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Hasta ahurita

 “Manuel es así, así como sus canciones. Un rayo de sol herido por un beso de luna: algo imposible, pero existente”. (Matilde Casazola)

La Razón (Edición Impresa) / El papirri

00:00 / 06 de julio de 2014

He decidido acordarme porque me estoy olvidando. Por ahí le sirve a algún  musicólogo loco francés o a algún melómano de Sopocachi. Deseo compartir este recuerdito de mi primer disco Hasta Ahurita, grabado en 1984 para el sello Discolandia. Era para mí toda una gloria que el único sello de la época haya aceptado mis primeras canciones, al entrar al estudio ubicado en el hotel Presidente del centro paceño me temblaban las rodillas, más aún por la cara de asco de don Lucindo Gómez, el histórico técnico de Discolandia que con su pucho eterno grababa en  carretes monumentales. Con poca paciencia me señaló el micrófono y refunfuñó que tenía que poner un instrumento encima de otro. Era la época del Movimiento de la Nueva Canción Boliviana, la democracia nuevita estaba sonriente, los trovadores cubanos llenaban el Teatro al Aire Libre, el destierro garciamecista había dejado huellas duras en el alma.

La canción que dio título al disco nació de una gran decepción, antes del golpe estaba sórdidamente enamorado de una hermosa niña bien que había sido Miss Colegio Militar, era demasiado linda para mi flacura y tristeza, pero se entusiasmó con mi guitarra. Un día de esos, mi papá la vio de la mano con un gil de terno y corbata,  muy triste,  me pasó el dato. Entonces llegó la inspirashon, compuse una tonada al estilo trova que se la canté moqueando a don Pedro, el revistero de la esquina del cine 6 de Agosto. Al terminarla de entonar con penoso vibrato, don Pedro me dijo que era una huevada: “Tienes que hacerla con más ñeq’e pues, para que la desgraciada se acuerde de ti for ever”, afirmó en paceño. Desanimado subí a mi cuartito y  transforme la balada  en un huayño furibundo: “Cuando me traicionaste vidita, sin cerveza sentí mareo, y apretando mis tres dientes, fui peleando contra el viento”. El estribillo de bar impresionó a don Pedro y también al poeta Lorito Orihuela, o sea, estaba bien, che. Decía: “Hasta ahora no entiendo, hasta ahurita no engrano, porque agujero de tu alma, se fue chorreando mi amor”. Tenía su dosis surreal, y un aire de k’alampeado que nos hizo zapatear estos últimos 34 años con sendas versiones incluso de roqueros nacionales como el Grillo Villegas y el Adrián Barrenechea. Volviendo a la grabación, necesitaba pues un charanguista, el zampoñista doctor Álex Sánchez Bustamante  trajo a un flaquito con cara de cordero degollado y pelitos parados que ingresó al estudio de grabación con su quirquinchito y le cascó limpio, en una sola toma: el cuasi adolescente era lo que iba a ser Donato Espinoza.

Cómo no acordarme de Hoy es domingo, compuesta también en el 80,  dedicada a mi madre adoptiva la Hilariashon, que tuvo un pionero video clip realizado por Cecilia Quiroga. Y del Llokallito moko tendido pata pila puntero derecho, que inauguraría mi búsqueda plurinacional en texto y música, la recuerdo cantando mediante una riesgosa versión de charango y voz entre Litto Nebbia y Leo Masliah, en el Circo Voador de Río de Janeiro, ante 2.000 cariocas en bermuda, la única que me la pide actualmente es mi esposa.

Hay una canción compuesta en el destierro mexicano, ha debido ser por 1982, estaba absolutamente enamorado de una joven bailarina boliviana que estudiaba danza contemporánea en la UNAM, era una morena con ojeras de balcones y paso de ganso tierno. Prácticamente vivíamos en mi cuartito de empleada, en la terraza del Soviet de Tasqueña. En lo mejor del amor, una tarde me lanza que su enamorado titular llegaba al día siguiente de Bolivia y que necesitaba un poco de oxígeno. Al borde del suicidio, me aferré otra vez a la trova y nació una balada intensa que decía: “Donde pongo ahora tanto amor pendiente, el que nació tan sorprendido por tus ojooos”…La canción Donde (no sé) la seguí cantando en mis conciertos más íntimos. En el destierro nació también Señora Gorda, dedicada a mi dueña de casa que me cobraba la renta con puntualidad japonesa y que años después, tuvo una interesante versión en la voz de Emma Junaro. Las olvidadas: La plantita, dedicada a la revolución Sandinista; La villa obrera; Las locas de mayo, chacarera militante; La sonrisa, que me suministró el amor de mi ex. Y una que encontré recién en YouTube de la manera más extraña, se llama Mi compañera, parece que la canción conmueve a una adolescente argentina en pleno siglo XXI.

La tapa del LP cuenta en sus méritos con el dibujo sensible de Alejandro Salazar y la contratapa con una bella presentación de mi madrina, la gran artista boliviana Matilde Casazola, que dice entre otras cosas preciosas: “Manuel es así, así como sus canciones. Un rayo de sol herido por un beso de luna: algo imposible, pero existente”. Éstas fueron las canciones de Hasta Ahurita, un disco que ya planteaba la famosa interculturalidad  con la participación musical de Óscar García en el cuatro, Nico Suárez en el piano, Willy Velarde en el Chelo, Donato en el charango, Jenny Cárdenas en la voz, Álex Sánchez en la zampoña, René Saavedra en contrabajo, el Gringo Oroza, violinista de la sinfónica tratando de  conseguir, angustiado,  la síncopa de la chacarera. Arqueología pura, che, pa’ques decir.

El papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta.

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