Escape

Aires de Navidad

Historias con varios colores.

La Razón (Edición impresa)

00:00 / 23 de diciembre de 2012

Qué decir de la Navidad. Cómo decirlo. Qué suerte que hay un grupo de ilustradores a los que acudir, con la certeza de que ahorrarán palabras a la hora de abordar una fiesta en la que se mezclan los sentimientos más diversos.  

A unos pocos de ese grupo creativo, cada vez más grande, acudió Escape y el resultado son estas páginas en las que la paradoja se hace evidente. Porque la mirada crítica que echan dibujantes como Alejandro Salazar (Al-Azar, dos veces premio nacional de Periodismo en la categoría caricatura política), Alejandro Archondo (Arxondo) y Marco Antonio Guzmán (Marco Tóxico) hallan su correlato en la obra maravillosamente naif de Marcelo Fabián (Clandestinatix). Palabras aparte merece Susana Villegas, que se explaya con una historieta nada complaciente.

Y están, para hacer el equilibrio, las palabras, la memoria de la gente. Hemos visitado hogares de ancianos, de niños, de jóvenes, de seres en los que la Navidad podría, a primera vista —si uno se atiene sólo a la lecturas de una fiesta comercializada, deshumanizada— resultar una paradoja. Pero los testimonios hablan de otros sentimientos posibles, sobre todo de esperanza, que es lo que en definitiva parece dar sentido al nacimiento del Niño Jesús.

El Hogar Tres Soles, para niños  de ambos sexos, que se encuentra en Quillacollo, no sólo celebra, sino que se involucra en la vida de la comunidad. Los chicos, dirigidos por Stefan Gurtner, usan el teatro para dar vida a la lectura del Evangelio. La Casa Esperanza para niños y jóvenes de la Fundación Arco Iris, que funciona en Villa Copacabana (La Paz), da una familia a personas de 6 a 18 años.  En el asilo Quevedo, la gente vive también de sus recuerdos. Y los funcionarios municipales disfrutan sintiéndose como Papá Noel, que entonces sí existe. (M. Franco, G. Candela)

La Navidad de los años 40 en la Vivienda Obrera

A sus 69 años, Zenón Mamani es uno de los alojados en la residencia del adulto mayor María Esther Quevedo, en el centro de La Paz. Sólo tiene abierto un ojo, azul claro. Al preguntarle sobre la Navidad, su memoria se remonta hasta los recuerdos de la infancia, cuando él y su familia vivían en el barrio Vivienda Obrera (zona oeste). Entonces, de Papá Noel se escuchaban historias, pero él no llegaba hasta aquella zona. Allí, los regalos para los niños que se portaban bien llegaban de otra forma. “Había que poner algo pelado —una papa, una zanahoria— bajo la cama. Si se había sido bueno, al día siguiente había un regalo”.

Las madres disfrazaban a sus hijos con faldas y capas hechas de aguayo, y con plumas de gallina en la cabeza. “Bailábamos de chunchitos”. En grupo, iban cantando villancicos. No tenían panderetas, sino chullu chullus que hacían los pequeños con chapas de botellas de refresco y cerveza, que luego aplanaban con un martillo de boca redonda. “Los más listos se acercaban a los rieles, colocaban sus chapas y, cuando pasaba el tren, las dejaba planas”. Luego las ensartaban en un alambre y los hacían sonar junto con tambores, organillos y un palo con el que golpeaban el suelo.

Iban a cantar para que les invitaran api con buñuelos. A veces, la gente les regalaba unos centavos. Luego los mayores tomaban ponche y los niños, con sus aguayos y plumas, cansados de estar cantando durante horas, se dormían en el sofá. Aún recuerda una frase que dijo su mamá, señalando a los niños amodorrados: “¡Los borrachos se duermen!”. Ella entonces no sabía que su hijo caería en el alcoholismo, del que ya ha logrado salir.

Una metralleta y un tambor fueron los dos regalos que la papa pelada dejó a Zenón a lo largo de su infancia. Ahora, si pudiera, pediría una reconciliación con su hijo.

Una cena compartida en el albergueUn galpón de la terminal de bus de La Paz se transforma, desde hace tres navidades, en albergue temporal para las personas del norte de Potosí que llegan a la urbe en estas fechas.

