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Armando Paravicini

Ingeniero mecánico de profesión y cantante de rock and roll en su adolescencia, optó por la carrera automovilística en su adultez, a la que dedicó gran parte de su vida. Apasionado por los fierros.

La Razón (Edición Impresa) / Mitsuko Shimose

00:00 / 24 de agosto de 2014

Dueño de una estación de servicio en Calacoto llamada Paravicini Motor Sport, Armando Paravicini continúa trabajando en su taller a sus 66 años. “Es parte de la pasión por los fierros y el gusto de seguir desarrollándola. Cada vez estoy estudiando más para así dar solución a los problemas que tenemos con los vehículos más modernos”.

Su carrera en gestión deportiva terminó hace un mes, con un mandato de cuatro años en la presidencia del Automóvil Club Boliviano. Previamente ejerció la jefatura de la Asociación de Automovilismo de La Paz por 14 años y se encargó de la Federación Boliviana de Automovilismo Deportivo (Febad).

Eligió estudiar Ingeniería Mecánica en la Universidad Mayor de San Andrés, carrera que le ayudó mucho en la parte teórica; y al mismo tiempo, ingresó a la Escuela Industrial Pedro Domingo Murillo para reforzar la parte práctica, porque con esa pasión que tenía por las carreras quería hacer un auto de competencia, razón por la cual se dedicó a estudiar más sobre la preparación de motores.

Fue en los años 70 que le llegó “la buena racha”, como él la denomina. “Mi estación de servicio empezó a crecer, teníamos muchos clientes y logramos juntar el dinero suficiente para poder comprar mi primer automóvil de carrera”.

Con seis títulos nacionales, Armando dice que para el cuarto título le volvió “la racha de suerte”, ya que la marca Ford lo apoyó y le dio un auto con el que ganó dos competencias anuales consecutivamente. Sin embargo, el 31 de julio de 1983 fue inolvidable en la vida de Paravicini. Corría en la Vuelta a los Yungas, por esos caminos estrechos y con el abismo a un costado. En la subida de Yolosa a Chuspipata entró aceleradamente a una curva ancha y pensó que unos árboles podían frenar al coche. No fue así. No había árboles, solo arbustos. Calculó mal porque la tierra estaba mojada. Entonces resbaló y se salió del camino cayendo 155 metros después de dar muchas vueltas. Abajo, el coche quedó destrozado, al igual que él con varias fracturas que tardaron siete años en curar.

 Durante la época de su adolescencia fue un aficionado de las competencias de motocicletas, siendo su detonante para dedicarse al mundo de las tuercas.

Además de ello fue la segunda voz de un grupo de rock and roll de los 60, conformado por cinco integrantes: eran los Bonny Boys Hot’s o los Jóvenes alegres y calientes.

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