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MIGUEL BOSÉ

Vuelve tras ser papá con ‘PAPITWO’

El País de Madrid / Luz Sánchez-Mellado

00:00 / 19 de agosto de 2012

Miguel Bosé es un hombre nuevo. Estrena paternidad, casa, disco, vida. Tras un retiro de un año para cuidar a sus hijos, vuelve a escena más blindado que nunca con Papitwo.

Miguel Bosé —polo raído, pantalón de pijama, mandilón de faena— está con las manos en la masa. Se le reconoce de lejos en el hombretón que se afana en la cocina de su casa. Para llegar a él hay que atravesar una planta diáfana dividida en ambientes variopintos, todos enormes, a escala del inmenso contenedor de hormigón y cristal que los alberga. Un gimnasio, racimos de divanes en corro, una pajarería con aves diversas, un corralito infantil con valla de madera y suelo de goma, una mesa de comedor con profusión de sillas alrededor. Y al fondo, a la izquierda, como el corazón de esta nave varada en esta finca madrileña, la sala de máquinas donde el amo de la casa está condimentando un rosbif que abulta sus buenos dos kilos. Sentados en torno a la isla central o repartidos por la casa y el terreno, los probables comensales del festín. Al menos media docena de amigos, asistentes y empleados del cocinero, además de otra docena de caniches que se enredan entre los pies de la concurrencia como un tropel de peluches vivientes. Se oyen ladridos, trinos, risas. Huele a comida, a especias, a colonia de bebé. A vida.

Ésta es la guarida de Miguel. El refugio donde Bosé, la estrella del pop, el creador de himnos de tres generaciones, el famosísimo hijo de su legendario padre y su mítica madre, el tantas veces elegido hombre más deseado de España, el influyente artista con 35 años de carrera, deja de ser Papito para convertirse en padrazo.

A los 56 años, después de uno “sabático” en el que desapareció para cuidar a sus hijos recién nacidos, Miguel Bosé vuelve a escena como un hombre nuevo. No sólo estrena la gira y el disco Papitwo, la segunda entrega de la saga Papito, una colección de clásicos de su repertorio interpretados junto a lo más granado del pop latino. También esta casa, terminada de construir hace un año sobre el lugar que ocupó el histórico hogar del clan Dominguín-Bosé en Somosaguas. Justo a tiempo para recibir a Diego y Tadeo, sus mellizos gestados mediante vientre de alquiler. Dos criaturas que deben de estar ahora con sus niñeras en algún lugar fuera de la vista, pero cuya presencia lo impregna todo.

Bosé ha citado aquí para la entrevista. Tiene un nuevo trabajo que presentar. Por eso se expone a los medios. No va a hablar de su pasado, ni de su familia, ni de su vida. De su gira, de su disco, de su carrera, lo que sea. De su paternidad, hasta donde crea oportuno. De Bosé, todo. De Miguel, nada. La distinción es suya. Miguel es la persona. Bosé, el personaje.

“Ocurre que nací famoso. No conozco el anonimato. Por eso, desde muy pronto establecí un sistema de compartimentos para desviar la atención sobre mi trabajo y proteger mi zona privada, mi refugio del alma. Que después de 30 años te pregunten sobre tu infancia con Picasso y Visconti… ya vale. Y luego, todas las cosas que tienen que ver con uno, son de uno, y todo lo que sea intentar meterse con esa excusa tan irrisoria de que la gente quiere saber, es una intrusión y un acoso intolerable”, arguye si se intenta replicarle. Ésto es lo que hay, dice sin decir, clavándote los ojos. Puede que, a estas alturas, Bosé domine su oficio como nunca. Puede que Miguel, como dijo en aquel tuit sobre sus niños, sea “el hombre más feliz de la tierra”. Pero también se muestra más blindado, hermético e impenetrable que jamás. Al menos, con los extraños.

A un palmo, el rostro, la voz y la mirada que han enamorado a tantos a lo largo de tantísimos años, se revelan tan atractivos como hoscos a ratos.

— Al acabar la gira de Papito dijo que cerraba un ciclo. ¿Por qué vuelve con Papitwo?

