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En alas de un Ángel

El Carnaval de Oruro se origina en las ancestrales invocaciones andinas a la Pachamama (Madre Tierra), al Tío Supay (Diablo) de los parajes mineros y a la Virgen de la Candelaria.

La Razón (Edición Impresa) / W. Vargas/M. Basualdo

00:00 / 08 de febrero de 2016

A Johnny le encantaba acariciar las alas de su Ángel. Apenas tenía seis años y ya soñaba ser como él. Se miraba al espejo e imitaba sus movimientos, también intentaba emular su vestimenta y hasta alcanzar el timbre de su voz. Como todo niño, su máxima referencia era su papá, en este caso don Ángel López. Hace casi 30 años, el pequeño acompañaba a su progenitor a los ensayos de la Gran Tradicional Auténtica Diablada Oruro, fundada el 25 de noviembre de 1904 y reconocida como la fraternidad más antigua del Carnaval de aquella ciudad, también conocida como la “Capital del Folklore Boliviano”.

Eran días muy distintos en esa metrópoli que fermenta delirio a cada “despojo de la carne”, etimología latina de la palabra Carnaval. Pero hoy las cosas han cambiado. Don Ángel, antiguo Ángel Mayor de aquella veterana fraternidad, ya no brinca como antes. Su paso es lento y cansino, pues una embolia le dificulta el andar. “Es un ángel de verdad”, comenta su hijo, quien no aguanta el sollozo. Johnny es el único de los cinco hermanos que heredó la pasión del padre. Si bien todos bailaron de pequeños en la Diablada, con el tiempo fue quedando uno solo. “Es la mejor herencia que pude recibir de mi padre”.

Johnny lo abraza con fuerza. También es otro Ángel, de esos que bailan en la Tierra.

Los ángeles son mencionados por lo menos 108 veces en el Antiguo Testamento y 165 en el Nuevo Testamento. En Génesis 1:1 se narra que fueron imaginados en el momento en que también fueron creados los cielos y son descritos como seres alados con rostros de niño. Así, su presencia en la memoria colectiva de las naciones paganas es imperativa, tanto que son personajes habituales en la iconografía evangelizadora y hasta en los cuentos y mitos del imaginario social que los han reproducido de todas las maneras posibles. Ya en nuestro contexto carnavalesco, las entradas folklóricas, con partida original en la capital orureña, fueron la pasarela donde el personaje empezaría a levantar su sable de líder bailarín.

 La escritora Julia Elena Fortún, en su libro La Danza de los Diablos (1961), explica que en el siglo XVI nació en la ciudad de Oruro el ritual coreográfico que se conoce con el nombre de Diablada, que curiosamente le rinde devoción a la Virgen del Socavón. “Es una muestra de la cosmovisión andina con profunda inspiración religiosa. El hecho de que la Virgen y el Tío (Diablo) compartan recinto es porque en el mundo andino los valores católicos, los siete pecados capitales, se dan vuelta y el Carnaval es una expresión clara de ello”, dice la antropóloga Gabriela Behoteguy.

Esto muestra un sincretismo religioso único en el mundo con la exhibición de una de las entradas más fastuosas, la cual finaliza con dos representaciones teatrales de obras católicas que se centran una en la conquista española y la otra en el triunfo del arcángel Miguel sobre el demonio. Es ahí donde irrumpe el personaje principal de la Diablada. “El Arcángel Miguel es el encargado de conducir, como guía central, a los diablos en su lucha tenaz entre el bien y el mal; es el líder de las huestes celestiales y auténtico triunfador en su batalla por desterrar la soberbia, maldad, lujuria, gula y otros pecados capitales, y aplacar la rebelión de los diablos (...); lleva un casco metálico, cabellera larga, blusón, faldellín con dos alas en la espalda, va munido de espadín, escudo y yelmo. Sus colores preponderantes son el blanco, azul y celeste, el yelmo es dorado y también el mango de la espada”, explica Fortún en su libro.

Esas características son las que cautivaron a quienes personificaron el papel de Ángel y también a quienes hoy continúan con la tradición. “Fueron 30 años bailando junto a la Diablada, viajamos a Francia en 1992 a un encuentro latinoamericano de culturas. Esos años fueron los más felices”, cuenta don Ángel.

El rol, ¿es fácil de asumir? “Se necesita don de mando para dirigir a una tropa de 100 diablos, ser un buen bailarín y sobre todo un ejemplo de fraternidad”.

