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Bailando contra la adversidad

Parejitas!, ¡Un, dos, tres!”. “¡Salto de burbuja!, ¡Un, dos, tres!”. Son niñas de entre tres y diez años que se mueven al ritmo de la canción Mariana Mambo, de Chayanne, en una clase regular de la Academia de Folklore Nacional y Bailes Modernos Andanza Pedro Poveda, en el barrio de Villa Armonía de la ciudad de La Paz.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández Ríos

00:00 / 19 de octubre de 2014

Parejitas!, ¡Un, dos, tres!”. “¡Salto de burbuja!, ¡Un, dos, tres!”. Son niñas de entre tres y diez años que se mueven al ritmo de la canción Mariana Mambo, de Chayanne, en una clase regular de la Academia de Folklore Nacional y Bailes Modernos Andanza Pedro Poveda, en el barrio de Villa Armonía de la ciudad de La Paz.

Este proyecto artístico, que ya cuenta con 20 años de historia, ha logrado influir en una zona donde se presentan problemas de drogadicción y alcoholismo, y donde suelen pulular pandillas violentas.

Marcelo Cueto, director de Andanza Poveda, recuerda que él, María Inés Mendoza, Marisabel Mendoza y Angélica Oros, estudiantes del colegio Pedro Poveda, se presentaron en una hora cívica por el Día del Maestro, el 6 de junio de 1995, con el único fin de bailar, sin adivinar que desde ese momento iban a emprender una aventura que creció hasta tener presencia en gran parte de la zona este paceña.

“Estábamos entre segundo y tercero medio, y nos habíamos apasionado por hacer baile. Algunos iban a bailar a un ballet, trabajaban de manera más disciplinada, pero cuando vieron a amigos que querían bailar y que no tenían los recursos económicos necesarios, decidimos crear una academia en el colegio”, rememora Cueto, quien resalta que Andanza salió de las aulas del colegio para ampliar sus actividades en el Centro de Formación Waliña, y en centros de enseñanza en la zona Germán Jordán, Cuarto Centenario, Kupini, San Antonio y parte de Villa Litoral, con aproximadamente 120 estudiantes, entre niños, jóvenes y adultos, de ambos sexos.

Han pasado cientos de niños y jóvenes que hallaron en muchos casos solución a sus problemas. Es el caso de Wilfredo, quien desde su niñez mostró tener aptitudes para ser un buen futbolista, pero un accidente de tránsito lo privó de seguir practicando este deporte e incluso caminar con normalidad. Entonces, el médico que lo atendía le dijo que ya no iba a tener la habilidad de antes, por lo que le recomendó hacer fisioterapia o inscribirse en un ballet para entrenar las extremidades.

“Cuando convocamos a un examen de aptitudes para un nuevo curso de baile, desde un rincón apareció un joven tímido que contó que quería aprender a bailar”, recuerda Marcelo, quien añade que al saber su historia le dieron todo su apoyo.

Como muchos de los que inician el aprendizaje de baile, Wilfredo era arítmico, lo que se dificultaba con los problemas causados por el accidente. Sin embargo, con el transcurrir del tiempo y sobre la base de esfuerzo, recuperó gran parte de su habilidad para caminar e incluso formó parte de otra academia de danza.

“Para nosotros fue un reto armar este ballet porque teníamos que pelear con los problemas sociales y teníamos que buscar que este proyecto no terminase de un día para otro, sino que tenía que impactar y llegar a otros espacios como cualquier academia profesional de nuestra ciudad”, asegura el director de la academia.

La influencia de Andanza llevó a que muchos jóvenes dediquen su tiempo a este arte. Es el caso de Juan Pablo Flores, de ocho años, quien está listo para interpretar una cueca cochabambina. “Mis amigos me dicen que bailo bien”, afirma y resalta que gracias a sus habilidades se ha presentado en varias actividades de su colegio, Virgen de Copacabana. “Me siento feliz y contento de haber aprendido en la academia. Pienso seguir bailando”, asegura.

Hanna Castillo, su instructora de danza, también empezó en la academia muy joven, cuando tenía diez años. “Mi mamá es la que me apoya en el baile, aunque a veces es un poco dificultoso por los estudios”, reconoce, debido a que dedica dos días a la semana a dar clases y otros tres se presenta como bailarina.

“Tiene que gustarte el baile, tienes que sentirlo. A veces debemos levantarnos a las cuatro de la mañana para trenzarnos el cabello y ponernos las pestañas y el vestido; a las cinco tenemos que estar en la televisión para actuar”, cuenta sobre los sacrificios que implica mostrar este arte.

“Es una experiencia maravillosa porque se va conociendo gente, es lindo porque las personas te preguntan a qué se debe el paso, tienen tanta curiosidad para aprender que a uno lo llena de emoción y dan muchas ganas de enseñarles”, sostiene Roberto Sánchez, quien por segundo año es instructor en Andanza y narra que Cueto y Marisabel Mendoza (una de las fundadoras del ballet) le dieron clases acerca de la historia y el significado de las danzas.

No obstante, Cueto lamenta que en este sector haya muchos problemas de drogadicción, de alcoholismo y la proliferación de las pandillas “que constantemente van atormentando a algunos estudiantes”.

Desde sus inicios, esta academia cuenta con el apoyo de InteRed, una ONG española que es promovida por la Institución Teresiana, una asociación de laicos de la Iglesia Católica.

Gracias al apoyo de InteRed y de ayuntamientos de España, Andanza ha equipado su salón de baile en la biblioteca Waliña, cerca de la plaza principal de Villa Armonía. Los costos de inscripción varían entre 20 y 40 bolivianos, de acuerdo con el curso, aunque en los casos de jóvenes de bajos recursos no se cobra ni un centavo.

Mientras los minibuses atraviesan raudamente las calles y las personas caminan apresuradas, niños y jóvenes mueven sus cuerpos como si hubieran roto las ataduras de los prejuicios y de los peligros de estos tiempos, y continúan bailando contra la adversidad.

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