— Papito fue muy rentable para todos. La gente iba a escuchar la banda sonora de su vida. Eso deja hambre. Es lógico que la industria quiera repetir el éxito. Yo también me divertí mucho, y por todo eso, dije que sí a su propuesta. También es cierto que a mitad del año sabático que tomé, ya había cogido la mecánica de uso de la paternidad, todo se hacía fácil y empezaba a buscar cosas que me ocupasen los restos de tiempo que me deja. No sé estar quieto.

— Dicen que siempre quiso ser padre.

— En absoluto. Esa necesidad me surge hace poco. Quise ser padre porque… Porque no sabía por dónde complicarme la vida [ríe]. No, no sé. A algunos no les surge nunca. A mí me surgió tarde. Y cuando estuve listo para empezar el camino, apareció el problema de la casa. Había derribado la antigua, vivía en un sitio provisional. Y quería entrar en mi casa nueva con mis hijos. Arranqué la obra de la casa y el proceso para tenerlos al tiempo.

— O sea que fue una gestación múltiple.

— Sí, y también compuse y salí de gira con Cardio. De hecho, Cardio es el corazón, la vida, el latido que yo oía. Me sentía fortalecido. Quería que mis hijos vieran a un papá en forma, me puse a dieta, perdí 25 kilos. Todo el mundo especulaba sobre a cuántas lipos me había sometido y quién me había hecho el lifting. Invenciones. La alegría es mejor que cualquier lifting.

— A ese afán por preparar cuerpo y casa para los hijos lo llaman síndrome del nido.

— Sí, pero los hombres no tenemos eso.

— ¿Se sentía embarazado? Algunos padres verbalizan así el sentimiento de espera.

—  No voy a contar nada de eso.

— ¿Cómo vivió el proceso hasta ser padre? ¿Tuvo momentos de bajón?

—  No, nunca. Llevamos media hora hablando de los niños, vale ya.

— Colegas suyos como Ricky Martin han presentado a sus hijos. En su entorno hay quien le aconseja que haga lo mismo para neutralizar el interés de ciertos medios.

—  Ya. Se acabó. Basta.

Otra vez. Una corriente helada emana de Miguel como un cordón sanitario antiintrusos que paraliza al interlocutor. Cuesta retomar el hilo de la entrevista, que tiene lugar después de la sesión de fotos, y que ha ido como la seda. Ahí sí, Bosé lo da todo. Él mismo ha traído la ropa de su armario. “Es difícil que algo me caiga bien. Casi todo me lo hago a medida”. Así vestido, y peinado y maquillado por los expertos que ha solicitado con nombres y apellidos, el cincuentón alto, corpulento y algo desastrado que ha llegado a primera hora —“así como en casa”— con un polo y vaqueros anchos, resulta una presencia poderosa. Bosé en estado puro. Se planta ante el objetivo y le ofrece un vasto repertorio de escorzos, posturas y caras demostrando un absoluto dominio de su rostro y su cuerpo.

Lleva desde los cuatro años ejercitándolo.

“Miguel es extremadamente sensible y frágil y tierno. Todo le hace daño, todo le afecta, por eso se pone la coraza. Pero es una armadura falsa, típica de alguien que se ha tenido que blindar para sobrevivir. Yo he paseado con 19 años con él por Milán y hemos tenido que refugiarnos en Armani porque las chicas se le tiraban a la yugular. Esas pasiones que ha levantado desde siempre, y que a veces han derivado en patrañas que le han herido en lo más hondo, le han curtido. Hay cosas de las que no le da la gana hablar, y hace muy bien”. Habla Elena Benarroch, una de las amigas del alma de Miguel, un tipo con infinidad de conocidos, pero sólo un puñado de íntimos. Se conocen desde niños, cuando coincidieron en los primeros setenta en el Liceo Francés de Madrid, y su complicidad sigue intacta.

