Escape

Aprendiendo a manejar a los 50

Me inscribí a un curso para aprender a conducir, iba los sábados y domingos.

Foto: www.vial.espol.edu.ec

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La Razón (Edición Impresa) / El Papirri

00:00 / 27 de abril de 2014

Nunca tuve auto, mi papá tampoco, cuando hubo auto en casa no me acuerdo, creo que había chofer y era la época de la revolución nacional, yo llegue en la época de las dictaduras. En primaria estaba la góndola con sus chillidos, escupitajos, coladas de chicle, juego de figuritas en el pasillo y hasta piñas. La ventana de la góndola siempre en nostalgia, dejando atrás al barrio, la libertad, el fútbol, esa ventana llevándome al frío de las aulas, al colegio y su pito, a su orden, su competencia, sus pecados. En secundaria, a pie le cascábamos desde arriiiba hasta mi barrio, a veces un papá platudo nos subía en su camioneta acercándonos alguito. Luego llegó el destierro y de pronto los conciertos, la música, el escenario. Menos mal que nunca manejé porque ya me hubiera matado: hecho a los capos con mi auto saliendo medio yuca de tocar en el Equi o viajando a Cochabamba a velocidades irreparables.

Fue que cumpliendo los 50 que mi entonces jefe me dijo rudamente: Tienes que comprarte auto, hay que recoger a los delegados del aeropuerto. Ya estaba dos años en Quito, el aeropuerto estaba cerca, pero llegaban los delegados sábados y domingos y el fin de semana no había chofer. Entonces me inscribí a un curso para aprender a conducir, iba los sábados y domingos de 09.00 a 14.00 con mi recreo y mucho miedo. Llegaba puntual, ya estaban sentaditos los alumnos quiteños, había como una pista de juguete, gigante,  con semáforos, señalización y varios carritos disfrazados que decían Escuela Aneta. Con cara de cordero degollado esperaba, hasta que uno vestido de guardia gritaba: ¡Monroooy! y me indicaba cuál era el auto que debía manejar. A medio camino me alcanzaba el profesor que siempre estaba de mal humor, entrábamos al auto y empezaban las órdenes. Dábamos vueltas en la carretera de juguete, no se vaya tanto a la izquierda ¡cuidado el semáforo! ¡más recto!…  y para colmo se me apagaba. Luego llegaban las aulas teóricas, todos eran tan jóvenes, unas chicas lindas magnetizadas en su celular me saludaban con las cejas.

Luego de dos semanas vino la prueba de fuego: salir a la calle. Por qué no he aprendido antes, me sermoneaba en mis adentros. Como era fin de semana no fue tan grave, estaba nomás entrenado, hasta pude ser psicoanalista de mi profe que me contaba que su mujer lo había dejado por otro, “es mi culpa, yo le permití ir a las clases del nocturno, yo quería que salga bachiller y ahí se ha conocido con ese man, ahora se fue nomás, con mis dos hijitas me ha dejado”, confesaba lloroso. Entonces, en plena subidita, se me apaga el auto, freno de mano, los huevos de amígdalas, llega el insulto del de atrás:  ¡huevón!… como pues a mí, a un artista nashonal, me quejaba a mi profe que volvía a ser profe en su tensa calma.

Terminé el cursito con una calificación mediana, en el examen final me pusieron a un bóxer con chamarra de cuero que me hizo bolsa. Entonces vino el día de la compra del vehículo, fuimos a la casa de autos y el jefe dijo tienes que comprarte ese. Era un auto grande, plomito, galante. Con la Carito hicimos los cálculos, metimos un pie de billetes y fuimos pagando cuotas dolorosas que mi inspiraron una de las estrofas del Bailecito Terapéutico: “Dios nos libre, amor mío, préstamo bancario, intereses devorando, mi pobre salario…”.

Ahí me veías, como Mr. Magoo, los fines de semana manejando al aeropuerto a buscar delegados bolivianos, a cargar maletas, de allí al hotel, cheking, charlita tensa, llevar a almorzar, devolushon. Luego venía el suplicio del parquear, nuestro garaje clase mediero era chiquitito, entonces llegaron los choques, las puteadas, el pago mensual al seguro, el pago al mecánico, la batería que se acababa, el aceite, el hunter, otra vez pagar el seguro sin motivo, mi mujer chancaqueando el carro, recoger a los delegados los fines de semana y, alguna vez, disfrutar de aquel bólido al que le pusimos de nombre el Picudo por su nariz extrema.

Ahora, por fin, estoy de nuevo sin auto. Vuelvo al taxi de siempre, al colectivo violento, al Trole donde siempre me roban el celular. Pero me siento más yo, menos los demás con sus insultos y su prisa loca. En el bus me acaban de vender un combo: un remedio para el colon y un disco de Víctor Jara, en dos dólares.

(*) El autor es personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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