Escape

Angelina Jolie, directora

La nueva faceta de la ‘sex simbol’ del cine

El País / España

00:00 / 22 de enero de 2012

Es la actriz mejor pagada de la industria cinematográfica (las últimas estimaciones de Forbes sitúan en 30 millones de dólares sus ganancias anuales), se ha erigido como la auténtica madre global (entre adoptadas y propias, suma seis criaturas de tres continentes diferentes) y tiene a su lado al novio perfecto (Brad Pitt). Sin embargo, Angelina Jolie ha tenido que derramar muchas lágrimas por el camino para cimentar esa imagen triunfante. La misma con la que se presenta a esta cita en el hotel Four Seasons de Beverly Hills. Sus ansias de reconocimiento la han llevado a sentarse por primera vez en la silla de directora con In the land of blood and honey (En la tierra de sangre y miel) una historia de amor imposible situada en la guerra de Bosnia (6 de abril de 1992 al 14 de diciembre de 1995).

Con ella ha puesto a prueba los límites de su talento. Hasta tal extremo, que acabó por explotar y Brad Pitt se encontró enjugando su último llanto confeso. “Una semana antes del estreno, Brad me sorprendió llorando porque temía haber fracasado, haber arruinado la fe de una gente que puso en mí sus esperanzas, de mis amigos, de todo un país. Es una gran presión. Pero, al final, sólo intento vivir mi vida con honestidad y atender a mi familia de la mejor manera que puedo”, desvela con su sensual acento y la esbeltez que la caracteriza envuelta en un vestido de Dolce & Gabbana. Viéndola así, cuesta imaginarla en pleno ataque de pánico.

Existe una justificación para todo este miedo: la conversión de Angelina Jolie de rebelde explosiva oficial de Hollywood a comprometida mujer modelo ha supuesto tal vuelco de identidad que aún no le ha granjeado todo el respeto que a ella le gustaría entre sus compañeros y el público. La propia actriz señala como máxima influencia para conformar su visión solidaria del mundo a su madre, una actriz relativamente desconocida llamada Marcheline Bertrand, tenaz defensora de los derechos de los nativos americanos. Fue ella quien la apoyó durante todas sus fases difíciles y quien le dio los mejores consejos en la construcción de su particular familia hasta su fallecimiento en 2007, por un cáncer de ovarios, a los 56 años.

La figura del padre ausente, el actor Jon Voight (que alcanzó la fama como Cowboy de medianoche en 1969), la acompañó desde siempre. O, más bien, la ha perseguido. A pesar de que ella le retiró la palabra desde niña, después de que su madre le abandonara por serle infiel con otra actriz durante el rodaje de El regreso (1978). Ha habido sucesivos intentos de reconciliación, siempre expuestos al público, algo que Jolie (que se cambió el apellido legalmente) no lleva bien. El último, en el estreno, a finales de diciembre en Los Ángeles, de In the land of blood and honey, al que el padre acudió, según The Hollywood Reporter, sin haber sido invitado y buscando la foto con su exitosa hija.

La propia Angelina Jolie ha caído víctima del juego de Hollywood al ver cómo la prensa señalaba los paralelismos entre la ruptura de sus padres y la que propició su encuentro de alto voltaje con Brad Pitt en Sr. y Sra. Smith (2005). Desde ese momento, Jennifer Aniston (que hasta entonces era compañera de Pitt), la repudiada, ha refugiado su ego en el título de “novia de América”. A Jolie, la relación le ha traído el reposo tras una juventud salvaje documentada exhaustivamente; hasta tal extremo, que en ocasiones cuesta distinguir sus gestos de rebeldía de las acciones orquestadas para labrarse una imagen controvertida.

Se casó con el actor Jonny Lee Miller, a quien conoció rodando Hackers (1995), enfundada en unos pantalones de cuero negro y un top blanco con el nombre del novio escrito a la espalda con su propia sangre. Al año siguiente se separó. Después se proclamó bisexual a los cuatro vientos y presentó a su novia, la actriz asiática Jenny Shimizu, a la que conoció en el rodaje de Jóvenes incomprendidas (1996).

Para cuando ganó su único Oscar, por la categoría de actriz de reparto, en Inocencia interrumpida (1999), su sociopatía (muy en sintonía con el papel de aquella película) ya era vox populi en Hollywood. Tras permanecer ingresada durante tres días en un centro médico por una crisis de histeria, se casó con el actor Billy Bob Thornton, 20 años mayor que ella, en una ceremonia improvisada en Las Vegas. La novia de Thornton, la actriz Laura Dern, se enteró por la prensa. Además de tatuarse el uno el nombre del otro, paseaban ante las cámaras con sendas ampollas con la sangre del otro colgando del cuello a modo de preciada joya. Sus truculentas excentricidades incluyeron testamentos firmados en sangre y un estimulante regalo por el primer aniversario: ella reservó dos sitios en un cementerio de Luisiana (donde nació él) para que yacieran juntos para siempre.