El 23 de diciembre del año pasado, el director de la Unidad Brazo Social de la Alcaldía, Martín Rengel; el responsable del Área de Riesgos, José Luis Gálvez; y la psicopedagoga que dirige el centro, Janet Herrera, prepararon junto a otros compañeros una cena sorpresa para los huéspedes temporales.

Una compañera ofreció usar su horno de pan, en El Alto, para preparar pollo asado. “Hemos cocinado todos. (Incluso) los chicos, que generalmente no hacemos esas cosas”, relata José Luis. A las 19.00 tenían todo listo, pero El Alto era una trancadera gigante. Al cabo de un rato Janet, desesperada, se salió del auto y se puso a dirigir el tráfico para poder avanzar.

Un rato después, llegaron al albergue. “El hecho de recibir una sonrisa, un ‘gracias’, que le empiecen a brillar los ojos a las personas… es muy emotivo. Y no solamente comieron ellos, nosotros también nos servimos y confraternizamos”, hace notar Luis.

En enero, como despedida, las mujeres decidieron preparar algo, explica, Martín. “De entre sus bolsas han sacado latas de sardina. Ellas han dicho: ‘Ustedes nos han dado lo necesario, nos han dado cariño, alimentación, cobijo… Ahora nosotras queremos preparar una comida para ustedes’. ¡Ha sido la comida más deliciosa!”.

Un hermano mayor y un chef profesional

En el comedor de la Casa Esperanza, las luces del arbolito navideño parpadean desde temprano en la mañana. Tanto como las que rodean la mesa con el pesebre todavía sin Niño Jesús, pero que luce festivo por las letras de colores y estrellas que han elaborado los propios chicos guiados por el profesor de artes.

Joel, Manuel, Adalid, Christian, Beimar, Orlando, Martín, Héctor, José Bautista, Williams, José Luis… Hay más de 40 muchachos en este hogar que puede recibir a 70. El P.  José María Neuenhofer, colaborado por gente como Cristobal Bobka y un ejército de personas desde los más variados roles, hace lo posible para que esos niños se sientan queridos. Quién puede saber lo que cada pequeña persona con una gran historia de dolor a cuestas siente día a día. Pero en la Casa Esperanza se los ve jugando, charlando entre ellos, riendo.

Junto a la mesa llena de imágenes de vacas, ovejas,  José, María y los reyes magos, Fidel, a punto de cumplir la mayoría de edad, recuerda su primera Navidad.  

Un sobreviviente

“Yo tenía nueve años y vivía en un pueblo del norte de Potosí con mi abuelito. Mi mamá había fallecido y a mi papá casi no lo veía”. Ese padre llegó un día y se llevó al niño. “Me echó alcohol y me quemó”, cuenta como si ya no le doliera. Se quedó días encerrado en un cuarto, curándose él solo. Hasta que alguien lo rescató y lo llevó a un hospital. Pasó por varios de ellos, hasta llegar a La Paz. Aquí, le propusieron llevarlo a un hogar y entre varios nombres, mencionaron el de Arco Iris. “Recordé los que veía en el cielo y sin pensarlo, dije ‘ése’”. La Navidad, con él todavía en recuperación, “con un gorrito para protegerme” fue “hermosa: armamos el Nacimiento, a medianoche pusimos al Niño; vino gente disfrazada de Papá Noel, nos dieron regalos, comimos picana, jugamos, charlamos”.

Fidel es el mejor estudiante del colegio y ha terminado de formarse como chef internacional, destaca el “papá”, el responsable de la casa, Martín Correa. El joven, buen futbolista también, tiene los dientes blancos que luce a menudo, pues sonríe siempre. Se dice feliz y siente que va a extrañar su casa, su dormitorio, a sus hermanos (tiene decenas); por eso, quiere aprovechar esta Navidad, que quizás sea la última como miembro de Esperanza. “Sé que Dios me trajo aquí; le rezo, así como a mi mamá”, mira de frente Fidel y vuelve a deslumbrar con su sonrisa

Los más nuevos, los más chiquitos

Manuel es chiquito y tiene enormes ojos oscuros y pecas en la nariz. Tantas veces le han dicho que es lindo, que responde “lo sé” al halago. Es tímido, pero no rehúye la charla y, como ya el año pasado estaba en la Casa Esperanza, sabe que la Navidad es una fiesta. “Vemos tele hasta tarde, comemos panetón, picana; hay muchas actividades”, enumera con su suave voz. Él, sin embargo, es de los que no espera la medianoche, pues le da sueño. El 25 sale del dormitorio y descubre sus juguetes.

