Escape

Ana-Maria Vera. Un espíritu andino

La Razón (Edición impresa) / Mabel Franco

00:00 / 14 de octubre de 2012

Como un fantasma vagando por Londres”. A veces se siente así. “Es una transición un poco surrealista para mí”, describe Ana-Maria Vera su retorno a Gran Bretaña, luego del año que vivió en La Paz. “En realidad no quiero adaptarme completamente a Londres de nuevo, una parte de mí sigue muy presente en Bolivia y así va a tener que ser siempre”.

La reinserción al hogar en Europa tiene, por supuesto, mucho de bueno. Por ejemplo, el reencuentro “con mi Steinway; ha sido una gran alegría, no puedo imaginar un compañero más fiel que el instrumento propio”, revela la pianista, la más internacional de las intérpretes bolivianas.

Hija del paceño Mario Vera y de la holandesa Marianna Woudstra, Ana-Maria vino al mundo en Washington (EEUU) en 1965. Su madre la inició en el piano cuando la niña tenía tres años y, a partir de ese acercamiento, su talento la convirtió en una niña prodigio. En su biografía figura que a los ocho años ya daba su primer concierto ante el público. A los nueve salió de gira por Norteamérica junto con el director Arthur Fiedler y fue la solista más joven invitada a tocar con la National Simphony en el Kennedy Center de Washington D.C.

A medida que fue creciendo, Ana-Maria mantuvo el contacto con Bolivia. En medio de sus compromisos, siempre pudo tocar para los que considera sus compatriotas. Su padre, que hoy vive en La Paz, cultivó esa costumbre.

Las visitas constantes ayudaron a fijar la imagen de la pequeña pianista en la memoria de los bolivianos: la chiquita con el pelo recogido en dos trenzas o una coleta, más bien seria, de voz suave, de pronto convertida en un volcán ante las teclas del instrumento. “Mucha gente todavía cree que va a encontrarse con esa niña de las trenzas”, dice la mujer espigada, de lacia melena negra, que no ha perdido la suavidad al hablar, pero que con firmeza declara: “Se ha instalado la mediocridad en la enseñanza de la música en Bolivia”.

Bolivia Clásica

Contra esa mediocridad, y con la certeza  “de que los niños y jóvenes obviamente que  tienen el talento, pero necesitan oportunidades para cultivarlo”, es que la artista tomó la decisión de impulsar el programa Bolivia Clásica. Y de dedicarle un año en exclusiva, de 2011 a 2012, desde su sede en La Paz. ¿Qué es en esencia dicho programa? Pues el acercamiento de grandes maestros instrumentistas que llegan al país para actuar en un festival y también para dar talleres y trabajar con quienes desean seguir una carrera en serio en la música.

“Veo a los padres de familia de los estudiantes buscando la forma de enviar a sus hijos al extranjero. Es su decisión y noso-tros trataremos de ayudarles; pero no es bueno para el país que todos quieran irse. Esos chicos deben tener las posibilidades de aprender en Bolivia”. Y éste es el compromiso de Ana-Maria, que ya lleva dos años de concreciones, con actividades desarrolladas en La Paz, El Alto y Tarija, y que en 2013 incluirán a Santa Cruz.

El 16 de septiembre reciente, la familia Dunton-Downer-Vera dejó el departamento que había habitado en La Paz, cerca de la plaza Bolivia, a fin de retomar su vida y trabajo en la capital británica. Días antes, la pianista había recibido a Escape; pese al trabajo administrativo urgente (informes, rendición de cuentas) y a un ligero resfrío de fin de invierno.

Ahora, ya por correo electrónico, la boliviana confirma que el reintegrarse “ha sido muy fácil, muy cómodo y también conmovedor. Sobre todo por los amigos y colegas que me han hecho sentir tan especial, y por el asombro, por no decir incredulidad, que demuestran frente a lo que hemos logrado con Bolivia Clásica. ¡Todos quieren saber más!”.

Antes de la partida, la artista pensaba ya con nostalgia en el año transcurrido. “Nunca viví tanto tiempo en Bolivia. Además, esta decisión fue consciente, porque antes era mi papá quien nos traía”. Aquellos años, la pequeña artista, sus padres y su hermano menor se quedaban en casa de la abuela paterna, ubicada entre las calles Illampu y Santa Cruz. “Caminaba por el mercado, veía la vida cruda, sin filtros, sentía vibrar la ciudad”.

