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Desde Argentina, el abrazo del tango

Exequiel Relmuan y Bárbara Ferreyra están entre las cinco mejores parejas de bailarines del mundo.

Artistas. Los bailarines argentinos Exequiel Relmuan y Bárbara Ferreyra pasaron por La Paz como parte de su gira por América del Sur. Foto: Luis Gandarillas

Artistas. Los bailarines argentinos Exequiel Relmuan y Bárbara Ferreyra pasaron por La Paz como parte de su gira por América del Sur. Foto: Luis Gandarillas

La Razón (Edición Impresa) / Naira C. De la Zerda / La Paz

00:00 / 08 de noviembre de 2017

Exequiel Relmuan descubrió el tango por casualidad. Tenía 20 años cuando salía de trabajar y escuchó música fuerte que venía de algo parecido a un bar en una esquina de Buenos Aires. Entró a tomarse una cerveza y se sorprendió al encontrar toda una cultura de la que después se hizo parte. Cuando Bárbara Ferreyra vio a una pareja bailar tango por televisión, a sus ocho años, decidió que eso era lo que quería hacer el resto de su vida. Cumplió 24 y se fue de San Rafael (Mendoza) a la capital argentina para dedicarse profesionalmente a la danza. Ahora están entre las cinco mejores parejas de tango salón en el mundo y mostraron su arte en La Paz en un profundo abrazo de tango en la pista.

“Ganar el quinto lugar en el mundial de tango de este año fue para nosotros un mimo al alma, un reconocimiento al trabajo y al esfuerzo que uno le pone”, comenta Bárbara. Este evento es la competencia más importante de bailarines de tango en el ámbito mundial, en él se enfrentan más de 500 parejas, divididas en dos categorías: tango salón (o pista) y tango escenario. Se lleva a cabo cada agosto en Buenos Aires, como parte del Tango Buenos Aires Festival y Mundial. 

Si bien Bárbara y Exequiel comenzaron a bailar hace poco tiempo, dos años y medio más o menos, ya han logrado llegar dos veces a la final del mundial; cuatro, si se cuenta cada categoría. Además de ser pareja sentimental, también trabajan juntos en giras, clases magistrales y demostraciones en los diferentes festivales que se realizan en la Argentina y el exterior. “La vida de los bailarines profesionales es bastante movida. Salimos de gira gran parte del año, que es una vorágine, damos talleres, espectáculos y clases privadas. Cuando podemos organizar quedarnos en Buenos Aires un par de meses, ofrecemos seminarios intensivos y nos ponemos a ensayar para las actividades que se vienen, además de dar exhibiciones y claro, salir a milonguear varias veces a la semana”, afirma el bailarín de Sierra Colorada.

Si los meses de gira son intensos, la cotidianidad en la ciudad rioplatense no es tan relajada. Por la tarde, la pareja recibe a los alumnos que buscan mejorar técnicamente con sesiones individuales. Luego ensayan unas tres horas al día, practicando secuencias técnicas y preparando coreografías para festivales y concursos. Las noches son el momento más intenso de la jornada: asisten a las milongas. Esta palabra, con muchos significados en el lunfardo argentino, se refiere en este caso a las reuniones en las que se toca y baila tango y ritmos afines como milonga, tango, vals e incluso candombe o chacarera.

En Buenos Aires existen un sinfín de milongas, con horarios que cubren casi todo el día: matinales, tarde, noche y trasnoche. Los turistas y gente de la tercera edad las prefieren en el día, mientras que los bailarines asiduos salen al ocultarse el sol. “Todavía seguimos conociendo milongas, porque hay muchas y se siguen abriendo, pero tradicionalmente vamos a Salón Canning, La Viruta, Grisel o Cachirulo. Hubo épocas donde salíamos todos los días, pero después optamos por elegir, sobre todo cuando teníamos que ensayar para tango escenario y necesitábamos estar descansados”, cuenta la mendocina.

La milonga y el tango implican mucho más que un baile o un género musical; es toda una cultura. Además de tener una jerga especial, tiene códigos de comportamiento específicos. Uno de los más importantes para Exequiel es el cabeceo. “Es un diálogo con miradas. Cuando quiero bailar con una mujer, no me acerco, primero la miro y si ella quiere bailar conmigo me va a devolver la mirada. Aún así, no la invito de inmediato; escaneo el salón y después vuelvo a mirarla. Si hacemos contacto visual y, con un movimiento de cabeza, le indico que quiero bailar, ella se para y nos encontramos en la pista”.

Bárbara sabe que esta conversación corporal le da poder a la mujer: ella elige si mirar o no mirar. “Es mucho más fácil que cuando tienes que rechazar a alguien que se acerca y te pide bailar, simplemente evitas el contacto visual y listo”.

Pero es el abrazo el centro de esta cultura: la conexión entre dos personas que no necesariamente se conocen y, sin embargo, se entregan uno al otro por tres minutos. “Cuando uno abraza a otra persona se genera un sentimiento y esa es la raíz del tango. Es más que un asunto de técnica, y le tenemos mucho respeto a ese vínculo, pero ver a las personas abrazarse, eso es lo que me atrapó”. Acto seguido, Exequiel toma la mano a Bárbara, ella asiente y se funden en la pista.

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