Martín, en cambio, que pasará su segunda Navidad con “mis hermanos”, no duerme. Intenta, dice, despertar a los dormilones, pero ya ha descubierto que no es tarea fácil. En 2011 recibió un auto y un juego de ajedrez. No recuerda otras navidades, sólo dice que estuvo “en otros hogares” luego de haber dejado su Yungas natal. Es vivaz y ha encendido el entusiasmo de Kheny, que viene de El Alto. Hace poco que es parte de la familia Esperanza y ya cuenta los días para que “llegue el Niño Jesús”.

El Evangelio dramatizado

Son 25 navidades las que pasamos con los chicos en Tres Soles. Primero en El Alto (La Paz) y luego, desde hace casi 15 años, en Quillacollo (Cochabamba).

Nos vamos a la misa de la parroquia, la que se celebra a las 22.00, y participamos, con el grupo teatral Ojo Morado —que es parte de la comunidad de niños y jóvenes sin hogar o de familias de bajos recursos—, haciendo una lectura teatralizada del Evangelio.

Recuerdo, como algo muy lindo, el año en el que hablamos de la migración. María y José estaban de viaje a causa del censo ordenado por los romanos, de manera que quisimos enfatizar en esa condición de migrantes que tan de cerca toca a los bolivianos. Hay gente que deja su casa y llega a un lugar en el que no tiene alojamiento ni comida asegurados. Aquella vez, para la lectura, portamos maletas en las que estaba escrito: “Argentina”, “Italia”, “España”… Fue muy especial para todos, porque en la Nochebuena se siente más que nunca el vacío de los que no están.

Para este año, María y José, caracterizados como campesinos bolivianos, llegarán a un mercado y pedirán a las vendedoras que les dejen dormir entre los puestos. Buscamos siempre crear un puente hacia la actualidad. El nacimiento de Jesús es para nosotros un símbolo y queremos que la gente lo viva no como un cuento de hadas, sino como una realidad de hoy en día. El Niño es esperanza y nosotros trabajamos para recuperar ese sentimiento, que no tiene que ver con regalos ni panetones, tal como hemos hecho siempre con el Ojo Morado.

El regalo retrasado de los Nina Tindal

La familia Nina Tindal tiene seis miembros. Doña Lidia es, a sus 55 años, la madre y abuela que sostiene el hogar sumamente necesitado y que hoy recibe la ayuda de la Fundación Arco Iris. Junto a ella luchan por sobrevivir un hijo de 19 años, José Luis, y una hija de 12, Paola. Había otra hija más, pero se marchó abandonando a sus tres niños (los gemelos de siete años y un pequeño de cuatro).  

La Navidad trae muchos recuerdos a los Nina. Algunos lindos, pero muy tristes los otros, los recientes. Estos últimos pesan como lastre. Fue muy cerca de esta fiesta, hace dos años, cuando murió el esposo de doña Lidia. Y hace uno que su hija mayor le dejó a los niños, sus nietos, diciéndole que estaba yendo a comprar regalos, cuando en verdad no iba a volver más. Hoy, dice el informe de la trabajadora social de Arco Iris, Sandra Oporto, esa mamá vaga por las calles.

Este año, la familia ha armado un modesto árbol, con arreglos trabajados por los chicos. Ellos esperan que les regalen un panetón, dicen los mellizos Sergio Ovideo y Sergio Albaro

—este niño está muy enfermo y luego de operaciones gratuitas que se le ha hecho en Arco Iris, aún requiere de pañales y debe pasar una vez más por el quirófano—; pero lo que más quieren son los regalos que su mamá salió a comprar.

Doña Lidia se prepara para la Nochebuena pese a todo. Va a preparar un chocolate con buñuelos y se abrazarán todos antes de irse a dormir.

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