Escape

INFINITY, apasionados por el tuning

La adrenalina es alimento para estos deportistas de los motores. El club se ha convertido en una familia.

Familia. Los integrantes del Club Tuning Infinity La Paz-Bolivia con sus vehículos en el Parque de las Cebras, en una fotografía tomada desde un dron.

Familia. Los integrantes del Club Tuning Infinity La Paz-Bolivia con sus vehículos en el Parque de las Cebras, en una fotografía tomada desde un dron.

La Razón (Edición Impresa) / Miguel Vargas / La Paz

00:00 / 01 de noviembre de 2017

El bramido de sus motores, la potencia de su sonido y las luces que ostentan no son para pasar desapercibidos: los integrantes del Club Tuning Infinity La Paz-Bolivia lucen vehículos a los que han hecho modificaciones movidos por la pasión. Ellos deben demostrar a otros clubes su potencia, velocidad y creatividad en competencia.

“El tuning no es delito, es un deporte”, es el primer mensaje que el club quiere dar, explica su presidente y fundador, Miguel Ángel Blanco Rondo. “No queremos que la gente nos juzgue. Este es un deporte. Somos una familia que crece y por eso decimos ‘no al alcohol y a las drogas’”.

El tuning consiste en la modificación del aspecto y las características técnicas de un automóvil para hacerlo exclusivo y personalizarlo. El club además compite en audio tuning, especialización dedicada al sistema de sonido. También practica la velocidad: la competencia de cuarto de milla, una prueba de aceleración que se disputa sobre una recta de 402 metros.  

Luis Bautista muestra su Subaru WRX STI, con el que compite en audio y ha ganado ya varios premios.

Infinity se fundó el 19 de marzo de 2016 como una iniciativa personal de Blanco, quien buscó algún club al que unirse y, al no hallarlo, creó su propio grupo. Él es propietario de un Hyundai Tiburon al que le ha hecho sendas modificaciones: puertas Lambo (que se abren hacia arriba), spoilers (superficies añadidas a la carrocería con fines aerodinámicos), neumáticos de perfil bajo, pintura, stickers y audio. “El nombre Infinity le pusimos porque significa ‘sin límites’ y queremos que el club nunca tenga barreras. Ha ido llegando gente que empezó con autos básicos y ahora los tienen supermodificados”.

El club ha participado en un sinnúmero de actividades sociales, desde ferias y eventos de arte urbano hasta fiestas de 15 años, donde una caravana con música a todo volumen es el regalo para la festejada. “Corrimos en Huajchilla, Pucarani, la avenida Costanera, la avenida 6 de Marzo en El Alto... Hemos ganado varios trofeos”.

De los 10 miembros iniciales, la tropa ha crecido a 35 o 40 —tienen entre 18 y 60 años de edad—, unos más irregulares que otros. “En La Paz hay nueve clubes y entre todos participamos en los eventos. Cada club organiza uno al año”.

Para ser parte de Infinity no se pide dinero. El principal requisito es ser mayor de edad y que el interesado asista a cuatro reuniones consecutivas. Después se le convierte en socio, lo que se legitima con el sticker raybanizado y la indumentaria: chamarra, chalecos y gorras. Se reúnen cada semana. “Cuando nos vemos, empezamos con un intercambio de ayuda sobre cómo mejorar los coches y luego se discuten detalles de la organización de los eventos, competitivos o sociales”.

La desventaja: es un deporte caro. “Desde una perilla de caja de cambios te cuesta. Solvento mi afición con mi empleo de guardia de seguridad. Soy soltero, así que cada sueldo lo divido entre mis gastos y el coche”. En modificaciones, su automóvil dobla su precio. Y aunque los demás lo juzguen por sus gastos, todo cambió cuando el Hyundai Tiburon entró a su vida.

UNA PETA VELOZ

Es inclemente el sol la tarde de sábado. En la reunión de Infinity, en el Parque de las Cebras, en Sopocachi, los parlantes golpean el aire con reguetón y cada integrante comparte inquietudes con los otros. Entre las piezas que se exhiben destaca una peta blanca de 1986. Su dueño es Andrés Zegarra, de 23 abriles. El vehículo era de su familia y se lo dieron hace cuatro años. Y ni bien obtuvo el bólido, realizó modificaciones. “Comencé con las luces, coloqué stickers y cambié las llantas de aro 14 a 15. Aumenté spoilers, modifiqué los spots. Sigue con el motor estándar, pero está pintado. El sistema de escape es cuatro pulgadas y boca ancha, eso le da más potencia”. Le falta cambiar el aro a 17 y las puertas Lambo, eso cuando haya platita.

Rodrigo Balboa muestra el flamante motor de su Toyota Corolla de 1986.

Aunque el tuning le ha conquistado, su pasión es el pique en cuarto de milla. “Es por la adrenalina que sientes al correr. Mi primera vez fue el año pasado en un evento en La Costanera. No hay petas que corran, pero yo me animé, corrí contra otros autos. Esa vez me fue mal, pero a la segunda logré subir al podio. Mi familia me dice que debería ahorrar, porque es una inversión fuerte, pero es algo que me gusta. Me encanta salir de noche con mi peta, tiene su pinta especial: siento felicidad y alegría”.

