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Ayllu del arte, refugio cultural en El Alto

Músicos. (De izquierda a derecha) Ricardo Illanes, Marco Ancasi, Waldo Hilario, Daniel Rodríguez y Jhurian Herrera en la foto promocional de su cuarto disco ‘El sonido de los andes’, que se publicó solo en Alemania con el título ‘Klänge der anden’ en 2005. Foto: archivo K’alaqaya

Músicos. (De izquierda a derecha) Ricardo Illanes, Marco Ancasi, Waldo Hilario, Daniel Rodríguez y Jhurian Herrera en la foto promocional de su cuarto disco ‘El sonido de los andes’, que se publicó solo en Alemania con el título ‘Klänge der anden’ en 2005. Foto: archivo K’alaqaya

La Razón (Edición Impresa) / Luis Flores

00:00 / 28 de mayo de 2017

Un Santo santo sonaba cuando Úrsula Knauer, una monja alemana que residía por primer año en el El Alto, entró aquel domingo de 1997 en la parroquia Sagrado Corazón de Jesús en Villa Dolores. Ella vio a cinco jóvenes artistas entregados a la guitarra, la quena, el charango y el bombo. Entonces se enamoró de la música boliviana.

Mauricio Peñaranda, Miguel Quezada, Waldo Hilario, Carlos Patzi y Marco Ancasi integraban aquel grupo que musicalizaba la liturgia, que con el apoyo de la religiosa un año después fundarían el grupo K’alaqaya, agrupación que este 1 de mayo celebra 16 años de abrir las puertas del Centro Cultural K’alaqaya Ayllu. Unas calles antes de llegar al ayllu, como ellos lo denominan, se escuchan las quenas de un grupo autóctono. Los invitados y amigos bailan en círculo alrededor de los músicos. Marco Ancasi, el único de los fundadores que aún participa activamente, camina con una bolsa de coca en la mano, sube las gradas de la casa K’alaqaya de dos pisos, abre la puerta del estudio donde ensayan y recuerda con nostalgia que todo se inició en la iglesia del barrio.

En aquel entonces, los jóvenes, además de tocar la música ceremonial, deseaban interpretar otro tipo de canciones. “Siempre había la inquietud de tocar nuestra música, después de la misa le metíamos unas cuequitas, unos huayñitos, pero las señoras nos criticaban”, cuenta Ancasi, quien sorbe un mate para calentar la garganta porque después cantará con los actuales músicos de K’alaqaya por el festejo.

El Centro Cultural K’alaqaya Ayllu.

  • Aleluya

“Empezamos a adecuar la música, un Aleluya en huayñito, por ejemplo”, rememora sobre las formas que buscaron para seguir con su música en el templo. “Queríamos hacer festivales de música, pero encontrábamos freno en la iglesia que solo quería música religiosa”. Esa fue la razón que los impulsó a buscar otro lugar donde hacer su música sin barreras, en libertad.

La monja Knauer, quien se convirtió en la protectora e impulsora del conjunto, les propuso ensayar en su casa temporalmente. “Ella se enamoró de Bolivia (…) nos animaba a tocar nuestra música, música boliviana”, dice Ancasi, mientras afuera se escucha a la Murga Dragón, otro grupo que se cobija en el centro.

Con el apoyo de la novicia, los cinco músicos y Ricardo Illanes que se sumó al conjunto en 1998, decidieron crear un grupo folklórico. Un 1 de mayo del mismo año viajaron a Tiwanaku a buscar un nombre que los identifique. Al ver las ruinas de esta milenaria cultura les nació la idea de conjugar dos voces aymaras. Kala que es piedra y lacaya, ruinas. “Como estas ruinas de piedra vamos a seguir parados pase lo que pase, con nuestra cultura”.

La monja Knauer tomó hacia 1999 la decisión de buscarles un lugar propio. Para conseguir el espacio, la religiosa se prestó dinero para viajar a Alemania a recaudar fondos. “Ella ya tenía la idea de un centro cultural. Nosotros estábamos pensando en ensayar, en tocar, pero ella ya la tenía clara. Un día vino y nos propuso viajar para recaudar fondos. Obviamente aceptamos encantados”. Con un casete en aymara —que grabaron de forma artesanal—, sus instrumentos y su sueño, los jóvenes partieron a Europa, donde tocaron en espacios que guardan relación con la Iglesia Católica.

