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Alucinado en Torotoro: Tierra de cavernas y dinosaurios

Un recorrido que incluye vestigios del paso de dinosaurios, cavernas subterráneas, un cañón de aproximadamente 250 metros hacia el vacío, vergeles de aguas cristalinas y una flora y fauna sin iguales. Eso es Torotoro.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Basualdo Z.

00:00 / 21 de septiembre de 2014

Un recorrido que incluye vestigios del paso de dinosaurios, cavernas subterráneas, un cañón de aproximadamente 250 metros hacia el vacío, vergeles de aguas cristalinas y una flora y fauna sin iguales. Eso es Torotoro. Administrado por el Servicio Nacional de Áreas Protegidas (Sernap), este patrimonio arqueológico nacional es denominado la Pompeya andina debido a su alto valor paleontológico. Es el gran atractivo turístico del norte potosino aunque sus habitantes y los extraños lo asocien más con el departamento de Cochabamba. La historia dice que Torotoro fue un pequeño caserío que servía de descanso a las caravanas que viajaban desde San Pedro de Buena Vista hacia Carasi y viceversa. A fines de 1700, el lugar empezó a poblarse de personas que emigraron desde el valle alto de Cochabamba, por la dura sequía que atravesaba esta región. En la actualidad es una de las áreas protegidas más importantes y más visitadas de Bolivia. Hacia allí fuimos.

Los vehículos a Torotoro parten desde las avenidas República y 6 de Agosto en la “ciudad del valle” y el trayecto dura alrededor de cuatro horas, aunque nos enteramos que también existen avionetas para alquilar por alrededor de 140 dólares por pasajero. En el viaje se respira naturaleza. Cochabamba es famosa por su fecundidad y clima que entran por los poros. Los pueblos de Cliza y Anzaldo pasan por nuestros ojos, luego el río Caine que separa a los departamentos de Cochabamba y Potosí hasta arribar a destino.

De los 2.500 metros cochabambinos bajamos a los 2.000 y volvimos a subir a los 3.800. La travesía es una montaña rusa con partes del camino de tierra donde se muerde el polvo. Todo en medio de un paisaje distribuido entre una pequeña  altiplanicie, encerrada por dos serranías, que no tiene precio. La plaza principal del pueblo, con arquitectura de rasgos coloniales, nos recibe plácidamente, pero no hay mucho tiempo para ello. La adrenalina llama y decidimos dirigirnos al gran cañón de Torotoro, en una caminata de alrededor de una hora en la que empiezan a identificarse algunas huellas de grandes reptiles del mesozoico, según explica el guía de turno. Los anfitriones siempre se refieren a su pueblo como la tierra de los dinosaurios. Para quienes lo visitamos empieza a serlo.

La llegada al cañón es un éxtasis total. Esa gran mole rocosa parece como partida con un hacha por los dioses. Desde allí, la vista es un privilegio y la sensación de pequeñez ante la magna naturaleza es algo que se percibe entre los asistentes. El silencio solo es interrumpido por las parabas rojas, esos pequeños pajarillos, típicos del lugar, seriamente amenazados por ser considerados una plaga para los cultivos de la región. Y también por las cascadas que descienden siguiendo sus cauces naturales.  Erick Terán, técnico de este parque nacional, explica que existen alrededor de 800 parabas en el país, lo cual pone a esta especie en la clasificación de peligro crítico. “Esta ave es monógama, pues cuando pierde su pareja ya no vuelve a buscar otra para reproducirse”. Bella historia de amor entre los cielos torotoreños.

El lugar cuenta con un mirador y desde 2009 con una pasarela no apta para quienes padecen de vértigo. Se trata de un armazón curvilíneo de hierro que permite apreciar la magnitud de una caída libre. Entonces, sensaciones como paz, libertad y angustia, para los menos aptos, se apoderan de los expectantes de esa enorme corteza que deja ver sus diferentes capas tectónicas, que permiten percibir los diferentes periodos y la dinámica de la superficie terrestre.  

Justino Qamaque (22) es otro de los guardaparques. Dice que empezó a los diez años, cuando en Torotoro había gran demanda de guías y mucho por explorar. “El mirador se construyó en 2003. No hay persona que no se sorprenda con esta vista, unos estadounidenses me dijeron que se parece mucho al cañón de Colorado. Por acá se baja hacia el Vergel, que es como una piscina gigante de agua cristalina”, señala Qamaque. La bajada desde aquella cima hacia el cañadón de 100 metros de profundidad se realiza en más o menos una hora por unas gradas trabajadas sobre la misma roca de la montaña. Todo es seductoramente rústico en Torotoro.

Para asistir a otro de los atractivos de este gran parque, los guías nos aconsejan llevar ropa liviana y zapatos de suela segura. Y escuchamos el nombre de Umajalanta. “¿Qué significa?”. “Viene del aymara y quiere decir ‘agua que cae y se pierde’”. Qué bonito. “¿Por qué del aymara?, ¿no es ésta una región donde habitaban quechuas?”. “Se cree que anteriormente a ellos vivían aymaras”. Ahhh.