Hoy, tras esa imagen distante, Jolie, de 36 años, prefiere alimentar titulares con su faceta humanitaria antes que con sus caprichos mundanos. Acude a esta charla recién aterrizada de una visita de dos días a la ciudad libia de Misrata, donde voló para “contemplar de primera mano un país en plena transición y contribuir a que los planteamientos de la primavera árabe se conviertan en una realidad plena”. Antes visitó a los refugiados libios en Malta y Lampedusa, en junio, y viajó a Túnez, en abril.Z

El origen de la nueva Jolie

Para rastrear el origen de esta inquietud solidaria basta con acudir, como en tantos otros de sus capítulos biográficos, a la filmografía. En 2001, el mundo descubría a una heroína supervitaminada y mineralizada en Tomb Raider. Aquello suponía una oportunidad además de reconciliarse con Jon Voight, su padre, que hacía de ídem en la ficción. La experiencia acabó por subrayar aún más sus diferencias. Mientras la Jolie actriz fraguaba su propio ícono a ojos del público, la Jolie persona presenciaba los terribles efectos de la guerra en Camboya, donde rodó la cinta (y adoptó poco después a su primer hijo, Maddox).

Según cuenta, decidió “educarse” a sí misma para entender el drama de los refugiados por los conflictos bélicos. Ese mismo año viajó a Sierra Leona y se estrenó como embajadora de buena voluntad para el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). En 2004, en lo que muchos interpretaron como una lectura metafílmica de su propia existencia, interpretó en Amar peligrosamente a una mujer acomodada que descubre la gratificación de socorrer a niños africanos desfavorecidos. Son esas mismas voces críticas las que ironizan con que tras esa imagen de aspirante a Madre Teresa existe una actriz que busca un reconocimiento que no acaba de lograr por su trabajo interpretativo.Eso explicaría por qué hay quien entiende In the land of blood and honey como un ejercicio de vanidad de su autora (que también ha escrito el guion) para validarse socialmente. ¿Pretende ser la conciencia de Hollywood? “Sólo intento ser una buena persona y aprovechar la vida que disfruto para darme una educación a mí y a mis hijos sobre lo que pasa en el mundo”, responde, aferrándose a la corrección. “Adoro mi trabajo como actriz y las bendiciones que lo acompañan, pero sé que es algo insignificante si se compara con lo que ocurre en el resto del mundo. Es una perspectiva que no quiero perder”.

Cuesta imaginarla aguantando 42 días en Budapest y Sarajevo, filmando una producción casi indie de 17 millones de dólares, en gran parte financiada de su propio bolsillo. Ella lo atribuye todo a su obsesiva conciencia social. “Necesitaba hacer esta película por muchos motivos. Por lo que he visto en el mundo en los últimos 10 años y por lo mucho que desconocía, especialmente de una guerra como la de los Balcanes, que empezó cuando yo tenía 17 años. Porque no puedo entender por qué la humanidad puede ser tan brutal. Porque no tengo respuestas a este tipo de atrocidades”, recuenta.

Confiesa que durante el rodaje no hubo un solo respiro. “Ni para comer. Me alimenté sólo de snacks”. Sin embargo, ella cuenta con un arma a su favor de la que carece el resto del planeta: Mister Perfecto. Brad Pitt y Angelina Jolie se turnan para rodar y así no dejar a los niños “solos” ni un instante. Allá donde va a rodar el uno, acude el otro con toda la troupe. “Ante todo, soy madre, algo que además me conecta con el mundo. Cuanto más conozco lo que pasa en el planeta, más agradecida me siento y más disfruto de mi familia. Lo son todo para mí”, resume. Y anticipa que no piensa en nuevas adiciones —“por el momento”, sonríe—, pero sí en nuevos viajes, como el que realizó recientemente a los campos de concentración de Auschwitz o a Japón para solidarizarse con las víctimas del tsunami. “Ése fue más ligero, porque a mis hijos les encanta todo lo japonés. Ése es su rollo”, afirma divertida.

No quiere adelantar nada respecto a la noticia de que tanto él como ella podrían abandonar la interpretación en breve. Pitt insinuó en una entrevista reciente que a los 50 años (tiene 48) pensaba retirarse; después aclaró que tan sólo quería dejarlo en segundo plano en favor de sus producciones. Antes tiene sus propias guerras. La primera, World War Z, la adaptación de la novela de Max Brooks (el hijo de Mel Brooks), una obra definitiva sobre una plaga zombi que desemboca en un combate mundial, que protagoniza y produce. “Al final, a Brad le gustó tanto Hungría que me ha copiado y ha rodado también allí parte de su película”, suelta su novia. Pitt diseña muebles y es un devoto de la arquitectura. Algo más que un hobby que le llevó a desarrollar un proyecto para la reconstrucción de Nueva Orleans tras el huracán Katrina (que sucedió en agosto de 2005). También ha ejercido como consultor de un hotel ecológico en Dubai.

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