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Bon Odori, tradición nipona en Bolivia

Las primeras 87 personas llegaron a San Juan en 1955, un año antes de la firma del Acuerdo de Inmigración con Japón. Desde 1977 han llegado más de 1.000 voluntarios y unos 5.000 bolivianos han disfrutado de programas de becas o cursos cortos.

La Razón Digital / Eduardo Schwartzberg

00:00 / 25 de agosto de 2013

Hay dos cosas que asemejan a los países de Bolivia y Japón: el respeto por la naturaleza y la tradición cultural que mantienen”, afirma Hideyuki Maruoka, director de la Agencia de Cooperación Internacional de Japón (JICA) en Bolivia, mientras toma el tradicional té verde nipón, una forma ritual de dar la bienvenida al visitante.

Y no cabe duda. En la comunidad San Juan las tradiciones de la cultura japonesa se mantienen vivas desde hace más de 60 años, cuando llegaron los primeros inmigrantes japoneses al país y se asentaron en estas tierras de la provincia Ichilo, al noroeste del departamento de Santa Cruz, que ocupan 27.132,54 hectáreas.

Aunque haga más de medio siglo que se fundó esta comunidad tan lejos de sus raíces, sigue siendo costumbre conmemorar la fiesta de Bon Odori, que se festeja anualmente entre julio y agosto.  

Este año, San Juan tuvo su tradicional celebración el 17 de agosto. Recibir a los ancestros con baile, alegría y, siempre, de noche, pues se cree que las almas regresan cuando el sol se oculta, son las características del Bon Odori.

Shoko Saito, de 25 años, y Miki Taki, de 35, dos voluntarias de la cooperación japonesa, no quieren perderse los festejos. Van en busca de sus yukatas o trajes de verano. Otras mujeres les ayudarán a colocárselos en el salón de la Asociación Boliviano-Japonesa de San Juan (ABJ), que hoy sirve de vestidor femenino y que, durante la tarde, albergó exposiciones de bisutería, manualidades, fotografías del tsunami que afectó a Japón en 2011 y, también, una muestra de los productos que se generan en San Juan y que son la base económica de todas las familias de la región: lechugas, cítricos, legumbres, soya, nuez de macadamia, huevos y arroz, además de carne vacuna. La empresa más importante es la Cooperativa Agropecuaria Integral San Juan de Yapacaní Ltda, CAISY LTDA, fundada el 20 de agosto de 1957 y que, actualmente, cuenta con 103 socios, en su mayoría bolivianos.

En carpas improvisadas se venden diferentes comidas de la gastronomía japonesa: sushi (rollos de arroz con pescado o marisco), ramen (sopa de fideos), udon (plato compuesto por fideo metido en caldo) y dulces de estilo japonés. Pero, también, se pueden encontrar desde comidas internacionales como pizza hasta otras, muy locales, como el pacumutu o el majadito de charque.

En el Bon Odori se bailan diferentes danzas, según las diversas regiones del Japón. Tras una breve explicación al público sobre el significado del Tanko Bushi, baile que representa a los mineros con una coreografía, las jóvenes danzarines dan inicio al espectáculo. Hacen cinco o seis movimientos que se repiten al unísono durante una media hora.

Esta fiesta es una tradición budista-japonesa con una antigüedad superior a los 500 años en la que se rinde culto a los muertos, explica Nobuo Yonocura mientras expira una bocanada de humo y observa la celebración. Su barba cana hace honor a sus 61 años de edad. Es uno de los tantos japoneses que llegó siendo niño a estas tierras

No pierde detalle del espectáculo: hay gente danzando alrededor de una estructura armada especialmente para la ocasión. En su cúspide, unos muchachos se alternan para tocar el wadaiko (un tambor de Japón). Hileras de lámparas japonesas con forma circular se extienden hacia las cuatro esquinas del armazón, alumbrando la noche del Bon Odori.

Igual que Yonocura puede identificarse con esta celebración nocturna que honra el espíritu de los antepasados, aquellos primeros inmigrantes japoneses que decidieron buscar su futuro en Bolivia y que trabajaron con perseverancia para construir la comunidad de San Juan en la década de los cincuenta, Fiumi Yoshinaga, de 88 años, y Chie Morishita, de 80, también lo hacen. Pero ellas no sólo miran: las dos mujeres participan alegres del festival, luciendo sus elegantes yukatas.

Otra de las personas que llegó de niño a esta sabana tropical es Shizuo Sawamoto, hoy presidente de la Asociación Boliviano-Japonesa de San Juan, quien explica de forma pausada la historia de la comunidad en medio de fotografías, herramientas y otros objetos que se encuentran guardados cuidadosamente en el Museo de Inmigración, inaugurado en 1995 para conmemorar los 40 años de la llegada de japoneses a San Juan. El único busto que existe en el edificio es el que homenajea al que fuera ministro de Agricultura boliviano de aquel entonces, Alcibíades Velarde Cronembold.

Sawamoto cuenta que arribó con seis años a este lugar y que el trabajo de la construcción de los caminos y de la comunidad en sí duró hasta que fue joven. “Los árboles eran gigantescos, la zona era de bosque alto. Hicimos casas de bambú y motacú con técnica japonesa. Se veían nubes negras de mosquitos y había toda clase de víboras. Nos dedicábamos a la pesca y la caza. Muchos no aguantaron y decidieron irse para otros países o retornar a Japón”, recuerda Sawamoto mientras señala con alegría una foto suya de cuando era infante.