Su hermano, el violinista Armando Vera —que fue el concertino de la Orquesta Sinfónica Juvenil de Maryland (EEUU)—, decidió vivir en La Paz hace 15 años y aquí enseña y dirige el taller de la Orquesta de Cámara Juvenil.

Ana-Maria tenía ganas, hace tiempo, de hacer más que una visita al que considera su país. “Fue mi esposo (John Dunton-Downer), quien me convenció de hacerlo ya. Nuestra hija, Naira, es todavía pequeña; él estaba dispuesto a dejar sus compromisos de trabajo (es un realizador británico de documentales), así que yo también lo hice”.

Desde Londres, ella evalúa: “Como familia, esta aventura nos ha marcado para siempre. Hacer realidad un sueño, trabajar en conjunto con mi hermano Armando, fue una gran satisfacción”.

Naira, de seis años, “se ha reintegrado de inmediato con sus compañeros, John está dirigiendo una nueva serie para el Smithsonian Channel y yo preparando los próximos conciertos, mientras programo citas con potenciales auspiciadores interesados en Bolivia Clásica”.

La promotora cultural, que eso fue esencialmente en La Paz —“dejé de sentir la presión de los conciertos”— ve que la dedicación al proyecto vale la pena.“Hay gran interés por Bolivia, y ha circulado mucho nuestra actividad entre la comunidad de artistas internacionales. De esto me siento muy orgullosa: hemos logrado que se hable del país con un nuevo respeto, con entusiasmo y con mucho amor”.

Entre tanto, “las actividades siguen en La Paz”, dice. “Mientras escribo esta nota me están mandando mensajes por Skype. En algunos casos es mi asistente con preguntas sobre presupuesto; seguimos haciendo cuentas, que es aburrido pero muy necesario”. Y otro colaborador, “está montando el material que registramos durante el último festival”. De hecho, “en este mismo momento está filmando a dos de nuestros jóvenes talentos para hacer un DVD y ayudarles a conseguir becas en el exterior”. Con todos los contactos de la artista “y cada vez más gracias a los músicos internacionales que han trabajado en este proyecto, esperamos poder facilitar esta ruta a los que más lo merecen”.

Nacida en EEUU, con largos años de vida en París y Londres, ¿qué la hace sentirse boliviana, reconocerse como descendiente de un aymara, tal cual destaca en su currículum esta artista? “No se puede explicar. Es algo que está en el alma, algo profundo. Siento que tengo una gran afinidad con las montañas, con el altiplano. Lo percibo apenas veo los nevados desde el avión”.

De esas emociones, esa sensibilidad, había hablado la artista una y otra vez con sus amigos y colegas del mundo. Ellos la escuchaban y no podían imaginar de lo que se trataba; pero tanto calaron las palabras, que no tuvo que argumentar mucho para que varios de ellos aceptasen venir al país a trabajar en Bolivia Clásica. Este año, por ejemplo, acudieron el clarinetista Matthew Hel, los violinistas Eric Hosler, Leticia Moreno y Ken Aiso, el violoncelista Guy Johnston, la violista Jennifer Stumm y el director William Lacey. Ellos entendieron al fin.

Ana-Maria tiene previsto dar un concierto en Bolivia en noviembre. Los ensayos diarios son otra vez parte de su actividad. “El piano refleja lo que inviertes, nunca te va a mentir”, afirma y cuenta que su relación con el instrumento ha ido cambiando con los años. “De niña, me definía por el piano y la música; ahora es distinto, más libre, más liberador. Amo mi instrumento. Es cierto que hay momentos en que no lo puedo ver; así de viva es la relación. Pero nunca podría enojarme con él, pues sería como enojarme conmigo”.

Cansada pero feliz

La pequeña Naira comienza ya a tocar el piano; pero su mamá la deja elegir. “La casa está siempre llena de música y de músicos, esto es parte de su vida.

Yo, lo que hago, es brindarle las oportunidades”, tal como hace con los niños y jóvenes a los que llega con Bolivia Clásica; “luego, ella decidirá”.

“Nunca he trabajado tanto en mi vida”, confiesa la artista retomando el tema del proyecto y, “aunque debería aprovechar para respirar un poco estos días, me hace falta esa intensidad de actividad,  esa lucha constante y alucinante”.

Ana-Maria  reconoce que el equipo que la apoya en Bolivia está asumiendo cada vez más responsabilidades, lo que valora, “pues ahora sé lo difícil que es manejar un proyecto tan ambicioso”; pero ella quiere estar al tanto aun desde la distancia. Además, “si bien hemos logrado mucho en poco tiempo, esto es sólo el comienzo”.

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