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BLU, el arte de la pastelería casera

Un nuevo rincón en la zona Sur ofrece cápsulas de café de alta gama y masitas.

Mario Piñeiro y su esposa, Olivia Molina, son arquitectos y dueños del local ubicado en la calle René Moreno. Abre de lunes a viernes, de 09.30 a 12.30 y de 14.30 a 19.30. Los sábados, de 10.30 a 12.30 y de 15.30 a 19.30. Foto: Alejandro Álvarez.

Mario Piñeiro y su esposa, Olivia Molina, son arquitectos y dueños del local ubicado en la calle René Moreno. Abre de lunes a viernes, de 09.30 a 12.30 y de 14.30 a 19.30. Los sábados, de 10.30 a 12.30 y de 15.30 a 19.30. Foto: Alejandro Álvarez.

La Razón / Gemma Candela

00:00 / 30 de diciembre de 2012

Es un pequeño y apacible rincón en el que se puede tomar un café diferente, mientras se disfruta de pastelería casera. Desde la calle, a través de los cristales, se ve el blanco del local pero, lo que más llama la atención, es lo que hay en el mostrador y dentro de las pequeñas urnas, también de material traslúcido: brownies, cupcake o tortas (la oferta cambia cada día) que están pidiendo a gritos que alguien los ingiera. Es Blu, un rincón ubicado en la planta baja de un edificio de vidrios negros al final de la calle René Moreno, en el barrio sureño de Calacoto.

Tres mesas cuadradas de madera a las que pueden sentarse una o dos personas en sillas amarillas, y un sofá, también de madera con acolchado blanco, componen el mobiliario para los comensales que quieran quedarse a tomar su bebida y su masita, acompañados por música tranquila, si bien muchos clientes piden para llevar.

El menú de cada día

La pizarra, en la calle, anuncia el menú que puede también consultarse en la página del café en la red social Facebook: desde tartas saladas y cuñapés, a masitas y tartas de tres leches, de frutos silvestres, cheescake (pero no sólo la típica, sino también recubierta con chocolate o limón). Todo sale de las manos, y del horno, de Olivia Molina, dueña del café junto a su esposo Mario Piñeiro.

Años atrás, él probó un café boliviano que le cautivó. Cuando abrió la cafetería, pensó en recurrir a ese producto nacional, pero descubrió que se hace sólo para exportar. Entonces, decidió ofrecer algo diferente, y optó por una cafetera que funciona con café que viene en cápsulas de aluminio, que evitan que se pierda el aroma y el sabor (este tipo de embalaje y la cafetera necesaria todavía no se distribuyen en Bolivia).

El cliente elige el tipo de café, por ejemplo un expreso o un descafeinado, los camareros calientan el agua de la cafetera, introducen la cápsula del sabor deseado, seleccionan la potencia adecuada y específica para la variedad y, en apenas unos segundos, de la taza servida sale un humeante y apetecible aroma.

Blu abrió hace dos meses, tras una larga gestación. Primero, Olivia y Mario terminaron sus estudios de Arquitectura; luego, se fueron un año a Buenos Aires, donde ella asistió a clases intensivas de gastronomía; después, la dueña hizo una breve escapada para seguir un curso en la parisina escuela Le Cordon Bleu.

Pero la idea viene de mucho antes. “Ella ha tenido buena mano desde chica”, suena un orgulloso Mario. Siempre le gustó cocinar e imaginó abrir un pequeño café en el que ofrecer repostería casera. Su marido, sin embargo, dice que no se mete mucho entre fogones, a lo sumo, prepara un ají de fideo, que le sale rico, “eso sí”. Y ni siquiera es amante del dulce, por lo que resulta un buen empleado en su propio negocio, que logra no tentarse con un bocado de las delicias que vende.

A su regreso a Bolivia, el matrimonio combinó gastronomía con arquitectura (todavía tienen algunos encargos, especialmente él) con el servicio de catering para rodajes cinematográficos. Así estuvieron alrededor de dos años, hasta que nació Azul, su hija, “el motor de todo esto”, cuyo nombre inspira el del negocio: blu es azul en italiano.

En el local, “la pastelería es entendida como artesanía”, define el dueño. Pero, además, en las estanterías de la pared del fondo, pintada no en azul como se podría pensar, sino en el mismo tono verde que el logo del local, la pareja tiene a la venta algo más que alimentos. Hay libros, sobre todo de cuentos, y libretas, que trajeron de Buenos Aires, así como muñecos y adornos para el cabello y la ropa realizados por artesanos bolivianos. En los estantes hay también libros de la madre de Olivia, la desaparecida poeta Blanca Wiethüchter. La idea es atraer con el café y ahí nomás promocionar la obra de creadores nacionales.

La arquitectura es la que está abandonada por ahora; pero “la cocina tiene mucho que ver con hacer una maqueta”, asegura Mario y hay que creerle.

Internet les ha ayudado a promocionarse, pero también el boca a boca; de hecho, muchos clientes no son casuales transeúntes. Una vez en el local, la impersonalidad de la red es sustituida por el buen trato. “El mundo está muy acelerado; ir a un lugar y que te atiendan bien, te puede cambiar el día”, y tal posibilidad es la que cabe esperar en Blu.

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