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Alfredo Da Silva, el pintor acunado por el cerro rico

Hace 56 años que el artista potosino se subió a un tren para vivir del arte. Buenos Aires impulsó su carrera que ha germinado en EEUU.

La Razón / Mabel Franco

00:00 / 07 de abril de 2013

Con poco más de 20 años, Alfredo Silva Condori, de nombre artístico Alfredo Da Silva, salió de Bolivia. Era 1957 y el joven potosino se abría caminos que le llevarían por el mundo, para ya no retornar. Pintor y dibujante, la escultora Marina Núñez del Prado describió sus obras como abstracciones capaces de hacer pensar en Tiwanaku. Las halló con “toda la fuerza telúrica y la fuerza misteriosa de la naturaleza andina” y, concluyó, “por eso conmueven, porque se siente en el vigor de su cromatismo el cosmos americano”.

Hasta los 80, en Bolivia se habló de los logros del artista, de sus premios, sus exposiciones, hasta que se le fue perdiendo pisada. Da Silva sigue activo. Acaba de celebrar 78 años de edad y, al contacto de Escape, vía internet, respondió entusiasta a la entrevista —él y su hijo Lorenzo, que envió las fotos—. Sus respuestas están aquí a manera de un monólogo.

El origen. Nací en la famosa ciudad de Potosí, en 1935. Mis queridos padres fueron Napoleón Silva Rodríguez y Florencia Condori Silva. Llevo siempre en mi corazón los años de la infancia que mis padres me brindaron con todo su cariño.

Cuando tenía cuatro años, a menudo jugaba en el riachuelo que se encontraba a poca distancia de casa, lanzando pequeñas piedras en varias direcciones.

Mi madre tenía una tienda de mercaderías para vender a los trabajadores de las minas, la que se encontraba a media hora de distancia de nuestra casa. Mi padre trabajaba en las oficinas de la Corporación Minera de Bolivia. Nos mudamos a otra casa en el centro de la ciudad cuando cumplí nueve años. La tienda era más grande y más bonita. Realicé mis estudios de secundaria en el colegio Pichincha, en el que terminé el bachillerato.

Con mucha frecuencia visitaba iglesias, como la de San Benito y la de San Lorenzo, que poseen portadas talladas en piedra, una maravilla de diseño; hoy son consideradas monumentos históricos. También me gustaba visitar las lagunas en las faldas del Cerro Rico. El paisaje de los alrededores de la ciudad es fascinante; yo disfrutaba de caminar y apreciar las montañas de varios colores que cambiaban su tonalidad frecuentemente con la luz del maravilloso sol.

El arte. De mis hermanos mayores, Juvenal, Teresa y Hugo, este último estudió en la Academia de Bellas Artes de Potosí; le gustaba pintar paisajes y costumbres de los campesinos; tenía un estilo muy particular, de colores brillantes y dinámicos que dejaban emanar una inmensa felicidad. Él falleció hace un par de meses. Llevará mucho tiempo para que mi tristeza se transforme en paz espiritual. Y mis hermanos menores, el juez David y la médico Rosa; ambos pintan acuarelas.

En 1951 comencé estudios en Bellas Artes de Potosí, gracias al deseo y la influencia de mi hermano Hugo. Allí vi las obras maravillosas de Melchor Pérez de Holguín (Cochabamba 1660-Potosí 1732). En 1952 realicé la primera exposición individual en la Biblioteca Municipal de La Paz, donde conocí a la famosa escultora Marina Núñez del Prado, que visitó mi exposición. Muy emocionada, me felicitó. En el transcurso de los años, llegamos a cultivar una amistad muy especial. Marina realizó varias exposiciones en Nueva York, donde me obsequió una pequeña de sus esculturas en 1961.

Durante los años de mis estudios en la Academia conocí a muchos artistas argentinos, que visitaban la Villa Imperial. Me sugirieron ir a su país. En 1956 realicé la exposición de despedida en Potosí y en 1957 decidí viajar. Me fui en tren y expuse mis obras en Tucumán, Córdoba y Buenos Aires, con mucho éxito. En 1959 gané el primer premio para artistas extranjeros en el Salón Nacional de Pintura de Buenos Aires. En 1961 fui invitado por José Gómez Sicre, director de Arte de la Unión Panamericana en Washington DC, para una exposición individual; ese mismo año participé en la Bienal de San Pablo (Brasil).

Las etapas. Mis obras realizadas en Bolivia en 1952 tienen formas planas y muy simples y no se visualizan las dimensiones de espacio; los colores germinan en una tonalidad oscura de rojos, azules y sienas con toques de negro. En 1957, en Buenos Aires, mis creaciones se fortifican en forma, color y espacio, cada cuadro toma una dimensión de movimiento, color y forma dinámica. Mis obras realizadas en Nueva York se transforman en varias direcciones, las texturas adquieren una belleza espacial y los colores crean un espacio visual. En1964, mis creaciones toman una dimensión de textura táctil, creadas por el uso del yeso y el acrílico. En 1970 se transforman en tridimensionales, utilizo materiales plásticos y el yeso para intensificar la técnica mixta que, ya para los 2000, hace que mis creaciones culminen en todo aspecto de forma y color.

El no retorno. Me quedé en el extranjero, fundamentalmente por las oportunidades que germinaban en mi carrera artística, frecuentes exposiciones de mis obras en Francia, Italia, España y Estados Unidos. Lo que comenzó con la beca de la Unión Panamericana, siguió con la del instituto Pratt y, la mejor beca del mundo, la de la Fundación Guggenheim. El 8 de julio de 1995 recibí mis documentos de ciudadano estadounidense. Debo decir que ser boliviano, o de otra nacionalidad, merece en Estados Unidos que te ayuden en tu actividad profesional. Todas mis exposiciones fueron invitaciones de las galerías de arte que pagaban los gastos de transporte de mis obras.

La nostalgia. Extraño enormemente a mi querida familia, aunque gracias a Dios nos encontramos cada año y máximo cada dos. También añoro la vida simple, el calor afectivo de la gente del pueblo, caminar por las calles disfrutando de la belleza del ambiente. La mayoría de mis hermanos vive en Sucre, ciudad ideal para mí por su clima y la belleza de la ciudad.

Me encantaría exponer en el país, pero si no lo he hecho es, fundamentalmente, por el aspecto económico, los gastos del traslado de mis cuadros, la impresión de los catálogos y el seguro de transporte.  

Aquí, en Estados Unidos, continúo pintando acuarelas todos los días, unas cuatro horas en la mañana, y escucho música clásica, realizo mis caminatas por la antigua ciudad Old Town en Alexandria (Virginia) fundada en 1745, que está ubicada en las orillas del río Potomack. Y estoy muy agradecido por la oportunidad de que en Bolivia se conozca de mi actividad artística.

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