MAESTRO DEL SONIDO

Formados en medialuna, los deportistas lucen sus trofeos y sus coches, estos últimos adornados con peluches y cartelones. Hay desde un minibús hasta motocicletas mejoradas. Trofeo en mano está Luis Bautista (30 años) cuyo Subaru WRX STI blanco refleja su pasión por la música.

Le gusta escuchar un buen sonido, que sea potente. “Recuerdo que he armado mi primer audio hace unos 10 años, sin saber. Me salió relativamente bien, pero de ahí me empecé a informar mucho más”.

Para que el equipamiento en sonido funcione se debe contar con un número extra de baterías.  

¿Cómo es un buen sonido? Primero se debe tener un buen sistema, y para que un amplificador cumpla hay que alimentarlo bien. Las baterías estándar no están hechas para estas lides, así que hay que nutrir al coche con dos, tres... hasta 20 unidades, según exija el equipamiento. En mi auto tengo dos amplificadores, dos bajos, dos midbass, dos medios, dos supertweeters y dos trompetas. Funcionan con dos baterías externas y Radio Doble Din”. Para que todo rinda a la perfección, el cableado es vital: debe ser de cobre puro para no perder energía. Además hay que hacer modificaciones como el Big 3, un proceso por el cual se refuerza y mejora la eficiencia y durabilidad del sistema eléctrico del carro, a través de tres cambios de cables, a más gruesos, entre el alternador, la batería y el chasis.

Bautista escucha reguetón y música electrónica, aprovechando el retumbar de los bajos. Eso le ha acarreado algunos problemas con los vecinos cuando prueba una nueva modificación. Tránsito también le ha llamado la atención en algún momento. “Me han querido detener o pasarme el alcoholímetro, como si estuviese bebiendo. Esto es un deporte, una pasión”.

Para las competencias se elige a los ganadores a través de un sonómetro o Term Lab que mide la calidad del sonido, no solo el volumen. Al competidor se le asigna un género musical para la categoría (amateur, intermedio, extremo y open), se pone el equipo de medición a determinada distancia y se debe dejar sonar al tope la canción elegida durante 40 segundos.

 Un minibús ‘tuneado’ con stickers y neumáticos. En su interior se le ha cambiado también los muebles.

Los trofeos tardaron en llegar, pero con mayores conocimientos e inversión, Bautista ya logró cuatro podios. “La primera vez que dijeron mi nombre estaba muy feliz, gané en categoría Intermedia”. Desde entonces el club es su hogar. “Es una segunda familia, es donde puedo ser yo mismo. Sabemos que es dinero botado, no vuelve; si vendes algo jamás te darán el mismo precio. Pero el honor llega cuando ganas un trofeo y subes al podio. Es una felicidad inmensa”.

PEQUEÑO BANDIDO

Cancherísimo es Rodrigo Balboa (22 años), lleva dos años en el club y su joya es un Toyota Corolla 1986. Lo buscó desesperadamente y lo encontró casi tirado en un taller mecánico. Lo compró y se dio a la tarea de resucitarlo. Primero reparó su motor original y cuatro meses después lo cambió por uno de competencia, a inyección electrónica a 20 válvulas y de tapa negra. La idea de eso surgió de un animé,  Inicial D, en el que le cambian el motor al mismo coche y Balboa replicó el proceso. Además modificó la carrocería, cambió la suspensión y desplazó los aros para dar estabilidad y ayudar en las curvas.

“Cuando corro siento felicidad. Cuando estás en la carrera te olvidas de todo: eres solo tú y el auto”. Por eso le dedica las noches a Pequeño Bandido, que es como le llama cariñosamente a su bólido. “Es veloz y no hay como él. Ahora quiero volverlo turbo, pero no encuentro aún el kit para este motor. Calculo que he invertido en él entre 7.000 y 8.000 dólares. Mi mamá me dice que estoy loco, pero me apoya. He ganado en cuartos de milla y ella se puso muy feliz. A veces me acompaña en las competencias con mi papá, es lindo cuando te viene a apoyar tu familia”.

Andrés Zegarra junto a su peta de 1986, con la que ha ganado varios trofeos, como muestra en la fotografía.

La soltería no es un peso para Fabricio Eyzaguirre (25 años): su gran amor es la Yamaha YZF-R6, una moto de 600 de cilindrada. La compró hace dos meses, pero ya corrió y ganó su trofeo de primer lugar. Es negra, tiene filtro de competencia Kyn y le ha hecho modificaciones en el escape y el Power Commander. “Le dedico cinco días a la semana. Siempre la desempolvo y cuando veo un accesorio nuevo, lo hago traer. Me puedo quedar sin almorzar”. A los 5.000 dólares que le costó la moto y los 500 que lleva en las primeras modificaciones, tendrá que aumentar lo que le cueste el equipo de luces láser que le llegará.

Más de una chica le ha reclamado por una atención similar a la que le dispensa a su moto. Pero él no se apega a nadie, tampoco a las máquinas, aunque confiesa que le dolió vender su primera moto, una china, en la que invirtió bastante dinero y que le dio también muchas alegrías.

Este club es el gran orgullo de sus integrantes. Buscan ser los mejores de La Paz y de Bolivia. Son muy activos en web —tienen una página y un grupo en Facebook y un canal en YouTube, con más de 70 videos—, consolidarse con auspiciadores y comprar sus propios equipos de medición de sonido y velocidad. Total, todos sus logros se alimentan siempre de sueños.

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