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Álvaro Alarcón maldonado es el recolector de sonrisas

El tupiceño sufrió una embolia que paralizó la mitad de su cuerpo y le dificulta el habla. Ahora es fotógrafo profesional.

Álvaro Alarcón. Ilustración: Frank Arbelo

Álvaro Alarcón. Ilustración: Frank Arbelo

La Razón (Edición Impresa) / Naira de la Zerda / La Paz

00:00 / 25 de abril de 2018

Álvaro Alarcón (56) solo puede decir una cantidad muy reducida de palabras. Cuando despertó en el hospital decía “mamá, papá, Álvaro y fricasé”.  Hablar con él puede parecerse a un juego de adivinanzas, con 60 segundos de tiempo. Cuando se acaba, simplemente exclama “paciencia”. Sin embargo, incluso así se las ingenia para hacer sonreír a sus clientes.  

Hace ya más de 20 años sufrió una embolia que ha dejado mitad de su cuerpo paralizado y aún tiene dificultades para hablar, caminar y ver. Después de ese ataque, no le tomó mucho tiempo reconocer que no podría seguir con la inmobiliaria que tenía, así que utilizó la fotografía para cuidar económicamente de su familia.

En su infancia, que transcurrió entre Bolivia y Argentina, pudo experimentar con diferentes técnicas, ya que su padre solía destinar un espacio de la casa familiar para tener un cuarto de revelado. Ahí creó sus primeras armas, en lo que consideraba como solo un pasatiempo.

Cuando volvió a Bolivia para quedarse definitivamente, dejó en suspenso ese lado suyo y se dedicó a varios emprendimientos. También se casó y tuvo tres hijos: Ismael, Carolina y Esteban.

Poco tiempo después de que naciera su hijo menor, Esteban —que ahora tiene 23 años— pasó el incidente. Un día, mientras esquivaba gente por los recovecos de la calle Uyustus, sintió un dolor tan fuerte, que tuvo que volver a su casa. Para cuando buscó atención médica, su cabeza tenía un color rojo, muy intenso: la embolia había comenzado y no podía evitarse. Lo operaron y salió bien de la intervención, pero durante la recuperación, su cerebro dejó de recibir oxígeno por un tiempo, lo que le provocó severos daños.

Para el personal del hospital, una de las cosas más sorprendentes es que no sufrió una depresión muy fuerte. Comenzó a sacarles fotografías a las enfermeras, doctores y doctoras que atendían su caso. Ellos compraban las imágenes y veían cómo esto, junto al apoyo de su familia, le ayudaba poco a poco a mejorar.

Es inevitable que sus clientes conozcan su historia. La cuentan sus hijos, quienes se encargan de tratar con las personas que se acercan a su estudio. “Como les explicamos algo tan íntimo, entran en confianza y él aprovecha esto para hacerlos reír y sacarles buenas fotos”, cuenta Esteban.

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