En el camino a la caverna más grande de Bolivia, a ocho kilómetros del pueblo, aparecen a flor de tierra huellas de dinosaurios petrificadas en lo que se cree fue un pantano donde éstos acostumbraban a beber agua. Nombres de enciclopedia como brontosaurio y tiranosaurio habitaron el lugar hace 150 millones de años, un legado que queda para el mundo gracias al descubrimiento de 1968. “Torotoro tiene rocas de procedencia mesozoica, por eso permitieron la fosilización de cientos de fragmentos de animales vertebrados e invertebrados”, explica el ingeniero Edwin Villagómez, director del parque, mientras señala una huella de entre 25 y 30 centímetros de un terópodo halladas en 2012.

Con siete kilómetros de extensión y 164 metros de desnivel, entre rocas resbaladizas, entramos a Umajalanta, ese mundo de oscuridad donde nos adelantan que sobresalen unas agujas de 60 millones de años: estalactitas en el techo y estalagmitas en el piso, las que “están terminantemente prohibido arrancar como objeto de recuerdo”, advierte Villagómez. Antaño, recalca, algunos visitantes solían tomarse uno de estos conos como souvenirs o pintaban grafitis que demostraran su presencia por estos recovecos. “Trabajamos generando conciencia, imagínense, millones de años de historia arrancados por unos traviesos”.

A medida que entramos en las entrañas de la tierra, advertimos que la caverna está formada por grandes bóvedas y galerías unidas por pequeños pasos estrechos. Entonces, el camino se pierde entre rocas húmedas, hasta que llegamos a la sala de los murciélagos. Pese al susto inicial, no hay nada por qué temer. “Ya no hay murciélagos, se extinguieron por la presencia del hombre”, expresa Qamaque.

El recorrido continúa y en el descenso nos encontramos con formas caprichosas a partir del goteo de milenios, que ha provocado figuras como las de la Virgen María, la Sala de conciertos, la Copa de champán, el Sauce llorón y el Árbol de Navidad. “Las estalagmitas se forman por las gotas que caen y finalmente se solidifican”, indica Villagómez.

La imaginación hace lo suyo, aumenta el director del parque. Y en esa tarea, una fotógrafa, de tanto apuntar a su objetivo, creyó ver el rostro de una imagen diabólica entre las estalactitas que se forman en las paredes. “Parece un diablo”, “¿dónde?”, “ahí, ¿ves sus cuernos?”, “¡¡ay!! cierto, qué terrible”.

Tras un pequeño silencio, la fotógrafa y su casual acompañante empiezan a acelerar el paso.A media caminata, los guías piden por una pausa y todos nos sentamos en el piso de arena. También ordenan apagar las luces de los cascos y permanecer en completo silencio. Son varias las sensaciones. Mutismo, sigilo y luego temor, según confesaron posteriormente los excursionistas. “Cuando estábamos completamente callados necesitaba escuchar por lo menos la respiración del otro. La verdad me sentí insignificante ante la maravilla de la naturaleza”, dijo una visitante cochabambina ya repuesta del sobresalto.

Una vez retomado el camino por estrechos pasadizos, el grupo toca fondo con la llegada a la laguna de los peces ciegos, que después de una metamorfosis han quedado en este estado, según explican los guías. El nombre científico de estos habitantes de las profundidades de Umajalanta es Trichomycterus chaberti, miden unos diez centímetros de largo, son de color blanco además de ciegos.

Tras la visita a los peces que nunca ven la luz nos espera la escalada hacia la superficie que encuentra tramos peligrosos por lo resbaladizo del terreno. Una simple soga atada a las columnas naturales es suficiente como para aguantar una caída. Y de a poco la salida hacia la luz.

Han transcurrido cerca de dos horas y el alivio es compartido. Bordeando las aguas, otra sorpresa más: un grupo de pinturas rupestres aparece ubicada a orillas del río Torotoro, pertenecientes al periodo precámbrico andino y fruto de la expresión  de las sociedades nómadas pertenecientes a la época.  Esos símbolos de formas geométricas aún no han sido descifrados, comentan los que saben.

“Torotoro no termina de sorprendernos”, menciona Villagómez. Es cierto. Continuamos el camino hacia el pueblo y nos topamos con Chiflon Q’aqa, otra caverna que nos muestra la salida de agua de la caverna de Umajalanta y la cual se puede ver solo desde el exterior.

Llegamos al pueblo que a cada momento nos recuerda que pisamos tierra de gigantes prehistóricos. Son gente muy amable que agradece por cada visita. 

Son también conscientes de que en los últimos años ha crecido significativamente la importancia de este parque nacional boliviano, siendo considerado incluso como nueva maravilla del mundo. Ya lo es.

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