Por ello se limitaba a compartir en las fiestas con los diablos y luciferes. Don Ángel siente que este líder con alas tiene que ser una figura ejemplar dentro y fuera de la comparsa. Don Seguro Pérez, bailarín de la Diablada Ferroviaria Oruro, fundada el 6 de octubre de 1956, siempre soñó con heredar la espada.

Por eso cuando su pequeño de tan solo tres años, Edwin, empezó a caminar, lo llevaba a los ensayos de la fraternidad Diablada Artes y Letras, que después de algunos años cerró, pero continuó insistiendo con “la Ferroviaria”. Edwin recuerda que al principio, niño aún, solo bailaba por la ilusión que su padre tenía de verlo de Ángel. “Viví tiempos difíciles a los 15 años, porque los muchachos se burlaban de mí, decían que era mujer”. Sin embargo, con el paso de los años su devoción fue creciendo y a sus 28 logró consagrarse como Ángel Mayor de su fraternidad. En su casa tiene como 10 caretas de ángeles y varios trajes, y su madre que lo ayuda a ponerse el disfraz confiesa que cada año Edwin le dice que será el último.

Por lo general cada fraternidad tiene al menos tres ángeles, entre los que el Ángel Mayor es el más importante “porque dirige a la tropa más grande de diablos, después están los ángeles que dirigen bloques más pequeños”. Sergio Gutiérrez es uno de estos personajes de capa y espada, que empezó bailando de diablo y fue seleccionado por la directiva para conducir al grupo. Mide aproximadamente 1,80 metros, es un muchacho tranquilo y como muestra de su devoción tiene el brazo tatuado con la imagen de la Virgen junto a una locomotora que representa a “la Ferroviaria”. Él considera a Edwin como su mentor, de quien aprendió mucho en sus ocho años de danzarín. “Con el tiempo cada quien va formando su propio estilo de baile y de vestimenta”, indica Sergio. Él ya tiene ocho trajes confeccionados por su padre, arquitecto de profesión, que cada año diseña nuevas formas de alas y escudos, para ser exhibidos ante la Mamita del Socavón. Ellos son los ángeles en la Tierra. 

Con fe y devoción por la Virgen del Socavón

El Carnaval de Oruro se origina en las ancestrales invocaciones andinas a la Pachamama (Madre Tierra), al Tío Supay (Diablo) de los parajes mineros y a la Virgen de la Candelaria. Su profunda espiritualidad y magnetismo se gestó en cinco grandes periodos, según anakarlem.com. El primero se extiende desde la aparición de la imagen de la Virgen de la Candelaria en 1789. Cuenta la leyenda que en un socavón abandonado de la mina del cerro mencionado  vivía un ladrón llamado Anselmo Selarmino (el Nina Nina o Chiru Chiru) que robaba para repartir su botín entre los pobres.

En una de sus correrías nocturnas fue mortalmente herido por un obrero a quien pretendió quitarle el único tesoro que tenía. En su agonía fue trasladado por una mujer del pueblo hasta su morada en el socavón. Al día siguiente fue enorme la sorpresa de los mineros de la zona que, al hallar el cadáver, se encontraron con la bella imagen de la Virgen de la Candelaria custodiando la cabecera de la pobre cama del ratero.

En el segundo periodo, los mineros, ante el descubrimiento de la Virgen resolvieron reverenciarla durante tres días al año desde el sábado del Carnaval, usando disfraces a semejanza del diablo. Desde entonces realizan la Entrada de Cargamentos y Ceras, con ornamentos regionales, presentes de plata para la Patrona, viandas y bebidas.

En el tercer periodo, 1900 a 1940, irrumpieron las primeras comparsas o fraternidades devotas de la Virgen como tropas de diablos, morenos y tobas para enfilar hacia la antigua capilla del Socavón, extasiados de chicha y alcohol. En ese tiempo no participaban niños ni mujeres.

En el cuarto periodo, 1940 a 1980, reavivando prejuicios, empleados del comercio, la banca, maestros y hasta un militar se unieron al Carnaval y marcaron innovaciones a los futuros rumbos de la original entrada. En 1970, el Gobierno declaró a Oruro “Capital del Folklore Boliviano”, acrecentando la corriente turística.

El quinto periodo data desde la década de los 80 hasta nuestros días.

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