Con el primer dinero recaudado compraron instrumentos de mejor calidad y también se empezó a ahorrar para la casa. En seis viajes realizados los siguientes años pudieron captar más fondos en países como Bélgica, Francia, Suiza y Austria. En el festejo, mientras Ancasi prepara su instrumento, ingresa al estudio Illanes y ambos recuerdan lo mucho que lucharon por conseguir la casa que compraron en 2001 con cerca de $us 50.000. En el pequeño salón, que está en la planta baja, donde realizan proyecciones de películas bolivianas, conciertos, presentaciones del ballet y otras actividades, ahora toca un grupo folklórico integrado por músicos de varias agrupaciones que se encontraron en el ayllu y decidieron participar del homenaje por su aniversario. Ancasi e Illanes esperan su turno para tocar temas de su disco Thujrumpisay, cuya canción principal habla de un abuelo que le enseña a un niño a bailar. “Esa es la filosofía del ayllu, lo que nosotros sabemos tenemos que dejar a los que vienen”, dice Illanes, mientras prepara su bombo, platillos y la matraca para la morenada Octubre de El Alto, que se compuso después de los conflictos sociales de 2003.

Para enseñar a los niños y jóvenes, los artistas decidieron formarse en instituciones musicales. “Entramos al Conservatorio Plurinacional de Música. No todos, pero sí varios”. Illanes y Ancasi también estudiaron educación alternativa.

“El ayllu y el grupo musical siempre hicieron actividades sociales por la unión que existió desde el principio con la Iglesia Católica. “Le dimos un nuevo camino al K’ala, también buscando los cambios sociales”, comenta Illanes. Por eso, la primera actividad que hicieron fue una cena navideña con indigentes de El Alto en 2001. Ese año, Ancasi compuso el tema Manuel, que narra la vida de un niño alteño de la calle.

Debido a los conflictos sociales de El Alto, la escuela de artes sufrió problemas y su constancia se veía interrumpida. Los estudiantes de esta institución artística no sabían dónde ir cuando la misma cerraba. “Siempre acogíamos a los jóvenes, venían con sus violines y nos decían: ‘¿Podemos ensayar aquí?’”. “Yo fui al K’alaqaya para armar un grupo. Fuimos a buscar músicos para viajar a un concurso en Tarija en 2015, porque al centro van muchos cuates que practican diferentes instrumentos”, comenta Jorge Armando Arce, cantante de música chaqueña que ensaya en el centro. “Es una casa donde todos se entienden; y se desentienden del mundo de afuera. El aporte del centro para la población es de artistas. De alguna forma como que el K’ala te da una ideología, una filosofía de vida”.

Viajes. (De izquierda a derecha) Integrantes del grupo: Ricardo Illanes, Marco Ancasi, Stefani Harrerel —amiga del grupo—, Daniel Rodríguez, Elio Choque y Jhurian Herrera en París, Francia, en 2008

  • Talleres

El centro cultural se dedicó además a dar talleres de guitarra, charango, canto, aerófonos andinos, grafitis, pintura, teatro y otros. “Nunca le cerramos la puerta a nadie. Este es un espacio para refugiarse, vienen a tomar un café aquí y a hacer arte”, dice Ancasi alistando sus zampoñas.Elio Choque es el actual guitarrista del grupo, formado en el Conservatorio Plurinacional de Música, y otro de los miembros antiguos que entró en 2003 para apoyar activamente al ayllu. Choque entra al estudio con su instrumento en la mano para anunciar que el siguiente número de la velada de celebración son ellos.

Antes de salir al escenario, Ancasi comenta que el centro es autosostenible, que se mantiene gracias a los aportes de los jóvenes y al alquiler del equipo de sonido que tienen, entre otras actividades que realizan para captar recursos. “No vamos a sacar plata de esto, nada. Hasta ahora Elio, Ricardo y yo nunca hemos ganado nada. Si pensamos vivir de esto estamos mamando, estamos en el lugar equivocado, dijimos”. Hace cuatro años se cuenta con voluntarios de la cooperación alemana, que apoyan trabajando seis horas al día, apoyando y organizando las actividades.Ayllu K’alaqaya, en la ciudad altiplánica, sigue de pie como esas “ruinas de piedra” que miran imponentes desde la ciudad milenaria de Tiwanaku. Su trabajo no terminó al conseguir la casa y su esfuerzo es constante porque día a día abren las puertas de tres de la tarde a nueve de la noche para que los artistas alteños tengan un refugio. Y lo seguirán haciendo.

“Hasta que las fuerzas nos lo permitan y más. Seguramente nuestros hijos e hijas van a continuar con esto”, confía Ancasi y baja las gradas al escenario junto a Illanes, Choque y los músicos que ahora tocan con ellos. Las canciones ya no son religiosas, la música que suena es boliviana y en su mayoría composiciones. Knauer ya no está en Bolivia (retornó a su país en 2011), pero la convicción por el arte es la misma que existía en esa misa de 1997.

Niños de una escuela alemana bailan con la música del conjunto en el primer viaje en 1998.

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