La chica judía nacida en Tánger y el chico medio español, medio italiano, nacido en Panamá, congeniaron de inmediato. Eran los modernos, los cosmopolitas, los rebeldes del colegio. Ya entonces, Miguel era el centro de atención. “Siempre ha tenido luz, nació con estrella, como su padre. Cuanto mayor es, más se parece a él”, dice Benarroch. Entre los divinos cachorros de la burguesía ilustrada y laica madrileña, era el divino por excelencia. El primogénito de Luis Miguel Dominguín y Lucía Bosé, el torero y la actriz, la pareja más glamurosa y menos convencional de la época. Miguel era un líder nato. Criado en un hogar —Somosaguas— en el que los niños que iban a merendar podían ver, en efecto, a Picasso o Visconti, viejos amigos de la casa, alternando con los mayores. En el que el padre y la madre, dos personalidades arrolladoras, cada una en su estilo, estaban de viaje a menudo. Pero en el que siempre, antes y después de la tormentosa separación de ambos cuando Miguel tenía 12 años, estaba la tata Reme, una mujer sencilla y austera, que a la vez que se desvivía por los niños Miguel, Lucía y Paola, los llevaba más derechos que una vela.

Currículum desde los 4 años

Así creció Miguel. Un chico con los pies en la tierra y pájaros en la cabeza. Tomando clases de danza desde los cuatro años. Devorando, en español, italiano y francés, cómics y libros de biología marina. Diseñando y construyendo mecanos. “Buscando un mundo propio en el que evadirme”, evoca él. “De ahí me viene la fascinación por las palabras y la arquitectura. Hice letras porque no me daba la nota en física y matemáticas. La única ciencia a mi alcance era la construcción de palabras, de acordes, de canciones. Ahí nació toda esta historia”. No en vano Bosé es, según quienes le conocen, el producto de la casa, la educación y el talento innato de Miguel. Pero, sobre todo, de su voluntad. Fue él quien, a los 16 años, después de que a los 13 su padre le negara el permiso para aceptar la oferta de su padrino, Luchino Visconti, para encarnar al bello Tadzio de Muerte en Venecia, decidió volar del nido.

Estudió teatro y mimo en Londres. Arte dramático en Estados Unidos. Viajó por el mundo. Debutó como actor en películas italianas y españolas. Publicó sin pena ni gloria un disco con Camilo Sesto. Hasta que, en 1977, dio la primera campanada de la larga serie que le ha traído hasta aquí.

El video está en Youtube. Da gusto verlo. Separados desde una década atrás, unos orgullosos y guapísimos Luis Miguel Dominguín y Lucía Bosé acuden desde mesas distintas de la sala Florida Park a Esta noche, fiesta, el programa de José María Íñigo, para apadrinar el bautismo televisivo de su hijo Miguel. Un chaval de 19 años con el regio perfil de su madre —Miss Italia 1947— y la silueta torera de su padre —ídolo de las plazas en los cincuenta y sesenta— interpreta lánguidamente Linda embutido en un conjunto de camiseta y pantalón en satén azul eléctrico.

“Era sobrenatural. Bellísimo, tierno, arrebatador. Entonces representaba la libertad. Lo prohibido, permitido. Fue valiente y lo arriesgó todo. Fue libre, le plantó cara a su padre y siguió caminando sin contemplaciones. Fue listo, y aprendió. Tenía la mochila y la agenda bien surtida por su casa, pero fue él quien creó su estilo. Fue mucho más que la Movida antes de la Movida (movimiento contracultural madrileño)”, rememora su amiga la periodista Mercedes Milá, testigo personal y profesional de esos años.  Fue a ella, en su programa De jueves a jueves, a quien Bosé eligió para negar, como se publicó, que padeciera sida —“no voy a ser cómplice del terrorismo del corazón”, espetó— y para decir alto y claro: “Nunca he ocultado a la mujer que llevo dentro. Ni la sensibilidad que se me ha dado y en la que se me ha educado. Me han llamado maricón, me han escupido. Pero aquí estoy, como el ave fénix, resurgiendo cada mañana”. Fue lo más cerca que ha estado nunca Miguel de entrar ni salir de ningún armario. Fue el día de su 30 cumpleaños.

Cuidado con los kilos

Aquí y ahora, Bosé devora rollito tras rollito del pavo que ha pedido para no caer en la tentación de la bollería del catering. No tuvo problemas de peso hasta los 47 años, informa con precisión milanesa. Pero desde entonces, el divo del pop, el cocinillas, el hombre de negocios con una firma de jamones ibéricos en Badajoz, tiene que mirar lo que come si no quiere repetir los 109 kilos que llegó a pesar antes de su dieta prepapá.

