Escape

Boris Rodríguez

A sus casi 70 años sigue trabajando en un taller de tornería y está por conformar un grupo: el Motor Rock Band con amigos motoqueros. Formó parte de las bandas Arco Iris y Loving Darks. Batero apasionado.

La Razón (Edición Impresa) / Mitsuko shimose

00:00 / 14 de junio de 2015

Cientos de CD musicales se encuentran en medio de fierros en la tornería Bolmar de la zona de Miraflores, donde trabaja  Boris Rodríguez, de 69 años. “Éste es el único taller donde se encuentra música de todo tipo” dice, al lado se ubica su casa, en cuyas paredes  penden pequeños cuadros con rostros de autores de música clásica.

Su mamá era pianista, de la que heredó el gusto por la música y con quien soñaba formar una orquesta. “Mientras ella tocaba, le hacía los ritmos con aplausos, a pesar de que me decía que era música clásica”.

Pero no solo golpeaba sus manos, sino también la mesa mientras comía. La percusión fue su pasión desde el redoble de tambores que había escuchado en el circo, redoble que se hacía para crear suspenso en cada pirueta en el trapecio. La primera batería que tuvo la construyó él mismo cuando estaba en el Don Bosco, estudiando mecánica. “Los padres me autorizaron para hacerme una batería con la condición de conformar después la orquesta del colegio, aprovechando que uno de ellos era clarinetista”. Luego, con un grupo de amigos, incursionó en lo que eran las amplificaciones que se dedicaban a animar sobre todo cumpleaños.

“La gente nos contrataba para hacer fonomímica e imitar a las bandas de la época. Ellos nos proporcionaban la radiola, un aparato musical inmenso que estaba de moda, y nosotros animábamos”.

Fue parte de varios grupos, entre ellos, los Loving Darks. Cuando su tecladista tomó otros rumbos decidió partir a Buenos Aires en busca de un reemplazo, ya que los  que había en Bolivia tenían compromisos con sus respectivas bandas. Los azares del destino lo llevaron a un casting en un boliche de la capital argentina: los de la banda Arco Iris, cuyo líder en los años 70 era el ahora afamado Gustavo Santaolalla, buscaban un baterista. Y a la semana lo llamaron. Lo habían escogido “porque él no solo acompañaba con la batería, sino que la tocaba realmente”, argumentaron que le dieron un año para integrarse a la filosofía del grupo: el yoguismo. Después de ese periodo, decidió volver a Bolivia pues no pudo adaptarse a la vida que llevaba el resto de los músicos. Su pasión fue heredada por su hijo menor que también es baterista aunque ya no de música “clasiquera”, sino vanguardista. Amante de la mecánica, Boris también integra un grupo de fanáticos de las motocicletas Harley Davidson. En la actualidad planea conformar una Motor Rock Band con sus amigos “motoqueros”.

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