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Ascenso fotográfico

El guía de montaña Martín Cocarico ideó un álbum de fotografías para que su familia conociera su trabajo.

Martín mira arriba para ver por dónde puede llegar al pico del Illimani. Foto: Magdalena Tola

Martín mira arriba para ver por dónde puede llegar al pico del Illimani. Foto: Magdalena Tola

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández R. / La Paz

00:00 / 17 de septiembre de 2017

Cuando ofreció sus servicios como montañista en una agencia de turismo de la calle Sagárnaga, uno de los ocasionales clientes lo rechazó por su baja estatura. Y en su comunidad, su madre Jacinta Condori y su esposa Teodocia Aruquipa tampoco creían en su capacidad para este trabajo, que además demandaba mucho sacrificio de su parte. Por ello, Martín Cocarico Condori buscó una fotógrafa que le armara un álbum de imágenes que se constituyera en un recuerdo para sus seis hijos y les pruebe su capacidad en andinismo.

Haber nacido a los 3.940 metros sobre el nivel del mar de Pinaya, en las faldas del Illimani, fue una ventaja. Martín creció en esta población que se dedica a la producción de papa y haba, y desde joven ya llevaba la carga de los escaladores. Al verlos con sus gafas especiales, abrigados y con mochilas grandes, desde colegio soñaba con ser andinista, en especial por los mitos que oía acerca del cerro de manto blanco.

Grietas gigantes impiden continuar la trayectoria hacia el Tuni Condoriri.

Su padre (Francisco Cocarico) dedicó parte de su juventud a la escalada, pero después trabajó como cocinero para un montañista extranjero. Por esa razón, el primer acercamiento del joven a la montaña fue como ayudante. “Llevaba y dejaba los platos, era como mesero”.

Cuando todavía no había cumplido los 15 años, Martín se hizo porteador, es decir el encargado de cargar los implementos de los clientes. Dos años después —cuando había aprendido a hacer nudos, a ponerse los crampones, utilizar el piolet y saber las técnicas de seguridad— se le presentó la oportunidad de hacer realidad su anhelo de subir al nevado paceño.

Las circunstancias de la vida son extrañas. Cuando se sentía feliz, su padre perdió la vida a consecuencia de un accidente de tránsito. “Se fue a su mundo, me dejó casi a los 17 años”, relata en una cafetería de la calle Sagárnaga, donde ahora ya es reconocido como guía de montaña. Por esa y otras motivaciones, su primer ascenso iba a ser inolvidable. Con su pasado de porteador, Martín no necesitó ayuda para la caminata desde Puente Roto —el campo base del nevado— hasta el Nido de Cóndores (5.400 msnm), donde comienza el hielo y se acampa, un lugar del cual se aprecia una panorámica de la ciudad de La Paz, del lago Titicaca y parte del altiplano.

“Cuando he subido a la montaña fue genial, pero cansador. El momento en que llegas a la cima sientes otro clima”, resume su paso por grietas complicadas, como la denominada Camino al cielo, un lugar por el que pocos se animan a transitar.

Este logro fue determinante para que se formara en andinismo, ya que pasó cursos en la Asociación de Guías de Montaña y Trekking de Bolivia (AGMBT) y en la Asociación Andina de Promotores de Turismo en Aventura y Montaña (AAPTAM), aprendizaje que le sirvió sobremanera para que trabaje en lo que le gusta.

Doña Jacinta, Martín y su esposa, Teodocia, en su pueblo Pinaya.

Al Illimani retornó un par de veces, luego conquistó la cúspide del Sajama, el Tuni Condoriri, el Huayna Potosí y el Mururata. No obstante, su experiencia no era suficiente para que los turistas le tuvieran confianza. “Una vez, un cliente me rechazó para que escale con él. Me dijo que era muy chico”, o sea joven, además de baja estatura y complexión delgada.

Ante esas circunstancias notó que en todo el tiempo que llevaba en esta ocupación no tenía un buen retrato suyo, así es que decidió contratar a un fotógrafo que le ayudara a exponer su trabajo como andinista, y que convenciera a su madre y esposa de lo complicado y sacrificado de su labor.

Magdalena Tola conoció a Martín durante un ascenso al Huayna Potosí, donde notó que el guía se destaca “por la seguridad y amabilidad que brinda a sus clientes, algo que no veía en otra gente”. Semanas después se volvieron a ver en el Pequeño Alpamayo, donde Martín le propuso que le sacara fotografías de sus incursiones “porque nunca se sabe qué puede pasar en la montaña”.

La primera sesión la llevaron a cabo en el Huayna Potosí (6.088 msnm). Como “todas las montañas, fue complicado”. Magdalena aclara que no solo debía llevar sus implementos de montañismo, sino que también tenía que cargar la cámara fotográfica y los lentes. De aquella primera faena resultaron 120 imágenes, de las que consideró 20 que tenían los colores, texturas y calidad que había buscado.

Continuaron con el Pequeño Alpamayu, el Tuni Condoriri y el Illimani, donde además de paisajes imborrables y jornadas agotadoras, cultivaron confianza y una amistad que va por su segundo año.

“Para mí es como parte de la familia”, comenta Martín sobre Magdalena, a quien invitó a que llevara el álbum de fotografías a su casa en Pinaya. Después de dos años de aventuras y desventuras, la fotógrafa llegó al pueblo natal del escalador, quien invitó a la cita no solo a su madre, su esposa y sus seis hijos, sino también a sus hermanos y vecinos. En la intimidad de su casa, Martín y los suyos se juntaron en torno al álbum con las imágenes de sus ascensos. En ese momento, su mamá lloró de alegría y le prometió que le iba a ayudar en todo lo que pudiera. También había videos que causaron alegría en sus hijos. Sin que lo planeara nadie, la presentación de fotos se convirtió en una fiesta que probó que aún hay quien debe ver para creer.

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