“De mi clase en el Liceo, la mitad están muertos. Y los otros nos hemos buscado y creado nuestro sitio, porque no teníamos referentes”, evoca sobre su generación, a la que retrató en Bravo, muchachos. “Éramos una manada de caballos appaloosa a la que abrieron el cercado y salió en estampida. Nos diezmó la droga y el sida, el peaje por estrenar la democracia y la libertad. Yo tuve claro cuál era mi camino y de dónde quería sacar las experiencias, y no era ése”. La música, el cine, el teatro, los viajes, las personas. De ahí quiso, y quiere, obtener placer y energía. La historia de sus amores, sus alegrías, sus tristezas y sus desengaños forma parte, obviamente, de su zona de exclusión al público. Pero si le preguntas si ha sufrido, responde: “He pasado momentos duros, durísimos, horribles. Pero en mi sistema no tengo activada la autocompasión.

Éste es el país en el que se sufre por todo. Pues bien, yo no tengo esa educación. Lo he pasado mal, fatal y peor. Pero nunca nada me ha dejado paralizado en ese llanto”.

Se refiere, quizá, a sus crisis personales entre éxito y éxito profesional. A la muerte de su padre pocos años después de que, ya adulto, se reencontrara con él y empezara a ver al fascinante Luis Miguel Dominguín a través de sus propios ojos y no los de su madre, Lucía Bosé, una fuerza de la naturaleza y una mamma italiana de manual. Esa clase de amorosa y absorbente madre cuya omnipresencia puede llegar a ser tan agobiante para un hijo como para romper amarras con tanta determinación como certeza de que volverán a anudarse. Quizá sucedió todo eso antes de que Miguel decidiera un día derribar la casa familiar de Somosaguas e irse al bungalow de la piscina. El refugio donde le surgió la llamada de la paternidad real, poco después de haberse reinventado como Papito de la nutrida prole de colegas —de Juanes a Alejandro Sanz, de Pablo Alborán a Juan Luis Guerra— que le consideran como tal, y acuden en cuanto les llama.

Ana Torroja es una de las fijas. La que fuera “fan total” de Bosé antes de convertirse ella misma en estrella con Mecano, confiesa que le debe dos cosas a Miguel, con el que realizó la gira Girados: “De él he aprendido a decir no, y a no tener miedo a equivocarme. Admiro su creatividad, su capacidad de reinvención, de dosificarse, de alternar proyectos comerciales con otros más arriesgados. Y, sí, puede ser intimidante. Pero es uno de los compañeros más generosos que conozco”.

En el estudio, Bosé se muestra, por fin, algo más relajado. Confiesa que hace cinco años que no lee los periódicos porque se sintió “intoxicado por tanta opinión y amarillismo”. Que está explorando otras formas de ofrecer su producto, dado que “la industria musical está muerta”. Admite su aura de soberbio: “Un amigo me llama estajanovista” y reconoce el hielo que provoca alrededor cuando despliega su escudo: “Puedo ser violento, sí, pero es mi vida”.

— ¿Cómo se ve en el espejo?

— Veo a un hombre de 56 años que ha entendido su vida y la vive con coherencia. La que deriva de sus necesidades, sus pasiones y su único patrimonio, sus ideas. Todo lo que pasa en mi cara son trazos de vida. Ni rastro de cansancio ni aburrimiento. Eso lo tienen quienes pasan por el quirófano. Yo no.

He aquí el Bosé que presenta Papitwo, otra muestra de su pasión por la palabra, otra pirueta mercadotécnica, la enésima reencarnación pública de un hombre nuevo por dentro. El padre clueco de Diego y Tadeo. El que busca y no encuentra una tata Reme para ellos. El amigo al que hay que sacar con fórceps de casa porque bastante cine tiene dentro con sus niños. El que guisa para todo el que se presente. El nuevo patriarca Bosé, con permiso de la reina madre Lucía. “Vale”, concede. “Soy el rey de mi casa, el príncipe de mi universo, el patriarca de mi familia y Papito para mi gente de la música. Mis hijos son mi prioridad. Ahora, cuando hago algo, sé por quién pelearlo.

Tengo una ilusión enorme por dejarles ciertas cosas y que sepan que desde que llegaron todo fue por ellos”.

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