, siempre se lleva una palabra o un aprendizaje”.

Ciego de nacimiento, Agustín comenzó a vender instrumentos musicales en 1998, aunque su relación con el charango viene de mucho antes. “Ya lo escuchaba desde el vientre de mi mamá”. Su primer contacto físico con el instrumento al que ha dedicado su vida lo tuvo en casa de sus abuelos cuando era niño. “Eran fabricantes de charangos. Lo que más me impresionaba era la variedad. Bolivia es la cuna del charango, hay un sinfín de ellos”.

La tienda de Agustín es un universo de colores y texturas. De las paredes cuelgan charangos de todas las especies, pero también guitarras, mandolinas y flautas hechas por él en muchos casos. Domina el espacio y sabe a la perfección qué lugar ocupa cada instrumento y de qué material está hecho. “Ese de allá —señala— es de calabaza, es un regalo de la naturaleza”. Un ábaco sencillo le ayuda en las ventas y unos altavoces le narran películas las tardes que no hay clientela.

Agustín recuerda con nostalgia sus años en el colegio Lindemann de Obrajes y concretamente a su profesora Josefina “la rubia”. Allí le enseñaron dos máximas en su vida: el sistema braille y a tocar el charango. “Era el único colegio que en los años 70 ya tenía la que ahora llaman educación integral.

Éramos 40 alumnos en clase y tres ciegos”.  Su sueño de convertirse en un gran artista comenzó a forjarse y abandonó la escuela en segundo medio para abrirse un hueco en el mundo del charango. “Nos íbamos a las minas a tocar cuando los mineros terminaban su jornada o cuando descansaban los fines de semana”.  

Agustín siempre habla en plural para referirse a su más fiel compañero, el charango, que le acompaña allá a donde vaya. “Hemos tenido la oportunidad de tocar en casi todas las ciudades del país e incluso fuera, en Perú y Argentina”.  Su sueño es que un día las butacas de un gran teatro europeo sean testigos de su talento. “En la vida hay que soñar completo. A veces la gente piensa que con alcanzar una meta ya basta. Para mí no hay límites”.

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