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Alexis Argüello

Desde el puesto 27 del pasaje Marina Núñez del Prado realiza proyectos para promover la lectoescritura, además de vender libros de ficción y de ciencias sociales y humanas. El ‘antologador de apócrifos’.

La Razón (Edición Impresa) / Mitsuko Shimose

00:00 / 16 de agosto de 2015

Un anaquel de 2 x 1,5 metros es el que acoge a Alexis Argüello, paceño de 29 años, y a sus más de 2.500 libros. Cada día, de 15.00 a 21.00, está en éste que por cinco años es su refugio no solo para vender, intercambiar o alquilar libros, sino también, y sobre todo, para leer, escribir y dar vida a su página Libros que desesperan, un catálogo virtual.

Sus ojos achinados y vivaces característicos de un “hombre coqueto”, como él se define, se esconden detrás de unas gafas extragrandes que enmarcan su rostro en consonancia con su cabellera lacia y suelta que le cae al hombro.

Profesional en turismo y librero por herencia, ya que sus padres solían vender libros para colegio en la feria 16 de Julio de El Alto, entiende su actual oficio como “antologador de apócrifos”. “Las antologías de un librero nunca ven la luz, pero resulta que éste se la pasa recomendando títulos, iluminando a otros”.

El ingreso que tiene por las ventas es intermitente, suele aumentar tras la primera semana de enviado su catálogo por vía virtual. Sus clientes potenciales, en su gran mayoría, son gente de colegio y de universidad que busca cosas específicas, por lo que el catálogo les es de mucha utilidad.

Entre sus títulos cuenta con verdaderas joyas como Visitante profundo, de Jaime Saenz y auto- grafiado por él mismo, la primera edición del libro de cuentos de José Donoso, firmado por él también, al igual que el de Adolfo Bioy Casares. Tiene otro de El paraíso perdido, de John Milton, ilustrado por Gustave Doré, con el sello seco de Fernando Díez de Medina. Sin embargo, el que más le cuesta soltar es el de Julio Díaz Arguedas, La guerra con el Paraguay, que perteneció a la biblioteca de Ismael Sotomayor y está autografiado por él.

La mayoría de las anécdotas que vive en su oficio las tiene en su serie Confesiones de un librero, publicaciones periódicas llenas del humor ácido que lo caracteriza y que se publican en las redes sociales.

Entre ellas figuran la visita de turistas que supuestamente llegan a comprar, pero luego solo se quedan a charlar; la filtración de agua en tiempo de lluvia en el stand que fue tapado por él con una especie de masilla plástica; y el stock que le dejó su amigo por un precio simbólico, stock que había pertenecido a su tío abuelo fallecido. En éste, lo que más resaltaba eran los manuscritos, como por ejemplo los que enviaban Víctor Paz Estenssoro y Hernán Siles Zuazo.  

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