Escape

Boulanger, fascinación por India

A sus 80 años, Graciela Rodo Boulanger realizó un sueño anhelado por más de una década: llegar a Shekhawati.

La Razón (Edición Impresa) / Naira de la Zerda

00:00 / 04 de julio de 2018

Pasaron 15 años desde que la artista boliviana Graciela Rodo Boulanger comenzó a soñar con conocer India, gracias a un libro que les había regalado a sus hijas Sandra y Karine. Al acercarse su cumpleaños número 80 se decidió, rechazó la idea de cualquier tipo de celebración y les planteó hacer un viaje junto a ellas y sus nietos, como regalo.

India no es un destino fácil, sobre todo si se combinan tres generaciones diferentes. Lo que no esperaban era enamorarse de aquella tierra que les hizo volver tres veces más. Ahora, Graciela, Sandra y Karine organizan una exposición conjunta como una forma de ordenar y darle forma a sus experiencias allí.

Las tres comparten un amor por el arte que las llevó a tomar decisiones difíciles y riesgosas. Graciela dejó el colegio cuando aún era una adolescente para darle todo su tiempo a la pintura y a tocar el piano. Lo que sus padres apoyaron un poco indecisos. Después, cuando se casó, su esposo Claude Boulanger siguió apoyando su carrera. “Creo que antes de enamorarse de mí, lo apasionó mi pintura”, cuenta, riendo, Graciela.

Cuando nacieron sus hijas, su primer instinto fue acogerlas en su taller. Los primeros recuerdos de Karine son imágenes de ella, pintando junto a su madre y yendo a museos de la mano de su padre, quien además era dueño de una galería de arte.

A sus 18 años, tratando de evitar comparaciones con la carrera de su madre,  decidió dedicarse al diseño de moda, hasta que se dio cuenta de que no era suficiente. Tiempo  después retomó la pintura para buscar su propio destino como artista.

Sandra bailó desde pequeña hasta sus 26 años. Aún adolescente, llegó emocionada a su casa para contarle a su madre que una de las compañías de ballet más importantes de Francia la había escogido para ser parte de la compañía y Graciela supo que tenía que apoyarla. “Es un tren al que si no te subes, puede no volver a pasar. Le juré a mi mamá que terminaría el colegio, lo cual obviamente no sucedió. A la semana de aceptar, estaba en Japón, bailando ocho horas diarias”, comenta la reconocida fotógrafa.

Después de una lesión se dio cuenta de que había la posibilidad que tuviera que dejar de bailar antes de lo que planeaba, lo que la acercó a la fotografía. Luego, eso efectivamente sucedió. El deterioro de su rodilla, que derivó en una operación, la obligó a tomar una decisión. “Había trabajado muy duro por llegar a un nivel técnico que no volvería a tener, así que preferí dejarlo”, comenta Sandra.

La transición fue horrible. Durante mucho tiempo no se animó a acercarse a un teatro. Sin embargo, mientras estudiaba en Nueva York, toda la ira y frustración que sentía encontraron una forma de canalizarse a partir de la fotografía.

Cada una tiene una relación individual con el arte, que tejió una complicidad entre ellas. Cuando Graciela encontró el libro Les Cavaliers du Shekhawati, las fotografías de una zona cercana al desierto de Thar, donde las casas o havelis están enteramente pintadas, por dentro y fuera, como un gran museo al aire libre, no pudo evitar compartirlo.  

La familia Boulanger realizó el primer viaje por la parte más turística de aquel país en 2015. Durante un mes y medio recorrieron los lugares típicos, sin sospechar que “mientras más conoces India, más misteriosa es”, explica Sandra. Luego, Graciela lanzó el desafío: “El próximo año quiero conocer el sur”.

En el segundo viaje, que también duró más de un mes, llegaron a una zona con rica vida espiritual y folklórica. Pero tampoco fue suficiente, así que llegó el tercer recorrido: “Hemos hecho varios viajes juntas, a Japón (Graciela y Sandra), o a Vietnam, pero nunca nos había pasado esto. Nos enamoramos de la India”, dice Graciela, mientras Sandra complementa: “Incluso estamos considerando irnos a vivir un tiempo allá, aunque no tenemos nada planificado”.

El cuarto viaje fue el más arriesgado e intenso, porque visitaron Varanasi. “Es un lugar con un nivel de pobreza que no se ve en el resto de India. Desde mi primera visita, hace 30  años, que no había vuelto a enfrentarme a eso”, narra Karine.

Esta urbe es una de las más sagradas del hinduismo y está situada a la orilla del río Ganges. No es una ciudad turística porque según esta religión fallecer ahí permite cumplir el ciclo de reencarnaciones, por lo que mucha gente llega a esperar la muerte. Sus crematorios funcionan sin parar, calcinando los restos que antes fueron sumergidos en el río sagrado, donde también se bañan niños y adultos para purificarse. En Varanasi la enfermedad, la pobreza y la religión se fusionan. “Los ojos de la gente no estaban llenos de tristeza, sino que se dirigían al cielo, repletos de fe y espiritualidad”, rememora Graciela.  

Si bien ya tuvieron una exposición dedicada a estos recorridos en San Francisco (EEUU), en noviembre de 2017, la muestra que presentarán del 6 de julio al 12 de agosto en el Museo Nacional de Arte (C. Comercio, esq. Socabaya) tiene elementos nuevos, que nacen de su travesía más reciente. En ella, la individualidad de cada una se plasma en cerámica, pintura y fotografía, impresiones de un misterio que comparten como familia y que dejó huellas que no pueden explicar, si no es con su propio lenguaje.

Etiquetas

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1 2 3 4
5 6 7 8 9 10 11
19 20 21 22 23 24 25
26 27 28 29 30

Suplementos

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia