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Belleza salvaje: Primer libro de áreas protegidas

‘En Cotapata es donde he visto mayor cantidad de orquídeas, las más espectaculares, y mariposas también tiene muchas’. Seis años de trabajo, 12 áreas protegidas del país recorridas e inmortalizadas en 30.000 imágenes, y días y días de incursión en lugares inhóspitos. Todo, por el empeño de dos fotógrafos, Carmen Mateu y Daniel Alarcón, de hacer el primer libro fotográfico sobre los Parques Nacionales de Bolivia.

La Razón / GEMMA CANDELA

00:27 / 30 de junio de 2013

Seis años de trabajo, 12 áreas protegidas del país recorridas e inmortalizadas en 30.000 imágenes, y días y días de incursión en lugares inhóspitos. Todo, por el empeño de dos fotógrafos, Carmen Mateu y Daniel Alarcón, de hacer el primer libro fotográfico sobre los Parques Nacionales de Bolivia. Si hubiesen registrado la flora y fauna de las 22 áreas nacionales, deberían haber hecho, tal vez, una enciclopedia. El resultado final es un volumen que pesa 1,7 kg, con 500 fotografías del Aguaragüe, Amboró, Carrasco, Cotapata, Eduardo Abaroa, Kaa-Iya, Madidi, Noel Kempff, Otuquis, Sajama, Toro Toro y Tunari.

Carmen y Daniel son una pareja de fotógrafos españoles asentados en Santa Cruz con 20 años de experiencia en el mundo de la imagen. Hace siete vinieron a Bolivia a pasar dos meses de vacaciones, durante las cuales visitaron el Parque Amboró. Entonces se dieron cuenta de que no había un libro sobre las áreas protegidas del país. Retornaron a España, concluyeron todos sus asuntos, volvieron a hacer las maletas y regresaron a Bolivia con el objetivo de hacer realidad el compendio fotográfico.

Por en medio fueron saliendo otros proyectos (el año pasado recibieron dos de los tres galardones del II Concurso Nacional de Fotografía de Especies Bolivianas en Peligro de Extinción, organizado por la Fundación Estás Vivo), pero el libro siempre ha sido el objetivo y, ahora, está en el mercado. Tiene textos en castellano e inglés. Por el momento, se puede adquirir solamente en Santa Cruz de la Sierra, La Paz y Potosí, aunque la pareja pretende que esté a la venta en los nueve departamentos. “La idea es también sacarlo fuera para que se vea lo que es Bolivia”, afirma Carmen.

Arribar hasta los parques ha sido lo más complicado del proyecto, por las carreteras, a veces inexistentes, a veces intransitables, y los bloqueos. “No podías llegar al trabajo o no podías salir de allí”, cuenta la fotógrafa.

A la hora de decir qué parque prefieren, Carmen responde rápida y contundente: “El Cotapata”. Ella, centrada en plantas e insectos, disfrutó las visitas a esa área ubicada en La Paz. “Es donde he visto mayor cantidad de orquídeas, las más espectaculares, y mariposas también tiene muchas”.

En cambio, Daniel duda a la hora de elegir. “Para disfrutar, un parque tipo Cotapata. Pero para obtener trabajo y rendimiento, el Kaa-Iya. Es un sitio en el que no disfrutas porque estás a 45°C, pero ahí te salen todos los animales, no hay gente”. Fue en ese lugar, en el Gran Chaco, donde él, el especialista de la pareja en mamíferos y aves, logró lo que no había conseguido en cinco años: fotografiar a un ejemplar de jaguar con sus crías.

Todo por una foto

Pasaron 45 días en el Madidi buscando expresamente al felino. “Era el sitio donde nos habían dicho que estaba el jaguar, que todo el mundo lo veía, que era tan fácil como encontrarse una vaca”. Pero no hubo suerte.

Daniel regresó, finalmente, al Kaa-Iya. Durante las dos semanas que pasó en un campamento del parque, escuchaba decir cada día a los trabajadores del gas que habían visto un jaguar. Pero tampoco ahí le sonrió el azar. “Me fui a otro campamento, en el otro extremo”. Esa misma tarde encontró a una hembra con sus cachorros, en una madriguera. El fotógrafo colocó iluminación en la boca de la cueva. Junto a dos guardaparques, la observaron durante horas hasta que aprendieron la rutina de entrada y salida de la felina, que se acostumbró a ellos y se atrevió a sacar a las crías con ella. Conseguir varias tomas llevó tres días.

La más peligrosa la logró ignorando sus nervios: se introdujo en la madriguera, totalmente oscura, cargando su flash, para retratar la intimidad de los mamíferos.

“Me la jugué, pero aguanté como un valiente por la foto. Bueno, como un temerario”. Y consiguió las imágenes,  una de las cuales es la tapa del libro.

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