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Alma de Niño

El profesor Jaime Sanjinés cuenta los 48 años de su hijo Goyi, protagonista del suplemento educativo.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández Ríos

00:00 / 05 de julio de 2015

Goyi tiene entre ocho y diez años de edad, pese a que nació en 1967. “No es muy grande, no es muy joven, pero es hiperactivo y estudioso, es un maestro en miniatura con un coeficiente superior a los de su edad, porque sabe de todo”. Su creador es el profesor Jaime Sanjinés y define de esta manera al protagonista del suplemento educativo que está por cumplir medio centenar de años y que marcó a varias generaciones.

Con páginas que enseñan de manera muy didáctica y divertida las lecciones que se imparten en las escuelas, la publicación ha servido a los maestros para explicar sus clases y a los estudiantes para aprender con más facilidad, y de paso entretenerse con los juegos que allí se incluyen. “Me agrada volver a encontrarte, Goyi, de tanto tiempo. Mi papá siempre compraba tus ejemplares todos los jueves y aprendí mucho. Me encantaban los dibujos grandes y coloridos. También les sirvieron a mis hijas. Gracias por aceptarme como tu amiga, me siento feliz”, escribe Ana María González en el Buzón de Goyi que forma parte del suplemento. Ésta es una de las tantas muestras de agradecimiento al suplemento que se publica desde la década de los 60. Es un personaje que ha dejado huella y siguiendo esa pista dimos con la sede del taller donde trabaja su creador. En el primer piso de un edificio en la calle Colombia de La Paz, entre negocios de imprentas, fotocopiadoras, y por detrás de los cristales de una puerta de madera gastada, aparece el rostro de Goyi dibujado junto a la fotocopia de un recorte de periódico que muestra un reconocimiento a su creador por parte del ministro de Educación, Roberto Aguilar.

El niño G

De cabello negro abundante, ojos marrones, nariz respingada y una sonrisa que muestra felicidad, además de una polera con la letra G en el pecho, este niño ha marcado la vida de sus lectores, pero de manera especial la del maestro jubilado.

En el taller, don Jaimito, como le llaman sus alumnos y amigos, dibuja un círculo dentro de un gran óvalo y un triángulo al otro extremo. El resultado es un pez sonriente y de grandes ojos. Con saco café, camisa amarilla, corbata roja, una cachucha y lentes grandes, con la serenidad y paciencia de un maestro de arte, el “padre” de Goyi explica a sus alumnos allí presentes los elementos básicos del dibujo, desde las figuras geométricas hasta la profundidad de los ojos y los objetos. Es un maestro que enseña con paciencia y sabiduría, como aquel abuelo que siempre tiene algo que contar a los demás.

Entonces dice que Goyi tuvo su génesis en una escuela de Puerto Pérez, a orillas del lago Titicaca, donde el pequeño Jaime cursó la primaria y descubrió que su afición por el dibujo le iba a servir no solo para divertirse, sino también para obtener algunos réditos. “Nunca me dieron recreo, así es que me las arreglaba para conseguir algo. Como había niños que querían alguna figura, dibujaba para ellos y a cambio me daban una cuarta parte de marraqueta, a la que la portera le echaba leche condensada”, dice con una sonrisa picaresca.

Por aquellos tiempos, los heladeros recorrían las calles de la urbe con un carrito de madera que tenían un mostrador alto, donde pegaban figuras de superhéroes, como Superman o Batman, con el fin de atraer a los menores de edad. Esta situación también fue aprovechada por Jaime, quien dibujaba a los personajes en plena acción para que los heladeros colocaran sus figuras en el mostrador. A cambio, el estudiante recibía helados que compartía con sus amigos y, en algunos casos, un boliviano o 50 centavos.

Su padre era maestro, así es que su trabajo los llevaba de un lugar a otro. Después de haber impartido por un tiempo clases en el área rural, la familia volvió La Paz, donde el pequeño Jaime también empezó a dibujar cuadros para sus profesores a cambio de algún dinero.

En la década de los años 60, las revistas y los periódicos estaban “invadidos” por caricaturas de origen extranjero, como El Fantasma, Trucutú o Benitín y Eneas. Fue el tiempo en que Jaime había concluido sus estudios primarios para estudiar, igual que sus abuelos y bisabuelos, en el magisterio. Fue también la época en que creó a su hijo eterno y un día, con el temor de quien piensa dar el gran salto, el joven dibujante se presentó ante los directores del periódico Presencia para presentar las Aventuras de Goyi con una secuencia muy barrial. En aquella historieta, un grupo de amigos juega con su pelota de t’ejeta, pero cuando uno de ellos remata el balón, éste cae a una casa abandonada. Goyi trepa la pared, se apoya en un árbol y cae al suelo para recoger el balón. Pero descubre que en uno de los rincones hay un niño amarrado, quien al parecer fue secuestrado. “Ahí empieza toda la aventura”, dice Jaime para explicar que su protagonista nació como una especie de héroe nacional, lo que gustó a quienes dirigían Presencia. Entonces, Goyi salió a las calles el domingo 23 de abril de 1967.

