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Ana Pérez

La sobrina de Elizardo Pérez fue profesora a los 12 años. Luego dejó la enseñanza pero, ya jubilada, siguió visitando escuelas rurales. Educadora de maestros indígenas y contadora.

La Razón / Gemma Candela

00:00 / 05 de agosto de 2012

Al llamarla por teléfono para concertar una entrevista, Ana Pérez Criales responde que puedo ir a visitarla a medianoche o a mediodía, sólo pide que le avise un rato antes. A sus 90 años, afirma, su memoria es lo único que le falla.

Sus padres, Raúl Pérez y Sofía Criales, la llevaron de muy niña a Caiza “D”, en el valle de Potosí, donde crearon una escuela ayllu, tal como hicieron Elizardo y Héctor Pérez, tíos de Ana, en Warisata (La Paz) y Casarabe (Santa Cruz), respectivamente. Ella misma enseñó a leer y escribir a comunarios que la superaban en edad, con tan sólo 12 años.

Los campesinos se comprometían a enseñar en sus poblados lo que habían aprendido en las clases, una vez que terminaran la escuela y regresaran a sus casas, relata Ana en un libro que presentó en diciembre del año pasado: Surgimiento de las normales indigenales: de Caiza “D” a Warisata. Ella tiene pegado en la ventana el cartel del evento. Una foto ilustra tanto el afiche como la portada de su obra, en la que aparecen Ana y su madre, directora del centro, rodeadas de la primera promoción de maestros indígenas. “Mi primer chico está por ahí también”.

En el 36, dejó la calidez del valle para terminar la secundaria en La Paz y aprender contabilidad. “Un gringo necesitaba una contadora. Mi mamá me llevó.

Al final, resulté la esposa del gringo”. Para él, un checo al que la familia de Ana apodó el Gringo Jeringo, fue su tercera esposa. Las anteriores se habían suicidado: “una se lanzó por la ventana y la otra se ahorcó”.

Ya jubilada, Ana visitó numerosas escuelas rurales en compañía de un amigo, en una extraña simbiosis: ella tenía un jeep pero odiaba viajar por los caminos; él, necesitaba un auto para llegar a esos lugares.

El olvido

Cuando los últimos rayos de la tarde se cuelan en la casa, me despido, no sin antes preguntarle si le gustan los sombreros: junto a la puerta, tiene un perchero atiborrado de ellos. Lo niega rotundamente. Son regalos.

Después de cerrar la puerta tras de mí, Ana volverá a la cama, donde dice que ahora pasa la mayor parte de su tiempo leyendo. Dentro de unos días, probablemente no se acordará ya de la visita, como ella misma advierte, consciente de que le falla la memoria corta, pero nada más.                

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