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Ana María Pérez

A los nueve años escribió un cuento y, un año después, creó su primer invento, un abono. Es una paceña inagotable que no puede parar de crear mientras sueña con días de 48 horas. Química e inventora

La Razón / Gemma Candela

00:00 / 15 de abril de 2012

Maquillada, con cada cabello en su lugar preciso, de traje y con tacos, cuesta imaginarse a Ana María Pérez en un laboratorio o en el jardín de su casa con el pelo recogido en una cola y cubierta con mandil, experimentando con sus plantas. Ella les habla y acaricia —“las siento como si fueran mis mascotas”.  Su perrita, una ejemplar de pastor alemán, incluso se pone celosa.

El amor por el mundo vegetal le viene de niña. Era hiperactiva, asegura: con diez años creó el Pensol, un abono “agigantador” que regaló a su papá para que crecieran sus pensamientos. “Era un abono que me inventé. Quisiera recuperar la fórmula exacta. Ya no me acuerdo qué cosas tenía”. La creación de nuevos objetos y avances ha sido una de sus pasiones, también desde la infancia: en total son 38 inventos y cuatro innovaciones tecnológicas, además de haber logrado el mejoramiento de 70 tipos de plantas.

De su mente han salido propuestas, como el Día del Inventor Boliviano (que se celebra el 23 de abril), el Museo de los Inventos (hoy no existe, tuvo su sede en el de Instrumentos Musicales de Bolivia), el Centro de Investigaciones, el Día del Químico Boliviano (24 de agosto) y el Centro de Investigaciones Ciecitec.

Diariamente acude a la Academia Nacional de Ciencias, donde esta licenciada en Químicas ejerce la labor de divulgadora científica con la escritura de libros e informes. Uno de ellos, Antecedentes Históricos Sobre Inventos y Patentes en Bolivia, fue declarado por el Estado como material de consulta en la educación secundaria.

El gusto por la ciencia se lo inculcó su padre y el de la comunicación, su madre: de adolescente estuvo produciendo cuentos en un programa de Radio Panamericana. Después condujo varios programas científicos y culturales en radio y en canales de televisión.

Ya no tiene apenas tiempo para su otra afición, la escritura literaria  —guarda el recuerdo de que a los nueve años escribió su primer cuento, El niño en el paraíso, que publicó un año después—, porque hasta el fin de semana lo dedica a investigar en su jardín. Es una mujer que ocupa cada minuto. Por eso, sueña con la existencia de días de 48 horas o semanas de diez días.

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