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Arte en pedazos

Los puzzles nacieron a mediados del siglo XVIII como una herramienta para enseñar geografía a los niños.

Mario Murillo Oporto es matemático. De joven se devoró dos libros de álgebra y arma rompecabezas desde la década de los 90. Foto: Álex Ayala

Mario Murillo Oporto es matemático. De joven se devoró dos libros de álgebra y arma rompecabezas desde la década de los 90. Foto: Álex Ayala

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala

11:40 / 14 de marzo de 2016

Cuando alguien llega a la casa de Mario Murillo Oporto —bigote tupido, camisa roja, 79 años— suele recibir un catálogo similar al que consultan los clientes en un karaoke. Mario, sin embargo, no ha recopilado en el suyo canciones de moda. Él ha inventariado obras de más de 50 pintores. En los cuadernillos que ha preparado para las visitas, Murillo hace un repaso de los cuadros que ha colocado hasta en el último rincón visible de su vivienda: en el living, en el estudio, en el distribuidor o en el pasillo. Cuando tiene a alguien al lado, hace gala de sus conocimientos sobre el arte y sus grandes genios: sobre Picasso, sobre Van Gogh, sobre Monet, sobre Velázquez. Y reconoce que su formación como matemático le empujó a armar un registro pormenorizado de todo lo que sus paredes exhiben y cuentan: en ellas, hay 115 reproducciones de distintas épocas.

Los cuadros que este potosino inquieto ha ubicado aquí y allá hasta poblar la mayoría de los tabiques que hay entre cuarto y cuarto en realidad no son cuadros: son puzzles. Puzzles de más de 30 euros y de un dólar y medio. Puzzles de 56, 1.000, 1.500 o 5.000 piezas. Puzzles que ha adquirido en Bolivia, en Chile, en Ecuador, en Nueva York, en Oaxaca y hasta en Chiapas, donde compró un Tutankamón que brilla. Puzzles de empresas con muchísimo prestigio, como Ricordi o Clementoni. Puzzles que nos trasladan al Prado, al Louvre, al Reina Sofía o a la galería Tate de Londres (a todos esos lugares al mismo tiempo). Puzzles que luego encaja en un marco para que nos seduzcan.

Los puzzles (o rompecabezas) nacieron a mediados del siglo XVIII como un instrumento para enseñar geografía a los niños y don Mario todavía los entiende como una herramienta divulgativa, como una manera de emparentarnos sigilosamente con la historia, la mitología o el humanismo. En la escalera que conduce hasta el segundo piso de su domicilio, uno encuentra 32 pinturas que casi nadie ignora cuando las tiene enfrente, como El jardín de las delicias, La maja desnuda o Las meninas. Y casi siempre hay una radio o un tocadiscos que suena cerca. “Yo soy muy aficionado a los compositores clásicos y al folklore —dice Murillo—; y me gusta escuchar música de día y también de noche. Me hace compañía. Ni siquiera la apago para dormirme”, se ríe.

Intención y deseo

La dedicación de Mario por las cosas que le interesan es tan intensa como antaño la de los renacentistas. Cuando era joven, devoró dos libros de álgebra elemental tras un ligero revés académico. “Me olvidé de una fórmula durante una clase en la universidad y me dio tanta vergüenza que decidí que nunca más me vería envuelto en una situación semejante”, me explica mientras tomamos un refresco de naranja a pocos metros de un mural del mexicano Diego Rivera en formato puzzle. En la década de los 60, gracias a su habilidad con los números, obtuvo una beca para especializarse en estadística en el extranjero, y estudiaba “25 horas diarias”, exagera. Y desde hace 20 años se queda a veces hasta la una o dos de la madrugada jugando con los pedazos de sus rompecabezas.

Lo primero que hace este matemático para resolverlos es separar las piezas del borde; luego, divide las restantes en función a los colores que predominan; y a continuación, recurre a una memoria visual bien entrenada para ir uniendo cada uno de los fragmentos con sus parejas. Cuando se halla ante mil o más piezas, organiza varios módulos y trabaja como si cada uno de ellos fuera un rompecabezas independiente. Cuando termina, distribuye todo encima de una base y usa contrapesos para impedir que la humedad del pegamento la doble. Y, finalmente, cuelga el cuadro-puzzle y lo ilumina.

Murillo resume el proceso con dos palabras muy simples: “intención” y “deseo”. “Eso es lo único que importa”, predica. Y después, mientras se mueve a pasos lentos entre las obras que nos rodean, identifica cada una de ellas sin pensarlo mucho, como si se tratara de los miembros de su familia. Algunos de los puzzles que están ahora delante nuestro ya no se producen en serie o son una creación irrepetible (“por ejemplo, dos de la fábrica Ravensburger que fueron pintados a mano”, se enorgullece). Y en otra habitación hay varios de trenes que corresponden a una sola firma: Ted Blaylock. Para comprender que valen bastante más de lo que se pagó por ellos basta con mirarlos con detenimiento (“ver es pensar”, analiza el artista Richard Serra en el catálogo de Mario).

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