Al finalizar la década de los 60, los estudios en el magisterio obligaron a que el novel profesor se decidiera por suspender la historieta y cumplir sus años de provincia en las minas Siglo XX y Catavi, en el departamento de Potosí. Durante aquel tiempo, Jaime escribió obras teatrales para niños, fomentó la pintura y organizó los desfiles por el Día del Mar y otros actos cívicos. Y en esa tarea se dio cuenta de que faltaban cuadros didácticos para el aprendizaje.

Pero el maestro necesitaba asumir retos mayores, por lo que abandonó los centros mineros y retornó a la sede de gobierno, donde en principio encontró trabajo en la fábrica de telas Said. Jaime pensaba que Goyi debía retornar a las calles, aunque esta vez ya no como un héroe que lucha contra los malhechores, sino como un niño que ayuda a los estudiantes en sus tareas del colegio. “Goyi ha salido a exigencia del estudiante. Cuando yo estaba en la escuela no teníamos ese apoyo, no conocíamos a nuestros héroes, como Juana Azurduy, el Moto Méndez o Cañoto”.

Fue así como preparó el nuevo suplemento educativo, que presentó a la dirección del periódico Hoy. Diseñó las páginas de tal manera, que cualquier maestro solo debía pegar el documento en la pizarra para impartir una clase didáctica, con poco texto y grandes dibujos.

Entonces, el nuevo suplemento Goyi se publicó el 22 de marzo de 1973, para recordar el Día del Mar, con un dibujo de Eduardo Abaroa en la tapa. Era jueves, día que se mantuvo por muchos años como tradición para la publicación del producto. “Fue un éxito. Los jueves llegábamos a un tiraje de 20.000 ejemplares vendidos; el único que competía con nosotros era el Hoy Deportivo de los lunes”. Goyi ya era conocido en todo el país con lecciones de Historia, Anatomía, Zoología y Botánica, entre otras ramas, a las que incorporaba manualidades, figuras para pintar y juegos.

Fue tal la llegada del suplemento que don Jaimito creó el Club de Goyi, desde donde organizaba campamentos, maratones y campeonatos de fulbito. “Víctor Agustín Ugarte (considerado el mejor futbolista boliviano) hacía el juramento a los deportistas en una cancha cerca de la avenida Armentia”. Para ese tiempo, Goyi había pasado a formar parte del periódico Última Hora, pero después de un corto tiempo retornó a Hoy hasta el cierre de aquel matutino y pasó a La Prensa con la misma frecuencia de salida. También fue impreso en formato de revista, en miniatura para la feria de Alasita y, como los primeros años, en formato de cómic, para recalar en el periódico Cambio, donde sigue publicándose actualmente.

“Es un hijo normal. Como es pequeño, siempre se sienta a mi lado y se pone a hablar; dentro de mi mente le pregunto qué podemos publicar. Entonces digo que este niño puede necesitar algo. Por ejemplo, Goyi es moderno, ya no quiere ponerse los zapatitos de antes, como las abarcas de llanta que yo me ponía, sino que maneja la computadora y navega en internet”.

A sus 74, don Jaimito anhela que continúen las aventuras del estudiante de 48 años. “Espero que alguien se haga cargo, porque Goyi no puede morir, tiene que continuar porque es niño, es el pilar de un pueblo, de la sociedad. Creo que va a haber alguien. Desde arriba, si es que me voy arriba, voy a estar conduciéndolos”, promete.

Jaime sigue mostrando el mundo de Goyi en la Feria Dominical de las Culturas en El Prado paceño, y en la semana se dedica  a dar clases de dibujo y pintura a “niños entre cinco y 99 años”. También está a punto de iniciar una de sus cátedras ante una audiencia de jóvenes que saben que su profesor tiene el alma de un niño.

Goyi Chacón

El nombre completo del protagonista del suplemento es Goyi Chacón. “Quería que fuese un nombre bien original, que no hubiera en ninguna otra parte”, cuenta el profesor Jaime Sanjinés, quien decidió en un principio que su niño se llamara Goyito (sobrenombre de Gregorio), pero lo consideró muy largo, así es que lo redujo a las cuatro primeras letras.

Su apellido Chacón es una evocación a la Guerra del Chaco, conflagración bélica que enfrentó a Bolivia y Paraguay de 1932 a 1935.

Don Jaimito detalla que su creación tiene las características de algunos de sus hijos. “De Javier (su primogénito) saqué el cabello de Goyi, medio ch’ascoso.

De Mireya, mi tercera hija, saqué la cara del personaje. Lo único que hice fue copiar los rostros y ya estaba el personaje”, cuenta mientras señala los detalles de sus dibujos.

Los otros protagonistas son Milita, una niña que proviene del área rural altiplánica; Negro, un mulato especialista en artes marciales que protege a sus amigos; K’anka, el rubio que se encarga de los trabajos manuales, y Tofito, un infante de tres años muy travieso.

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