Saliendo del museo se encuentra el monumento en honor a Wakatsuki Yasuo, quien llegó en calidad de Jefe de Inmigración del Japón y fundó el poblado. El índice de la mano derecha de la estatua señala hacia el piso, expresando de manera simbólica el lugar donde él decidió que se empezaría el trabajo de situar y levantar la comunidad.

Justo detrás de la efigie, un mural autoría del renombrado artista plástico Lorgio Vaca, refleja la historia del asentamiento. Debajo, pintados sobre una cerámica de color negro, están los nombres de todos los inmigrantes que habitaban la comunidad en aquel entonces, aproximadamente 1.600 personas.

El final de la Segunda Guerra Mundial ocasionó un gran flujo migratorio de ciudadanos japoneses hacia el exterior. Además, esta tendencia llegó a ser parte de la política nacional nipona. Por ello, durante el gobierno de Víctor Paz Estenssoro, Bolivia y Japón firmaron el Acuerdo de Inmigración (1956). Según este convenio, podrían emigrar a Bolivia 1.000 familias o 6.000 individuos del país asiático.

Antes de eso, el 15 de mayo de 1955, 14 familias compuestas por 87 personas se embarcaron en el Holandés Tegeberg, que partió rumbo a Sudamérica desde el puerto de Kobe (en la isla japonesa de Honshu). Después de 57 días de travesía, el 8 de julio arribaron al puerto de Santos, en Brasil. Al día siguiente prosiguieron viaje, esta vez en tren, hacia Santa Cruz, ingresando a Bolivia el 19 de julio.

El primer grupo de inmigrantes llegó a San Juan el 30 de julio. A este contingente se lo denominó de varias formas: Grupo de Inmigrantes Nishikawa, Número Cero o de Prueba.

En 1992 llegó el último conjunto de migrantes, el número 53. A lo largo de cuatro décadas arribaron 1.684 personas: 302 familias (compuestas por 1.633 individuos) y 51 solteros, según el resumen de la colonia japonesa San Juan elaborado por la ABJ durante la gestión 2007-2008.

Para corresponder a la ayuda prestada a Japón con la apertura de las fronteras de varios países a sus ciudadanos, entre ellos Bolivia, las autoridades niponas decidieron luego, como parte de su política externa, dar asistencia técnica a países en vías de desarrollo con el objetivo de reducir la pobreza. Para ello se servirían tanto de la cooperación financiera (donaciones o créditos) como del apoyo técnico a través de programas de voluntariado. En la década de los setenta se creó la Agencia de Cooperación Internacional de Japón (JICA). En Bolivia, su aporte ha sido relevante en las áreas de educación y salud.

Según el director de JICA en Bolivia, en la actualidad en el país hay 37 voluntarios que brindan apoyo técnico en los campos de salud, educación, formación ambiental, conocimientos eléctricos, electrónicos y audiovisuales, en gestión de calidad, mecánica automotriz, música y confección de ropa.

Para recibir asistencia de JICA, una empresa local (pública o privada) hace una solicitud en la sede boliviana. Si ésta es positiva, se transfiere a la central, en Tokio, para la aprobación, si corresponde.

Maruoka es economista y, durante dos años, estuvo como voluntario en Honduras, donde trabajó en el control de enfermedades transmitidas por seres vivos. Esta experiencia transformó su vida; tanto que, desde 1998, trabaja en instituciones de cooperación. Es parte de JICA desde 2008 y, desde hace dos años, dirige la delegación boliviana.

Afirma que, desde 1977, han llegado más de 1.000 voluntarios y que, por otro lado, alrededor de 5.000 bolivianos han disfrutado de programas de becas o cursos cortos de capacitación.

Shoko Saito, participante del Bon Odori, es una de los 37 voluntarios que están en Bolivia. Trabaja en la unidad educativa de San Juan enseñando música a los más pequeños. Siempre tuvo la necesidad de ayudar, cuenta, pero no sabía cómo. Hasta que se enteró de la existencia de este tipo de cooperación y decidió venir por ocho meses, de los que ya han transcurrido cinco. Cuando regrese a su ciudad, Toyama, quiere continuar con el trabajo que realiza en la comunidad.

Miki Taki, otra de las danzantes, llevaba 13 años trabajando como productora de noticieros de televisión en Tokio. A sus 35 años, esta experta sintió la necesidad de compartir su experiencia. Y eso es lo que hará durante los dos años que estará en Santa Cruz como voluntaria.

De igual manera piensa Emiko Fujiwara, quien se especializó en Administración de Hospitales y que trabaja en el de San Juan. Al llegar al poblado pensó que las enfermedades con las que se encontraría serían, en su mayoría, infecciosas. Sin embargo, la experiencia le ha demostrado que, al igual que sucede en Japón, los problemas del corazón y la diabetes son las dolencias predominantes.

Otro voluntario es Takashi Yamamura, quien durante dos años tiene permiso del municipio en el que trabajaba en su país  para ejercer el voluntariado en la Alcaldía de Cochabamba, ayudando con sus conocimientos sobre tratamiento de basura. Él cree que en Japón las normas son demasiado rígidas y que sus compatriotas deberían tomarse la vida con más calma, como hacen los bolivianos en general.

La noche en la que se homenajea a los ancestros continúa con música, farolas, trajes y comidas típicas y alegría. Tras las primeras danzas, otras serán representadas y el público en general podrá sumarse a los que, bien ordenados en círculo, van repitiendo los pasos de los bailes.

Para finalizar la celebración del Bon Odori, no podía faltar un elemento muy oriental, aunque originalmente es de China: los fuegos artificiales, como manda la tradición, para despedir a las almas.

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