Escape

Berlín cicatriza

El muro que dividió una ciudad y dos ideologías en un mundo bipolar.

La Razón (Edición Impresa) / Patricio Crooker

00:00 / 04 de enero de 2015

El viento sopla muy fuerte y helado en una ancha avenida de Berlín. Las pocas hojas que quedan en los árboles van cayendo al suelo, señal de que se acerca el invierno.  Estamos en una primera parada de un tour de algo más de tres horas de duración por las calles de la capital alemana, anochece temprano y nuestro guía, el boliviano Blas Urioste, nos muestra uno de los más importantes memoriales a los caídos en el intento de pasar el muro. Se pueden apreciar fotografías de las víctimas, muchas de ellas con velas y otras con rosas blancas, personas de ambos sexos, de todas las edades. La necesidad de atravesar el muro no discrimina, ni sexo ni edad son importantes, las historias de todas estas personas nos acercan a una realidad mucho más cruda que a una simple estadística. A pocos pasos, una rosa blanca puesta sobre la pared y sujetada con uno de los fierros de construcción nos nuestra esa rivalidad, ese contraste entre lo rígido del metal y la suave belleza de la flor. Llueve apenas unas horas después de haber llegado a Berlín, y esta imagen de la rosa blanca en el muro me invita a una reflexión que no me dejará escapar de la realidad y del pasado por los próximos días.

¿Cómo llegó a dividirse una ciudad, separar sus calles y avenidas, sus edificios, sus familias, sus vidas, con un propósito confuso y con un sentido todavía difícil de entender?. Cuando se vive en libertad es muy difícil comprender lo que significa una pared que nos prohíbe el paso, que no nos deja movernos, pero que nos deja sentir y oír lo que pasa del otro lado. En ambos sectores se construyen realidades muy distintas, y van pasando los años, y las brechas crecen, y la idea de volver a estar unida parece cada vez más lejana.  

Es el final de la década de los años 80 y el muro cae. Yo tenía tan solo 14 años, y la distancia que separaba a Bolivia de las dos Alemanias era tan grande que en ese entonces era difícil de comprender lo que sucedía. Pero las imágenes de televisión y de las fotografías en los periódicos nos permitían observar que estaba pasado algo en el mundo, se hablaba del fin de la Guerra Fría, de la caída del comunismo, el mundo occidental celebraba.

Un cuarto de siglo

Ahora, 25 años después, tengo mucha curiosidad de conocer, aunque por muy corto tiempo esta ciudad, testigo de varios momentos tan importantes de la historia del mundo moderno.  Es el segundo día de mi visita, pregunto al conserje del hotel cómo llegar al Checkpoint. Charly me dice, “muy fácil, siga caminando por esta misma calle y va a llegar muy rápido”.  Mi hotel está ubicado muy cerca de uno de los lugares más significativos de la división de Berlín, a metros nomás del famoso lugar se encuentran varios museos y muestras de lo que fue el muro y esa parte de la historia de la ciudad y del mundo. Turistas de todo el orbe se sacan fotos con soldados disfrazados de la época de la Guerra Fría, y algunos, incluido yo, se hacen sellar el pasaporte con los sellos de la época. Todavía quedan algunos letreros y otros artefactos de la época.  

En algunas tiendas de suvenires venden pedazos de aquella construcción de hormigón, y algo que me llama la atención es un viejo letrero en varios idiomas que prohíbe sacar fotografías, una ironía más de aquel lugar donde ahora miles de personas se sacan fotos y sobre todo las, ahora muy de moda, “selfies”. La libertad ha triunfado de cierta manera.

Para el reconocido escritor japonés Haruki Murakami, quien recibió un premio hace pocos meses en Berlín, las paredes son “un símbolo que separan a la gente, que separan un set de valores de otro. En algunos casos, una pared nos puede proteger, mientras excluye a otros, ésa es la lógica de las paredes. Una pared eventualmente se convierte en un sistema fijo que rechaza la lógica de cualquier otro sistema, algunas veces de forma violenta.  Y el muro de Berlín ciertamente fue un ejemplo de esto”.

En mi última jornada en tierra germana, le dedico más tiempo a recorrer la ciudad, visitamos varios parques para finalmente llegar al memorial del Holocausto, diseñado por Peter Eisenman e inaugurado en 2005. Tiene 2711 monolitos de piedra y una caminata por su interior crea confusión y de cierta manera irradia una nostalgia difícil de descifrar. Solo paseando por su interior uno puede entender el porqué de la demora y controversia para su construcción.

Pero lo que más impacta, es la visita a las nuevas instalaciones de la Fundación La Topografía del Terror, ubicadas donde se encontraban las sedes de las instituciones más importantes del aparato del pánico y persecución nacionalsocialista: la central de la Policía política de Estado o más conocida como Gestapo, la jefatura suprema de las Escuadras de Protección más conocida como SS, y el servicio de seguridad de la SS que durante la Segunda Guerra Mundial pasaría a ser también la oficina principal de seguridad del Reich.  

El propósito principal de esta fundación y de la muestra abierta al público, los siete días de la semana y de manera gratuita, es la de transmitir conocimientos históricos sobre el terror nazi y fomentar el debate activo sobre este capítulo tan amargo de la historia y sus consecuencias después de 1945. Los paneles organizados cronológicamente y ubicados en un ambiente austero permiten que los visitantes puedan conocer, y de esta manera reflexionar, sobre el terror ocasionado por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Fotos de cómo los judíos y otras minorías, como los homosexuales, fueron reprimidos y en muchos casos muertos, ponen la piel de gallina y hasta sacan lágrimas de los ojos.

Solamente pensar que era en este mismo lugar donde operaban estas instituciones del terror hace relativamente poco tiempo, nos lleva a la reflexión de que el mundo puede cambiar, pero que todavía queda mucho por hacer. El muro de Berlín ya no está. Pero en el mundo aún existen muchas barreras que nos confrontan. Y nos dividen.

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