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Brunch, una tradición inglesa en La Paz

La Razón / Gemma Candela

00:00 / 18 de agosto de 2013

Levantarse el sábado tras haber trasnochado un poco (o mucho). Abrir el refrigerador y verlo vacío (aún no hubo tiempo de hacer la compra semanal). Mirar el reloj y preguntarse: “Si ya son las 11.30, pero me acabo de despertar, ¿qué hago? ¿Desayuno o almuerzo?”. O resumámoslo de forma más simple: tener una terrible flojera de fin de semana.

Lo ideal en estos casos es un brunch. ¿Un qué? Como la tradición de consumir esta comida es anglosajona, su nombre también, claro. Es el resultado de unir los vocablos desayuno (breackfast) y almuerzo (lunch). Por eso, en el brunch hay desde pan con mermelada o cereales hasta verduras a la plancha y choricillos. Todo depende de quién lo prepare pues no hay una receta establecida (pero, eso sí, no puede faltar el café y los jugos naturales).

La tradición inglesa se ha ido extendiendo fuera de las fronteras del Reino Unido y, con su expansión, el tradicional desayuno-almuerzo compuesto por salchichas, huevos benedictine (escalfados y servidos sobre una tostada de muffins y una loncha de tocino de bacon o jamón, regado con salsa holandesa), bollos, jugo y el indispensable cóctel Bloody Mary (que, compuesto de tomate, vodka y tabasco, se supone que aplaca la resaca) se ha ido adaptando a los lugares a donde triunfalmente ha arribado.

En La Paz esta moda no se ha difundido, pero sí ha llegado. A media cuadra del bullicioso Prado paceño, en la calle Carlos Bravo, se sirve brunch en la terraza acristalada de lo que fue la oficina consultar de Panamá.

El cartel que cuelga en la puerta del hotel boutique El Consulado (mantiene parte del nombre de la institución que albergó un día) anuncia, entre sus ofertas gastronómicas, este desayuno fuerte-almuerzo ligero. Atravesando el recibidor, que funciona también como tienda de productos y souvenirs andinos (prendas de alpaca, café y otros), hay que bajar unas grandas que nacen al final de un corto pasillo, a la izquierda del mostrador. Así se baja a la terraza de cristal, en la que hay seis mesas de cuatro comensales y otra  grande, de madera, para ocho, herencia del mobiliario de la época consular.

Predomina el blanco: de las telas que cuelgan del techo amainando el efecto de los rayos solares, del color de la madera de las sillas, de los manteles.

Miguel Ángel Montiel, camarero de origen argentino pero afincado en Bolivia media vida, ya sabe que los comensales quieren brunch. Y, para comenzar, trae dos hibiscos flor de Jamaica, hechos a base de agua, azúcar y la susodicha planta. El color vino de este cóctel sin alcohol hace juego con la franja de tela granate que atraviesa los blancos manteles de las mesas.

“¿Café o té?”, pregunta. Trae la primera opción, acompañada con leche, y jugo de papaya recién hecho (los zumos varían según la fruta de temporada). Y, luego, viene el brunch: un gran plato grande con rodajas de plátano, manzana, frutilla, kiwi y bolas de melón; lonchas y trozos de dos tipos de queso; jamón enrollado; chorizos; verduras a la plancha; muesli tostado en la cocina del hotel con yogur; panqueques; y, en el centro, muffin de huevo con tocino.

Por si fuera poco, en un canastillo hay diferentes panes, mermelada de piña (también varía el sabor) y mantequilla. Todo está hecho por las cocineras. Con semejante banquete delante, no se puede esperar a meterle bocado.

Si los comensales son vegetarianos, pueden pedir la opción en la que los productos cárnicos son eliminados y, en su lugar, se aumenta la cantidad de fruta, verdura y queso.

Hace cinco años que El Consulado ofrece brunch.  “Lo trajeron unos daneses, los primeros mánagers del hotel”, cuenta Miguel Ángel. Y vienen a degustarlo tanto nacionales como extranjeros, ya sean huéspedes del hotel o clientes de otros establecimientos. Aunque la tradición dice que esta comida es típica del fin de semana, aquí se sirve de martes a domingo, de 08.00 a 12.00.

El buen sabor y servicio del lugar está avalado por varios premios: el Happietaria 2010, en la categoría “Menú del año” y “Mejor postre del año”. Como hotel boutique, este año se ha llevado el Travelers’ Choice de TripAdvisor. Tiene una arquitectura y estilo propios, servicio personalizado, pocas habitaciones (7) y céntrica ubicación. Bárbara Armanini, una turista italiana que está en la planta de arriba, frente al estante en el que se intercambian libros, lo define como “molto confortevole”.

¿Cuándo y dónde nació el brunch?

Como suele suceder en la historia de la gastronomía, hay diferentes versiones y leyendas en torno al origen de platos y cócteles míticos. El brunch no podía ser menos. Que si en el siglo XIX los ingleses tomaron por costumbre retrasar el desayuno y adelantar el almuerzo, que si era una tradición de los campesinos de Estados Unidos o que se inventó en Nueva York para reponer el cuerpo tras una noche de fiesta, en 1800 y pico. Aunque se le considera más inglés, la primera referencia escrita sobre el brunch, según el suplemento de 1972 del Oxford English Dictionary, fue la del Hunter's Weekly, en 1895. El 1 de agosto de 1896, la revista Punch decía: “To be fashionable nowadays, we must brunch”(“Para estar a la moda, debemos tomar brunch”).

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